Mi madre nos compraba a mi y a mi hermana los cuadernos y los lápices en la Poesía el edificio todavía sigue en pie y el comercio lo cerraron hace un par de años- porque eran mas baratos que en las monjas y quedaba cerca de casa. Vivíamos en la calle Orzán en una casa enorme, si teníamos suerte y mi madre estaba de buen humor y le quedaba algo de suelto nos compraba unas mariquitas recortables.
Cuando abrieron el hotel Embajador, cerca del Palace, encima del Colón -¿Cómo que ya no existe? ¿Entonces lo tiraron? ¿ah no? Pues ocupaba las plantas encima del teatro, allí fue donde vino el rey Abdullah reservó toda una planta para él, su sequito y hasta las cabras para tener leche. Mi padre andaba metido en la construcción contaba que cuando hicieron el teatro se les olvidó poner la escalera para subir al escenario y recuerdo que cuando se inauguró el hotel era yo pequeña- en casa nos quedamos sin espejos porque no les llegó a tiempo un envío y entonces papá se llevó todos los de casa, hasta uno cuadrado y pequeño que había en el cuarto de baño para ponerlos en el hotel, les dieron una patina y listo
La sobremesa se extendió durante una hora y media, ella sentada frente a mi hablando de esa geografía peninsular y hogareña que compartimos a pesar de los 45 años que nos separaron. Fue casi como hablar con la tía Julita, a la que por cierto ella conocía, vivía a una calle perpendicular de distancia, aunque ninguno de los dos sabe que ha sido de ella. Tiene, o tendría, ni siquiera eso sabemos, 92 o 93 años.
Escrito por J. Trallero a las 31 de Enero 2008 a las 05:35 PM