No soy tan impaciente como crees y dudo que seas capaz de hacerte una idea del tiempo que llevo esperando. Ni siquiera de lo que espero. Llevo demasiado tiempo esperando. Mucho más del que te mereces, del que tú o ninguna os merecéis. Llevo esperando tanto que algunos ratos la misma espera en espiral pierde su sentido y me cuesta recordar las razones de mi espera. Espera sin esperanza aparente por una promesa que pronunciaste un día. Una paciencia a prueba de desplantes y desdenes; mantenida contra viento y marea, atravesando tormentas, decepciones y alguna que otra de las mentiras posteriores que tú pronunciaste o de las que fuiste causante.
Hago gala de una paciencia inusual e incomprensible por una razón desvirtuada durante este tiempo verdugo, durante 37 cartas que no recibiste en las que enumeraba de 37 modos distintos la única razón de esta tensa espera. La razón que no puedes imaginar porque has preferido hacerte la ciega a ver lo tan evidente para otros ojos. Porque te quiero aunque no parezcas merecerlo.
Y espero contra viento y marea.
Y espero perdida toda esperanza,
Y espero por si acaso….
quedase una pequeña posibilidad.
La melancolía del ribeiro tinto,
todo lo dicho y olvidado,
todo lo cuestionado a vuelapluma
que se perdió para siempre
o hasta el reenganche del enlace neuronal.
Las historias para no dormir
sin dejar de beber,
sin dejar de soñar
con mejores sueños,
con recuerdos en macedonia horizontal.
La risa exagerada, eco de risa
previa,
la resaca de la mañana siguiente
juro no volver a beber
hasta la próxima vez.
Unos van, otros vuelven
a ratos
se llena el hall de la estación de viajeros
que bajan de trenes de paso.
Pasos apurados sobre el suelo
prisas,
hace demasiado calor
para tener prisa,
sudo a pesar del aire acondicionado.
Idas, vueltas,
ni operación salida, ni operación llegada.
A mi me toca volver a casa,
una chica
morena, nada más recuerdo de ella,
me pide fuego
-hoy llevo para variar-.
Hay quien va, hay quien vuelve,
sin embargo
no hay jubilados observando
el trajín viario.
¿Sólo sucede eso en las estaciones
que son fin/inicio de trayecto
o sólo en mi ciudad?
Aunque Pontevedra
sea una estación de paso...

Uno de tantos aunque no recuerdo cual
Casi volando y sin darme cuenta
se me escapa entre los dedos
no me preguntes que hice ayer:
No estaría del todo seguro
de no estarte mintiendo si te cuento
lo que recuerdo.
No es efecto de la resaca,
es el tiempo que se apelotona y hay
demasiado que recordar
como para saber que fue cuando.
No tiene tanta importancia
y que se diluya
es un efecto de la edad
o del tiempo que ni muerto
ni tonto no deja de pasar,
correr, o lo que sea que haga
sin detenerse.

Una bahía reconocible al vistazo,
un mar que rodea una península tranquilizandola,
un gris repleto de matices.
Cuando hablamos por teléfono tú y yo hay charlas que van rodadas, como si las hubieramos ensayado y añadido unas cuantas bromas y otras que no. Que salen a trompicones. Que cuestan trabajo. Que me llenan de melancolía y están llenas de pequeños silencios casi incómodos.
Lo peor de todo es no saber como será cuando tengo el teléfono en una mano y la decisión en la otra.
Recortar por la línea de puntos
Todas las respuestas estaban en la 3 vertical
Aunque no creas todo lo que lees
Las fórmulas de cortesía sólo valen como epitafio
en estos tiempos
Mirando su cara diría que esa chica se llama...
-Te has fijado alguna vez en las piernas de una mujer?
-Si, a algunas le llegan hasta el mismo trasero.
(La balada de Cable Hogue)
Cuantas posdatas atar a la carta
que no te mereces recibir?
Cuantas más que funcionen como excusas imperfectas?
La historia de mi amigo D. y su última chica no es con una camarera pero todavía está en vías y no quiere que le joda la exclusiva. Así que no se contirmará hasta proximamente.

Llovía, llovía, llovía, no fue ayer ni antesdeayer, pero eso ahora mismo carece de importancia.
Ya encontré tres poemas de lluvia sobre el mar.
Sólo uno es reflejo de otro de Gil de Biedma, el de Benedetti no parece tener que ver...
pero si.
Me gustan los espejos, incluso los retrovisores, tal vez todos los espejos sean retrovisores en un momento dado.
Sin consumición mínima, sin un euro de descuento,
sin porcentaje de beneficios, sin complejo de altura,
sin hora de cierre, sin toque de queda,
sin puntos suspensivos, sin rechinar de dientes,
sin eco faltón, sin complemento de tiempo eterno,
sin un tópico con zapatos de cemento,
sin más razón que la mía que no doy por perdida,,
sin atención, sin intención,
sin tabaco, sin móvil,
sin gana alguna.
Matando tiempos muertos en mangas de camisa,
con este cielo plomizo de nubes casi a punto de reventar,
que parece noche adelantada o día terminado,
deduciendo lo que soy incapaz de inventar,
manteniendo mis 13 sin dejarlas ser 14,
inspirándome en imposibles,
sudando la gota gorda
fracasando fracasos que no lo son ni así,
imponiendo accesos de ira,
dejando la cabeza fría tras el caliente
corazón de hielo escarchado,
todavías hechos picadillo,
y las esperanzas mantenidas por pura
cabezonería.
Escribo por despecho. La vigencia de lo que escribo es variable y nunca se sabe. Escribo porque el bolígrafo no deja de moverse y por supuesto porque he dejado de quererte.
Querría escribir tangos, no cantarlos. Pero escribirlos estaría bien. Se parecen al blues, pero son más complejos, más duros, más nuestros, más revueltos, más trágicos, más crudos.
No escribo novelas porque me falta argumento. Ya aparecerá. A menos que muera antes. Debería escribir un tango-epitafio por si acaso. No tengo ganas de hacer testamento ni de escribir los versos de mi lápida, no por miedo o aprensión sino por vagancia.
Escribo porque no sé hacer otra cosa. No quiero mantener la idea de que el futuro será mejor.
Querría escribir los versos más aburridos antes del anochecer. Pero no doy abasto. Demasiado asfalto en las cercanías. Resulta subversivo opinar en voz alta y decir lo de siempre; casi tanto como dormir a pierna suelta en medio de la calle.
A lo mejor escribo cuentos por no dormir. Es posible. De alegrías o de tristezas, pero de un modo lúcido aunque a veces soñolienta. Nunca es la hora adecuada, pero la inspiración es lo que tiene. No escribo más que lo que surge a impulsos, a trompicones, a golpes de sinrazón.
Escribo para no tener miedo, para evitar el frío que me hiela el corazón y el estómago, para compensar ciertas mentiras; no es gran cosa, pero es lo que hay.
Querría escribir tangos, entre trágicos y dormidos, que te estrechen entre mi deseo y mi mirada; si no pudiera me conformaría con que fuesen boleros, mentirosos y algo cursis. Por todo aquel ayer que no vale ni diez viejos duros, ni treinta nuevos céntimos de euro.
Las estridentes notas de una queja que he oído mil veces. En cada bar, en cada cola, en cada autobús, en cada esquina, como si fuese siempre el/la mismo/a con distintas voces. Un crepúsculo violeta y gris, mirando al mar. Como aquella vez. Lejos de ningún muelle.
Querría escribir los versos más aburridos antes de que sonara el despertador, antes de que vuelvas a mi y tenga que volver a mentir.
Él estaba sentado en la mesa pequeña y redonda de un bar con enorme cristalera y televisión. Ella entró y se sentó en la mesa de al lado. Él escribía y ella oía el crujido arañazo del bolígrafo negro sobre el cuaderno o montón de folios –no podía distinguirlo bien-, no está mal el chico – pensó ella encontrándolo, incluso levemente guapo. Él se había percatado de la entrada de ella: minifalda negra, abrigo enorme; olvidándola 14 segundos más tarde. Ella moría de curiosidad por saber que era lo que él escribía y él no se detenía en su misteriosa escritura. Ella le pidió un cigarrillo, el contestó que no fumaba. Primer intento fallido. Ella le preguntó donde quedaba una conocida librería, él se lo explicó detallada y sucintamente, ella lo interrumpió para preguntarle si le gustaba escribir – no he podido evitar fijarme, le sonrió a modo de disculpa. Sí – respondió él y agacho la cabeza de nuevo para continuar escribiendo. Tímido, pensó ella cautivada por sus tristes ojos azules.
-¿escritor? dijo ella , sonriente y seductora
-Si me llamas escritor porque estoy escribiendo supongo que si – contestó él lentamente y volvió a bajar la mirada hacia el papel deteniendo el bolígrafo dubitativo.
-¿poeta? – lanzó ella su última bengala.
Cuando él levantó la vista ella leyó en sus tristes ojos azules una súbita decisión, se llenó de esperanza y se quedo boquiabierta cuando él, cerrando el cuaderno, dijo:
- Tengo de poeta lo que tú de puta – y poniendo 1 euro para el café encima del plato con el ticket salió por la puerta, como un caballero, abandonando a su suerte sobre la mesa uno de sus poemas.