7 de Febrero 2008

Hotel Venezuela 2

A veces se me olvida que las historias que cuento son mentira, tal vez porque quiera que sean realidad para animar mi propia e inconclusa autobiografía o tal vez porque a la sombra del misterio aumenta el interés en los ojos de mujer que lo observan a uno desde el otro lado de la mesa con los restos del café negro. Ahora que ya no quedan miradas de mujer como esa ni historias, verdades o mentiras, que no haya contado ya hasta la saciedad entre el humo de cientos de cigarrillos. Y lo sucedido en el Hotel Venezuela es sólo un recuerdo entre tantos, es sólo una mujer entre tantas, y son sólo seis balas y una carrera al borde del mar en aquel descapotable robado. Tan robado como los 50.000. Duraron poco, tan poco como ella, que huyó con el sonido del último billete dejado como propina al camarero de otro hotel que no se llamaba el Venezuela aunque estaba en Maracaibo. Tengo seis fotos tomadas en lugares distintos donde ella tan joven, tan morena, tan guapa me observa con la misma sonrisa de siempre, la misma sonrisa que aún viene a mi mente algunas noches alternas.

“Llámame candy, o corazón” me decía siempre semidesnuda con su risa alegre. La encontré después de su desaparición. En Roma, allí estaba Cándida García bajo el nombre supuesto de Evelyn, siempre le gustó tanto ser americana, encamada con un conde italiano de bajo presupuesto. Y allí quedó tumbada junto a él con tres balas en el corazón, corazón y 10.000 dólares que pude recuperar en mi cartera. Desaparecí de nuevo, vuelta a Sudamérica, envuelto en la niebla de tiempo. Hasta ahora, ahora que ya es tan tarde que da igual contarlo, contarlo todo porque ya sólo queda esperar al final en la habitación 207 de esta residencia o asilo o como coño le llamen. Ahora que ya estoy demasiado viejo y desahuciado, para que me condenen por nada. Ahora que puedo contar que fui yo quien robó los cincuenta mil de aquella partida en el hotel Venezuela hace ya 50 años, que fui yo quien huyó, quien persiguió a Candy, mujer que quiso ser mi mujer fatal, que la maté a tiros en Roma, que huí de nuevo siempre huyendo hasta agotar el último dólar de mis robos posteriores, hasta volver a casa a Cambados, hasta que mis sobrinos, los hijos que nunca tuve me internaron aquí… donde miro al mar intuido en la lejanía y recuerdo la tortuosa y curvilínea carretera por la que huí del Hotel Venezuela con mi linda morena a mi lado.

Escrito por J. Trallero a las 7 de Febrero 2008 a las 12:52 PM
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