Los poemas escritos para cuando me dejes
que ya no escribo porque nunca me dejaste,
que de nada valen tras el punto y final,
que no es casi nunca punto y seguido,
que es mejor borrar y guardar entre el desorden,
que olvido nuble cada cosa en su sitio,
que el tiempo pase sin volver atrás
ni siquiera la vista,
que son pérdida de esfuerzo y rimas disonantes,
que se pierden sin enviar por el orgullo
que siempre me sobró a manos llenas,
que es tabla de salvación y media sonrisa.
Anillate el cipote
y al ver un buen escote
notarás el tirón
que provoca la erección.
Me gustan los perdedores que ni se rinden, ni se lamentan y mantienen una esperanza entre el cinismo y la sonrisa.
Ese tipo que proclama cuanto perdió, todo lo que tuvo y que jamás tendrá, cuantos golpes le dió la vida, cuantas traiciones, esa mujer -mala puta- que lo engañó/abandonó; ese es un quejica, no es un perdedor de pro de esos que sólo quedan en el sentimentalismo áspero de ciertas columnas periodísticas, en algunas manoseadas novelas negras o azul marino y por supuesto en la barra de ciertos bares inolvidables. Que no puedo recordar.
Perdió su última novela, 300 páginas a doble cara, en el asiento del tren: una copia escrita en días de resaca con máquina de escribir. El tableteo de la máquina le resultaba sedante en los días en que le retumbaba la cabeza. La triste historia de Sonia y por supuesto de Luis. Un amor repleto de tópicos contada con la aguardentosa voz de cien noches de luna llena y vasos llenos de whisky escocés.
La historia de un amor perdido, perdida.