Desde que quedó claro que Eduardo Zaplana quedaba como diputado raso por el PP para esta legislatura iba yo preguntándome qué se guardaría el murciano en la recámara. Un tipo que pasa de alcalde de Benidorm (gracias a tránsfugas premiados después con empleos públicos para sus familiares) a presidente de la Generalitat Valenciana y, de ahí, a ministro con Aznar no iba a conformarse con un miserable sueldo de diputado. Y menos si, como cabría sospechar a partir de ciertas conversaciones telefónicas grabadas hace años, hablamos de un trepa cuyo único objetivo siempre ha sido ganar tanto dinero como sea posible para ponerse moreno en yates de lujo.
En principio pensé que su plan era irse con la señora Aguirre, bajo cuya forma de dirigir el partido debería serle más fácil dedicarse a sus cositas. Al fin y al cabo, el control de doña Esperanza sobre TeleMadrid es calcadito al que en su momento ejerció don Eduardo con Canal 9. Tal para cual. Pero no debe de haber visto las cosas muy claras en el partido conservador cuando se ha decantado por la empresa privada, opción que (me juego media coleta) llevaba barajando más tiempo que la semana que afirma ahora. Puede que Zaplana no se dedique demasiado a rumiar según qué cosas, pero tampoco da la impresión de ser un tipo que deje su futuro económico a la buena de dios; y de capacidad de adaptación, nunca ha demostrado andar escaso.
De todos modos, muy mal le tienen que ir las cosas al PP en el futuro para que no volvamos a ver a Zaplana, a sus jacuzzis, sus jets y sus gemelos, en la vida política. Le basta con dar un par de golpes de efecto de los suyos en la empresa privada para allanar el camino a un regreso público triunfal, como el que podría haber protagonizado Rodrigo Rato si no fuera tan nenaza, cuando dejen de pintar bastos en el Partido Popular. Todavía no hemos visto por última vez ese moreno artificial del cartagenero, y si no, tiempo al tiempo.
Pero de momento tan feliz estoy de verlo lejos, bien lejos, de los fondos públicos, que incluso estaba dispuesto a modificar su entrada en la Wikipedia para reflejar el abandono de la política, pero ya se me había adelantado alguien. Porque de pocas cosas se alegra uno más que nadie en el planeta.
Esto no se ha acabado...Chateando, chateando (por GMail, que cuando tu cuerpo roza la versión 3.0 empiezas a mirar el Messenger de otra manera) ha terminado por salir el tema del derecho de admisión a los locales de ocio. Este último sábado salí de fiesta por Valencia con unos alumnos y, tras cometer mil fechorías en diversas estaciones de metro y tren que quedaron sin represalia, unos seguridades de una discoteca que pinchaba electro-minimal —otro día hablamos de eso— intentaron echarnos de la mismísima calle. Desde luego no consiguieron que dejáramos de rondar la zona para terminarnos el vodka antes de entrar al garito, pero al llamarme "graciosillo" cuando aclaré a mis alumnos que no tenían ninguna obligación de moverse mientras no llegara la policía de verdad, los seguridades acuñaron el mote que me perseguirá en clase al menos hasta después de navidades. Su última amenaza fue la de no dejarnos entrar en la discoteca cuando lo intentáramos, cosa que por supuesto tampoco consiguieron, esta vez muy a mi pesar. Que pagar 15 euros (copa incluida, eso sí) para escuchar electro-minimal sí que debería ser delito.
De todas formas hoy, chateando, nos ha picado la curiosidad sobre en qué términos puede aplicarse el derecho de admisión. Y tras poco tiempo de búsqueda en Google hemos descubierto que las competencias en materia de establecimientos públicos (bares, pubs y discotecas, vamos) están totalmente transferidas a las comunidades autónomas. En Madrid tienen la Ley 17/1997, y en la Comunidad Valenciana está el Decreto 190/2001. (Cada vez tengo menos respeto por la carrera de Derecho, por cierto. ¡Si está todo en internet!) Cito unos pocos párrafos interesantes de este último:
Artículo 6: Las condiciones de acceso a los establecimientos públicos donde se realicen espectáculos y actividades recreativas figurarán en un cartel de dimensiones mínimas de 30 cm. de ancho por 20 cm. de alto, colocado en las puertas de entrada y en las taquillas de venta de localidades, de forma que resulten perfectamente visibles y legibles desde el exterior.
Artículo 8: Los titulares de los locales y establecimientos públicos que establezcan condiciones de admisión, deberán hacer constar en el libro de reclamaciones cuantas incidencias se produzcan en el ejercicio del derecho de admisión.
Hasta donde me alcanza la memoria, no recuerdo ni una sola discoteca digamos pija que haya respetado jamás ni uno solo de los tres artículos anteriores. Y no es que me preocupe demasiado, que no compongo canciones para El Canto del Loco y, a diferencia de Groucho, a mí por lo general no me interesa entrar en ningún club que no me admita. Pero una copia plastificada de estos tres articulitos en la cartera (a los que añadiré el artículo 14 de la Constitución, que la gente siempre la respeta mucho) puede dar para unas risas.
Nos pasó lo mismo con el nudismo y su mecanismo a finales de verano. Toda la vida pensando que solamente se podía quedar uno en pelotas en recintos playeros específicamente acotados a tal efecto, y va y resulta que no. Que en realidad, mientras no me quede desnudo con fines exhibicionistas (para excitarme o incitar a otros, específicamente menores), puedo hacerlo incluso delante de comandancia de la Guardia Civil si un día hace mucho calor y me apetece. Los policías estarán en su derecho de pedirme que me vista, pero yo estaré en mi derecho de negarme. El delito de escándalo público murió con el franquismo, y ojalá que ambos se queden bajo tierra para siempre. Citaría más artículos legales, que me he pegado una buena empapada esta noche, pero no vale la pena porque está todo recogido en la web de la Federación Española de Naturismo. Hasta tienen un PDF monísimo con los pasos a seguir en caso de desagradables encuentros con las fuerzas del orden público.
A lo que voy con todo esto es a que, por muy poco respeto que uno pueda sentir por la ley escrita, a veces conviene tener en cuenta que la inmensa mayoría de quienes nos rodean sí se la toman muy en serio. Si hasta hay carreras universitarias sobre el tema y todo. Y sería una gilipollez desaprovechar las cuatro miserables leyes de entre tanto galimatías tecnócrata que, coño, favorecen un poquito al común de los mortales. Que en este caso soy yo. Así que, chicas: PDF, impresora, aironfix para que no se pringue el papel de bronceador y vengan esos pelitos al aire en la playa, que son cuatro días. Pero mejor dentro de cuatro meses, claro, no se nos vaya a congelar nada crítico por hacer el tonto.
No fumes. No bebas mucho. Haz deporte. Come sano para no estar gordote pero tampoco te obsesiones demasiado con el tema, no vaya a ser que acabes anoréxico. La única droga, el cortadito con sacarina de media mañana. Ah, y nada de volver a casa de noche después de las tres y media, que los vecinos quieren dormir y al día siguiente no hay quien te aguante. Sabios consejos de madre preocupada y protectora para su hijo quinceañero. Y ahora, gracias al gobierno monjil que nos ha tocado en suerte, señoras leyes que nos hacen la vida ese poquito más invivible.
No hace tantos, tantos años, en mi instituto de secundaria vendían cerveza. Si alguien tenía pensado echarse las manos a la cabeza, que se espere, porque también servían carajillos. Podías saltarte las clases y pillarte un medio-ciego mañanero siempre que no fuese demasiado escandaloso, o salir por la puerta para acabar de liarla en los bares de alrededor. Y, aunque yo no sea muy buen ejemplo de integración social porque no tengo coche ni hipoteca ni quiero currar más de media jornada si no es totalmente necesario, la gente salió bastante bien de allí. Por la noche había máquinas de cerveza en la estación de autobús y las gasolineras vendían botellas, tabaco y papel de fumar (creo que esto último aún les está permitido, pero tiempo al tiempo). Y pese a tantas aberraciones tremendísimas, no había mucho más caos ni desparrame en las calles que ahora, principalmente porque los bares abrían hasta tarde y ahí fuera hace frío. Llegabas a casa y al día siguiente le contabas a tu madre que te debió sentar mal la copita de vino que tomaste en la cena, que en la discoteca había mucho humo y que la risita floja de cuando tropezaste con la maceta al entrar en casa eran gritos de dolor contenidos para no despertarla. Tú tranqui, mamá, que yo estoy bien y sé lo que hago.
Pero ahora prueba a explicarle a un policía (cabreado por tener que trabajar de noche) que este cubata no es tuyo, que se lo estás aguantando a un amigo. Cuéntale al gasolinero que solamente quieres el pack de seis cervezas (a euro largo cada una) porque se te han acabado las de la nevera, y que si te las vende te vas derechito a casa a bebértelas. Razona con la ministra de sanidad para que entienda que no hay ninguna necesidad de molestar al camarero de un bar con su mando a distancia cada vez que quieres comprar tabaco, y que la prohibición de vender Camel en las gasolineras y los kioskos es una soberana gilipollez.
Nos vemos en esta situación por culpa de varios gobiernos (el central y, al menos en tierras valencianas, el autonómico) que creen que la población está compuesta íntegramente de quinceañeros descerebrados que se autodestruirán a base de licor a la primera de cambio. Y, lo peor de todo, que creen que no debe permitírseles hacerlo si les apetece y que no hay nada como una buena regañina. Madre no hay más que una, pero gobiernos (y policías que les ríen las gracias) hay para hartarse. Mi madre puede opinar sobre cómo vivo mi vida; mi gobierno debería desvelarse para que pueda vivirla como me apetezca. Mi padre puede ser paternalista conmigo; mi gobierno puede meterse el paternalismo allí donde el sol no brilla. Hace poco que Gaspar Llamazares, en un arranque de genialidad poco propio, ha dicho que hay que "combinar mejor" los elementos preventivos y los coactivos de la futura ley. Pero se queda corto: yo creo que el buen whisky, igual que la prevención de cualquier vicio, o se toma solo o no se toma.
Pero a la mojigatería del gobierno ZP ya voy acostumbrándome. Lo que de verdad me repatea es que las únicas dos cosas que pueden suavizar este anteproyecto de ley que las monjitas se traen entre manos vayan a ser (1) el partido oPPortunista y (2) el vil metal, personificado en los criadores y vendedores de vino. Que por cierto, son tan mandriles como para escandalizarse porque el vino se considere bebida alcohólica y tan cabezones como para no darse cuenta de que tal vez quien no vaya a poder tomarse un carajillo después de cenar tampoco pida vino con el segundo plato. Mientras tanto el gobierno, igual que una vieja beata amargada, mira mal a cualquiera que se atreva a sonreír en misa. Y si no pasa del primer paraguazo furibundo es solamente por aquello del qué dirán.
Usted tranqui, señora ministra, que yo estoy bien y sé lo que hago. Y chin chin, que la vida son cuatro días.
Noticia del Levante-EMV a finales


Miércoles a las nueve menos cuarto de la mañana, uno de esos momentos que me toca vivir despierto (muy a mi pesar) desde que tengo empleo fijo y sirvo humildemente a la sociedad. En los casquitos suena el Down de Rage y el tranvía se acerca a la parada donde yo espero moviendo un pie al ritmo. Por lo general solamente hay cuatro caras largas dentro del tranvía, pero esta mañana se me han pegado las sábanas y descubro, para mi horror, que diez minutos marcan la diferencia entre nada y todo. No quepo por la primera puerta. En la segunda, una chica vestida de siniestra decide que tampoco tiene tanta prisa y se sienta en la parada. En la tercera, el crío más educado del universo se aparta un poco y me deja el espacio justo para entrar con la cartera en brazos. Las puertas, con el sistema de seguridad desactivado porque si no es imposible embutir bien a la gente, me palpan desvergonzadamente las nalgas como una amiga borracha.
Peavy Wagner canta "and I will dance on your grave" en mis oídos, y yo no puedo evitar pensar en los directivos de Ferrocarrils de la Generalitat Valenciana. En su puta madre, más bien. La densidad humana en el tranvía haría que cualquier convocante de manifestación babeara encima de la calculadora. Ya no es que sea incómodo. Ya no es que huela mal. Ya no es que ni siquiera pueda mover el brazo para sacar una foto con el móvil y evitar que parezca que ahora exagero. Es que como al maquinista le dé por pisar un poquito el acelerador, la masa humana que hay aquí dentro hará que la cantidad de movimiento, el momento inercial y todas esas chorradas de la física de bachillerato se disparen hasta la estratosfera. Añádase cualquier curva seria a la ecuación y, a una mala, me puede caer una tonelada de carne humana encima. Eso sin contar el metal y demás material del tranvía. Y entonces serían los directivos de FGV quienes bailarían sobre mi tumba, y aquí paz y allá gloria, que esto es la Comunitat Valenciana y asumir responsabilidades (porque de dimitir ni hablamos) es más pecado que cagarse en la Geperudeta. Y gastarse unos eurillos en incrementar la frecuencia de paso, peor blasfemia que decir que el valenciano y el catalán son el mismo idioma.
A quien le gusten los deportes de riesgo, que se deje de puentings, raftings y parapentings. Todo eso es de nenitas. El tranviing a las nueve de la mañana en Valencia sí que pone los pelos de punta; debería aparecer en los folletos turísticos. Y total, donde comen ciento cincuenta, comen ciento cincuenta y uno.
De un tiempo a esta parte la moral, la ética y (por qué no decirlo) el sentido patrio se han degradado en tal medida que unos vulgares musicuchos, unos hippies de tres al cuarto, tienen en sus manos el poder de incitar a la sociedad a comportamientos reprobables sin que nadie pueda hacer nada al respecto. Este blog, siempre preocupado por la paz social y la pervivencia eterna del status quo, ha decidido señalar de una vez con el dedo a algunos de esos trovadores deleznables (esos hijos de puta, diría Alfonso Ussía, aunque yo no soy partidario de un lenguaje tan fuerte) que se amparan en su musa para conducirnos a la destrucción de las buenas costumbres.
Obsérvense, por ejemplo, estos versos de los peligrosos archicriminales conocidos como el Dúo Dinámico:
Quince años tiene mi amor, Dúo Dinámico.
El Dúo Dinámico tiene incluso la desfachatez de mezclar esta apología de la pedofilia en un popurrí que incluye otros fragmentos procedentes de temas como Lolita Twist (en clara alusión a la novela de Nabokov) o Baby Rock. Y sin embargo actúan en fiestas de pueblo y hacen playbacks en galas televisivas sin que nadie mueva un dedo para evitarlo.
¿Acaso todos los organismos que velan por la ética están aletargados? ¿Es que ni siquiera la Santa Iglesia Católica reaccionará ante esta hecatombe? Porque la siguiente letra del radicalizado, anarquista y controvertido cantante David Bisbal también clama al cielo:
Ave María, David Bisbal.
¡Blasfemia! ¡Herejía! Pero mientras el corazón del cristianismo sufre un infarto, los medios le ríen las gracias y los volantines al ex-triunfito, que colecciona discos de oro y éxitos internacionales a mansalva.
Qué mundo. Qué mundo.
Uy, qué horror. Resulta que la pasada noche de los muertos se produjo en Valencia un macrobotellón que duró hasta altas horas de la madrugada. El caos se apoderó de diversas zonas la ciudad y una gran algarabía juvenil traía el infierno a las calles. Pero contrariamente a lo que cabría pensar, el sol salió al día siguiente y los medios de comunicación se hicieron eco de la tremenda fisura en el tejido social. El diario Levante, bastante cabal por lo demás, dedicaba su editorial al suceso y lamentaba que las fuerzas del sacrosanto orden público hicieran poco al respecto. Todas esas porras desaprovechadas, como diría Josefina.
El botellón de Halloween no se convocó por internet, que yo sepa. De hecho, tuvo lugar por toda la ciudad, no en un solo lugar, luego lo más probable es que simplemente se tratase de una horda de jóvenes que decidió salir por ahí con botellas una víspera de festivo. Un servidor se quedó en casita porque está más pelado que el culo de un mono, así que en realidad hablo por hablar y puede que nada de lo anterior valga, pero da igual. Las razones de este caso concreto, aunque importantes, no nos van a quitar de la situación bien clara que existe, casi de la ley natural: los jóvenes, ahora y siempre, quieren drogarse y salir de fiesta y divertirse y tratar de establecer relaciones más o menos íntimas con otros jóvenes. Pero la única droga divertida y legal a la vez es el alcohol. Y beber en discotecas es carísimo. Beber en pubs es caro, y encima cierran muy pronto. Beber en bares, tres cuartos de lo mismo. Convocado por internet o no, el botellón es la salida obvia a esa ley de la naturaleza.
Introduciremos en este punto al conversador tontolpijo para continuar con la argumentación y, de paso, chotearnos un poco de él.
Vale, será una cosa natural y todo lo que quieras, pero es que se queda todo muy sucio.
Pues se limpia, copón. Si el ayuntamiento de turno no tiene bastante personal de limpieza, que contrate eventuales, que seguro que hay gente por ahí que lo agradece. Unos cuantos váteres públicos tampoco estarían mal, por cierto.
¿Y por qué tendría que invertir recursos el ayuntamiento en eso?
En pocas palabras, tontolpijo, porque una parte significativa de la población lo demanda. ¿O acaso no se destinan recursos públicos (maderos, personal de limpieza, televisiones públicas) a cualquier partido de fútbol de la LFP por insignificante que sea?
Eh... pues...
Ya te lo digo yo: sí. Y en el caso de equipos grandes, bastantes recursos. Que no digo que no tenga que hacerse, ojo, pero no solamente con el fútbol.
Es que se molesta a los vecinos.
Ahí es donde tocas hueso, amiguito. Bien. Ese es el problema. Habría varias soluciones. Una, bastante trillada ya también, consiste en habilitar zonas en las afueras, con autobuses nocturnos continuos y económicos y todos los controles que quieran para que ningún capullo coja el coche teniendo autobús. Otra solución podría ser ampliar el horario de los bares y pubs y bajarles un poquito los impuestos a cambio de una reducción del precio de las copas y la obligación de insonorizarse. En invierno tampoco apetece tanto estar por ahí si hay un bar calentito y económico cerca. Pero claro, para hacer cualquiera de estas cosas habría que ponerse en serio a ello, con lo fácil y cómodo que es enviar para allá a los chicos de las porras y comentar al día siguiente lo mal que está la juventud.
Y por cierto, ya que estamos, a mí me molestan las campanadas de las iglesias los domingos por la mañana. Que las manden también fuera de la ciudad o que las insonoricen. Y a los futboleros de las bocinas que atronan la ciudad mientras yo paso mi resaca por la tarde, también.
Es que la gente fuma en las gasolineras.
¿Que la gente...? Ah, ya, tú te refieres a lo del macrobotellón de Sevilla. Gilipollas hay en todas partes, tontolpijo. También mató un guardia civil a tiros a una tía en un coche hace un par de años sin que ella hubiera hecho nada y no por eso se disolvió el benemérito cuerpo. De todas formas, ahí es donde debería haber actuado la policía, en la gasolinera. Aquello que decíamos de los recursos públicos, ¿te acuerdas? Y si el mandril del cigarro estuviera fuera del casco urbano o en algún bar barato, no habría pasado. Y, repito, gilipollas hay en todas partes. ¿Alguna otra cosita?
Er... es que... ejem... ¡Ah! ¡Sí! ¡Beber en la calle es ilegal!
Esa ley es una mamonada se mire por donde se mire. Como otras muchas tantas. Sacar leyes así es el recurso fácil cuando uno no quiere sentarse un rato, hablar con gente y darle un par de vueltas a las cosas. Mira si no lo de los sesenta litros de agua por persona y día. Sería mucho más efectivo (y también mucho más popular) empezar por revisar bien a fondo las grandes empresas, ayuntamientos incluidos, a ver en qué derrochan el agua. Y después de clavar buenos multazos al 90% de ellas, pararse a analizar de verdad los gastos familiares y, sólo una vez hecho eso, dar un margen bien amplio y subir los precios a lo bestia a partir de ahí, para que sólo lo noten quienes de verdad tiran el agua. Pero estamos en lo de antes: es más fácil soltar la burrada y esperar a ver si peta por alguna parte.
Pero nos estamos desviando del tema y tú, como eres la parte de mí que defiende lo indefendible, te estás quedando sin argumentos. Así que mejor desaparece, que tengo sueño.
Vale, es sólo en el nivel medio, pero ya me voy molando...Espero, en primer lugar, que el mes de agosto no se os haya hecho demasiado difícil de digerir sin la ayuda y guía espiritual que supone este weblog. La actualidad puede ser incomprensible entre tanta siesta y jarra de tinto de verano, pero a poco que uno se despierte y encargue una birra para variar es fácil darse cuenta de que básicamente agosto ha consistido en lo siguiente:
Y se supone que es en septiembre cuando todo despierta, cuando empieza el curso político además del académico y cuando de verdad empiezan a pasar cosas. Vista la tendencia veraniega, no me queda otra cosa que ir pensando en exiliarme a alguna islita y preparar la garrota para defenderla a mamporros cuando empiecen a llegar las grúas. Bienvenidos de vuelta a la vida real.

El domingo pasado caminaba hacia la estación de trenes cuando vi un perro andando solo por ahí. Era parecido a un pastor alemán, bonito, con el pelo cuidado. Sin collar, eso sí. Cruzó con vida la calle de enfrente solamente gracias a que era domingo por la tarde y los conductores, que circulaban despacio por la resaca del fin de semana, pudieron detenerse a tiempo. Puede que se hubiera perdido, que no llevara collar porque se porta muy bien. Pero también puede, como pensé yo en el momento, que haya mucho hijo de puta suelto. Que no haga ninguna falta ser constructor, político o banquero. Que el vecino de al lado, a su miserable escala, pueda ser capaz de quitarle el collar a su perro.
Cójase a un cabronazo de ese estilo. No hace falta ni siquiera que sea el peor de todos: basta con cualquier tipo resentido, mediocre, mezquino. Otórguesele cualquier tipo de poder y el resultado inevitable es que el único impedimento a sus fechorías es precisamente la magnitud del poder que se le dé. El presidente de comunidad de vecinos hará la vida ese poquitín más desagradable a quienes le rodean. La alcaldesa de pueblo de pijos (o el presidente de diputación, ya puestos a aludir) liquidará la costa a precio de saldo. El presidente de un país de segunda lamerá cipote americano a cualquier precio. Pero por seguir con nuestro experimento, pongamos a nuestro sujeto de prueba (porque llamarle hombre es otorgarle demasiado crédito) al frente de un gran país de fanáticos religiosos, lo suficientemente importante como para que acabe convencido de que sus actos tienen una trascendencia que rebasa la de respetar unas cuantas vidas humanas y, por último, con una mayoría de ciudadanos lo bastante agilipollada como para reírle las gracias al niño. El resultado lo estamos viendo cada día en las noticias. Cuestión de escala.
Casi parece que está en la naturaleza de algunos hacer tanto mal como puedan. Será la educación, o el entorno. O será que el pobre desgraciado no da para más y de donde no hay, no se puede sacar. La razón no importa nada: el asunto es que nos las hemos ingeniado para crear un sistema político en el que un completo bastardo no sólo puede llegar a lo más alto y mantenerse allí, sino que lo tiene muchísimo más fácil que una buena persona. La democracia será el menor de los males, pero combina muy mal con aditivos como el armamento, los intereses económicos desbocados o, sí, los hijos de puta al mando. Y cuando un combinado es imbebible, o se le echa alguna otra cosa a ver si mejora o directamente se tira por el retrete.
O se enfría mucho, que es donde entra la foto de más arriba. A ver si sacando a la Tierra de órbita a base de saltos controlados se calman un poquito los ánimos. O a ver si algún caótico efecto gravitatorio manda a unos cuantos que yo me sé directos al espacio exterior, a tomar por culo y más allá.
Cuando yo tenía veinte años (sí, lo sé, mal empezamos) había un bar cerca de casa donde, coño, dejaban fumar. También servían cerveza negra y había billar, recreativa, dardos y rock. En verano cerraba sobre las dos y media entre semana y entonces solíamos irnos a la placeta de al lado, convenientemente apartada de cualquier calle con el más mínimo tráfico rodado del agosto nocturno de Castellón. A veces nos quedábamos hasta las cuatro o las cinco charlando y fumando, y en un par de ocasiones incluso tuvimos la previsión de llevar con nosotros bolsas con calimocho para cuando nos cerraran el bar. Pero cuando solo charlábamos y fumábamos, diluíamos la medio-kurda de tercios con viajecitos y más viajecitos a beber agua de la fuente pública. Y luego a veces meábamos contra la iglesia. Pero el delito ya prescribió, señor fiscal.
Un mal día la fuente desapareció, sin más. Fue mucho antes de que remodelaran la placeta y no recuerdo que dieran ninguna explicación, aunque si fuera ahora bastaría con que dijeran "razones sanitarias" y nadie se atrevería a abrir la boca, como ocurre siempre que la autoridad dice algo así. Mi teoría era que intentaban beneficiar a las cafeterías que abren de día y venden cocacolas y botellines de Font Vella: conspiranoia hippie al poder. Para entonces ya no íbamos tanto a sentarnos por allí, pero todavía algunos sábados por la noche terminábamos en la puerta de la iglesia (respetada casi siempre por nuestras vejigas, no como la esquina de la izquierda) y charlábamos y fumábamos. Pero no podíamos diluir la kurda de cubatas porque ya no estaba la fuente. Y hablar y fumar con la boca seca, niños y niñas, es una actividad sin futuro.
Pero pasaron los años y he aquí que por fin, de nuevo, un rayo de esperanza nos ilumina. El Pontificio Consejo para la Familia, que dios lo tenga en su gloria, ha decidido acudir en ayuda de los ciudadanos con la boca seca y organizar en Valencia una macroreunión de familias del copón bendito. Las hordas cristianas avanzan hacia la costa levantina y con ellas traen (redoble de caja) cuatrocientas cuarenta y nueve fuentes públicas y nada menos que tres kilómetros de tubería para abastecerlas. Nada de duchas, ojo, que eso sería pasarse. Pero alegrémonos y regocijémonos porque por fin nuestro héroe, Ratzinger Z, vendrá a Valencia a instalar casi quinientas fuentes públicas con seis grifos cada una, capaces de lanzar 639 litros por segundo durante las veinticuatro horas del día. Y yo no puedo sino alegrame y sentir un calorcillo en las entrañas al pensar que a partir de ahora, cuando les cierren el macrobotellón, miles de asistentes de veinte años podrán sentarse y hablar y fumar con la tranquilidad de que las fuentes públicas aguantarán el tirón aunque todo el macrobotellón decida solucionar sus problemas de sequedad oral a la vez. Ah, el progreso. Los jóvenes charlarán hasta el amanecer. Las meadas serán épicas. Incluso podrá beber más de uno al mismo tiempo, que es un lujo que mi generación nunca tuvo. Y todo gracias a la Iglesia Católica y al Ayuntamiento de Valencia, pionero y referente de las iniciativas sociales en todo el mundo.
Meapilas. La única palabra es meapilas.
Y vivieron felices y comieron perdices. Los de siempre, claro.
Vale, pero la enfermera lo mira.Solamente un breve receso en la corrección de Pies de barro. Pero es que si no lo digo, reviento.
En cierto momento de la novela que estoy revisando (más bien hacia el principio, tranquilos) se hace referencia a la genealogía de cierto cabo de la Guardia de la Ciudad. Los nombres de sus antepasados directos, Sconner y Slope, estaban sin traducir, así que la lógica dictaba investigarlos por si tenían algún significado. Dictionary.com solamente daba resultados para Slope (inclinado, que ya conocía), así que he decidido investigar la otra palabra en un par de diccionarios de slang. Y resulta que un "sconner" es un chavalín al que todavía no le ha salido vello púbico. Un insulto de patio de colegio inglés. Y, ya que estábamos, he descubierto que "slope" también tiene su chicha: es un término despectivo para designar a los chinos y gente de por el sudeste asiático en general. Un charlie de la época de aquel cacao en Vietnam, vamos. ¡Dos por uno, señora!
El problema ha llegado con la adaptación al castellano. Los nombres no habían aparecido en novelas anteriores y, teniendo en cuenta el contexto de la escena (que no revelaré), había que adaptarlos. Intentando ser fiel al espíritu original, he intentado localizar alguna lista de insultos infantiles en internet e, iluso de mí, he escrito "insultos niños" en Google. Casi antes de darle al enter me he visto sepultado por una avalancha de páginas políticamente correctísimas sobre lo malo que es que los niños se insulten entre ellos. Ni siquiera depurando la búsqueda ("lista insultos infantiles", por ejemplo) he encontrado nada parecido a lo que yo buscaba, que eran unos cuantos insultos de patio de cole recopilados por algún psicópata, a ver si alguno pegaba con el nombre original. La búsqueda de insultos hacia las personas de origen asiático no ha dado mejores resultados.
(Pero si a estas alturas de la entrada todavía queda gente interesada lo más mínimo en la novela a pesar de lo alarmante de la situación en internet que intento describir, creo que al final los nombres elegidos sin ayuda de la red quedan bastante bien.)
Internet cambia, y cambia deprisa. Más que evolucionar, digievoluciona como los Digimon. Digievoluciona hasta tal punto que ya no se sabe dónde andarán aquellas paginuchas hechas con el bloc de notas de Güindous donde el endemoniado del piso de arriba daba rienda suelta a su interés por los sinónimos de pene o por la cría en cautividad del armadillo. O por el Mundodisco, ya que estamos puestos a hablar de endemoniados. Ahora solamente hay opinión y opinión y más opinión (generalmente bienpensante, a veces muy meapilas y casi siempre políticamente correcta), lo que nos lleva a tener que marcar las páginas de buena información neutra nada más encontrarlas, no vayan a caer todavía más en el abismo de Google. Y la culpa es de los weblogs con tanta referencia cruzada y tanto trackback. Sí, cojones, ya sé que insultar a los críos y a los chinos está muy feo. Pero lo que quiero ahora no es que se me recuerde ese hecho hasta la náusea, sino un par de listas recopiladas por algún esquizofrénico que no lo dejen correr en "empollón" y "amarillo". Información, no opinión. Estoy por escribir a Google para que pongan un botoncito de "excluir weblogs políticamente correctos" en sus páginas, que sirva para dejar fuera de un plumazo los resultados que contengan palabras como "derecho", "orientación" o "respeto".
O "nuestros", que me estoy dando cuenta de que es de las más peligrosas.
Reclamo impagable para que cualquier maquinero de ValenciaSí, señora. La pérfida empresa ferroviara ataca de nuevo a nuestro héroe.
He cogido el tren de las nueve y media de la noche para volver a Valencia. Es tranquilo, hay sitio de sobra y se puede dormir un rato, que buena falta hace los domingos. El único contra es que llega uno muy justo a coger el último metro que puede dejarle en la puerta de casa. Un retraso de cinco minutos me obliga a transbordar a un tranvía y hacer parte del recorrido a pie.
Hoy el tren se ha retrasado tanto que ni siquiera ha llegado a su destino. Nos hemos quedado parados diez minutos a mitad de camino, con lo que mis esperanzas de un regreso tranquilo al hogar se han evaporado ya desde el principio. Nos ha adelantado un Talgo, así que he asumido que se trataba del servilismo característico de RENFE para con los clientes de trenes caros. Pero a punto de entrar en el túnel que da a la ciudad, un segundo y repentino parón acompañado de fallos eléctricos sugería que había alguna otra cosa fallando.
Ante la insistencia de una pareja que ya había perdido el tren a Gandía con el que querían enlazar, el revisor se ha dignado a informar al pasaje de que la diferencia de potencial de la catenaria se había ido a la mierda por alguna razón desconocida, y que no tenía ni idea de cuánto tardaríamos en continuar. Han sido unos diez minutos. Pero al llegar por fin a la estación subterránea de Cabanyal, nuevo parón. Y a la tercera va la vencida: según el revisor, había un trozo de catenaria colgando un poco más adelante, arrancado por el viento. La cosa iba para largo, así que he decidido bajar a fumar al andén y, vaya, el Talgo de antes estaba parado justo delante de mi Cercanías.

Justicia kármica. O simple "mal de muchos, consuelo de tontos", da igual. Cerca ya de las once de la noche, me veía obligado a pagar un taxi o molestar a mi colega el Avatar del Caos para que me recogiese en coche, que es lo que he terminado haciendo. En el lado positivo, mientras esperaba en la calle me he encontrado a una amiga que no veía hace años y había quedado allí con alguien por casualidad. En el negativo, que incluso en un imprevisto provocado por la naturaleza sea posible encontrar razones para cagarse en RENFE. Obviamente, su primera prioridad tenía que ser restablecer la electricidad el tiempo suficiente para que pudiéramos aparcar detrás del Talgo, en el andén de Cabanyal. Pero para entonces ya debería haber un autobús de camino que recogiera a los pasajeros y se nos llevara a la estación de destino, cosa que brilló por su ausencia. En otras palabras, una vez restablecida la seguridad y los clientes están en un edificio con electricidad, la prioridad absoluta debe ser cumplir con lo que se promete implícitamente al venderte el billete. Y los pasajeros deberían estar informados en todo momento de lo que sucede, no tener que encadenar e introducir agujas bajo las uñas al revisor para enterarse de algo. El único mensaje enviado a megafonía desde la cabina ha sido un utilísimo "Señores viajeros, por avería técnica permaneceremos detenidos hasta nuevo aviso" durante el primer parón. Información de calidad, sí señor.
Esta vez no se libran de la reclamación. Aunque solamente sea para que me devuelvan los 3,65 euros que me han estafado. Ya está bien de lloriquear: la guerra abierta ha comenzado.
Mira que estaba yo tranquilito en mi respiro espiritual casero, viendo temporadas enteras de A dos metros bajo tierra y evitando la tele en general y los informativos en particular. Qué gran serie, sí señor. Cuánta mala baba. Pero Nerea, que se pasó el otro día por casa, me ha obligado a volver a la primera línea al contarme lo que se está publicando últimamente en las hojas parroquiales valencianas. Al parecer, un catedrático en teología (jubilado) se dedica a justificar en la publicación Aleluya la violencia doméstica contra las mujeres. Aleluya, sí. Como me niego a hacer mías sus palabras, mejor cito un par de perlas de un artículo al respecto, publicado en El Norte de Castilla:
Gironés afirma que en el año 2005 hubo 63 mujeres muertas a manos de sus parejas en España y añade que «por cada mujer muerta a manos de un hombre, hubo 1.350 niños asesinados por voluntad de sus madres. Es peor».
No es que haya ninguna necesidad de convencer a nadie de lo inapropiada, rancia y despreciable que es una opinión como la de don Gonzalo, pero siempre es divertido ofrecer una cucharada de su propia medicina a los gilipollas. Por esa misma regla de tres es justificable la violencia contra los catedráticos jubilados que escriben estas cosas y contra las instituciones que las publican: más de una vez los autores de escritos sexistas provocan con su pluma. El lector, generalmente, no pierde los estribos por dominio, sino por debilidad, no aguanta más y reacciona descargando su fuerza que aplasta al provocador. ¿Ve usted que fácil, don Gonzalo?
Es más, ya puestos a hacer comparaciones cachondas, por cada catedrático jubilado vapuleado a las puertas de la iglesia mueren al año montones de africanos de SIDA gracias a la política vaticana de convencerles para que no utilicen preservativos. Parafraseando al lúcido catedrático: por cada imbécil a favor de la violencia doméstica apaleado, hay miles de seres humanos asesinados por voluntad de la Iglesia. Es peor.
Ojalá no fuera tan fácil escribir una entrada sobre este tema. Y ojalá no fuera tan fácil para según qué gentuza ver publicadas sus palabras en una hoja parroquial. Amén.
O: "Habemus Papa".
Uy, qué ilusión. Por si no bastara con la tontería de la Copa América, a la alcaldesa de Valencia se le ha metido entre ceja y ceja organizar el Encuentro Mundial de la Familia el próximo julio. Se trata de una cita que la iglesia católica (el Pontificio Consejo para la Familia, para ser exactos) organiza cada tres años en una ciudad diferente, con la colaboración de la diócesis de turno. Y Valencia, como no podía ser de otra manera, se ha volcado en el montaje de tamaño evento. Sobre todo, supongo, porque incluye una visita de Ratzinger Z. Se ha proyectado un macroescenario multimillonario, una serie de infraestructuras necesarias para el acontecimiento y, probablemente, un dispositivo de seguridad que tenga la ciudad tomada mientras dure el encuentro de marras. Maravilloso. Loado sea Dios.
Se podría argumentar que, en la práctica, la invasión de los Flanders podría tomarse como una oportunidad económica y promocional para la ciudad, y no nos alejaríamos de la realidad. Es cierto que, por mucha inversión que haga la ciudad (y por mucha que exija del gobierno central, que ya están en ello), el Encuentro con toda probabilidad será rentable. O al menos se nos presentará como tal. De hecho, parece que se van a vender unas mochilas Familypack a 35€ que contendrán unos bocatas, planos y programa de fiestas. Pero a pesar de la rentabilidad, a pesar de los Familypacks, me gustaría ver a doña Rita prestándose a organizarle las quedadas a otros jefes de estado de países no democráticos que se me pasan por la cabeza. Pagaría por ver cómo salen del paso los informativos de Canal 9 si a la señora Barberá se le ocurriera organizar el I Encuentro de la Horda Comunista, starring Fidel Castro.
Pero ahora vete y explícaselo a la panda de beatos que tiene tomado el Ayuntamiento.
Llegó 2006, por si alguien no se había dado cuenta, y con él la nueva y flamante ley antitabaco. La televisión se ha llenado de anuncios de parches de nicotina y parece que los noticiarios televisivos ven el mundo de forma diferente que la prensa escrita: mientras en los primeros parece que el tabaco ha quedado definitivamente erradicado, los periódicos ofrecen datos reales sobre los locales pequeños, que mayoritariamente (y con mucha diferencia) se han decantado por seguir permitiendo fumar en sus instalaciones. Así que, para alguien que de todas formas ya tenía que salir a la calle para fumar en su trabajo, la entrada del nuevo año tampoco supone tanto cambio.
Pero el Gobierno no descansa cuando se trata de urdir maldades y ya anuncia nuevas medidas, esta vez contra el alcohol. La actitud razonable sería oponerse, ya que lo próximo en la Cruzada por la Dictadura de la Salud será atacar el café, el sexo, los videojuegos (ahora que lo pienso, este ataque está iniciado ya) y todas las demás cosas buenas de la vida. Pero poner las velas contra el viento suele ser contraproducente, así que allá van algunas ideas por si de esta actitud mojigata y moñona del Gobierno todavía puede sacarse algo bueno.
Otro día hablaremos de por qué todo el mundo parece estar tragándose sin rechistar que toca dejar de fumar a la voz de ya. De momento, feliz 2006 a todo el mundo. Pero a todo todo, ojo.
Suena una melodía pegadiza por el auricular. "Bienvenido al servicio de atención al cliente de Telefónica. Por favor, diga en voz alta el motivo de su llamada". Me pilla por sorpresa: yo estaba preparado para soltar cuatro gritos a un comercial, no a una máquina. Decido no dar demasiadas pistas: "Quiero reclamar por una factura inexacta". Antes de terminar la frase, la voz enlatada ya ha vuelto a las andadas: ahora dice algo sobre introducir mi número de teléfono. Tecleo, y al tercer "pip" me interrumpe de nuevo, la muy maleducada: "Necesitamos que diga en voz alta su número de teléfono para poder atenderle, muchas gracias". Me siento un poco idiota dictándole números a una máquina. Pero la sensación pasa un poco desapercibida entre la vergüenza general de saberme estafado, una vez más, por la compañía de telecomunicaciones de siempre.

Más musiquita pegadiza. Al final, un comercial coge el teléfono. "Muy buenas, le atiende Un Currela Pringado, ¿en qué puedo ayudarle?". Pues verás, hace poco más de un mes contratamos el paquete de llamadas nacionales gratis y ADSL a un megabit. El comercial con el que hablé me dijo que entrábamos en la oferta de alta gratis, y el instalador me dijo que si no me ponía ninguna toma de teléfono más, la instalación también era gratis. Pero ahora llega la factura y nos encontramos con que nos han cobrado alta, instalación, módem y un extraño concepto llamado Cuota de Inicialización del Alquiler del Terminal o algo así. Ah, y absolutamente todas las llamadas. "Pues debe tratarse de un error". Ya, por eso estoy llamando. "Un momentito que lo mire. ¿Me puede decir el número de teléfono?"

Repito mi número de teléfono ante la mirada atónita de los presentes. Escucho sonido de teclas de ordenador. "Su factura asciende a tanto". Ya, por eso estoy llamando. "Pues aquí aparece consignado como Alta Gratuita". Cuando contratamos la línea, le pregunté a la persona que me atendió si entrábamos en la promoción porque solamente quedaba media hora para que expirase y, obviamente, el instalador vendría fuera de tiempo. Me dijo que acababa de introducirlo él mismo. Entonces, resabiado de otras veces, le pregunté si me harían alguna jugarreta de las suyas y el me aseguró que ninguna. Pero está claro que no debí fiarme. "No, no se preocupe; esto pasa mucho. Le estoy poniendo una reclamación electrónica y en un plazo de una semana seguramente recibirá una carta con las disculpas de Telefónica y una transferencia bancaria con el dinero que le hemos cobrado de más".

Sorpresa. O más bien esperanza de sorpresa, porque todavía no las tengo todas conmigo de si recibiremos la carta y el dinero. Pero por lo pronto, lo que me llevo es la molestia de tener que llamar para protestar y dos interrogantes: ¿Acaso en las oficinas de Telefónica no cuentan con servicio de reconocimiento de llamadas? Tal vez los comerciales se aburren y hacen competiciones a ver quién consigue que un cliente repita más veces su número de teléfono. Y la cuestión más preocupante: ¿Es esto otra estrategia de estafa? Ofrezcamos cien mil servicios gratuitos y luego cobrémoslos por sistema. Quien llame para patalear es atendido amablemente y su dinero devuelto (espero), pero quien no, eso que nos gamanos. Solamente con un 10% de pardillos que no se molesten en coger el teléfono, ya tenemos el equivalente a 5000 robos de cambio (devolución: 0) en las cabinas. Eso es negocio.
Una de las mayores compañías mundiales de telecomunicaciones. Ya. Así, cualquiera.
Algunos días tengo un descanso de veinte minutos a mitad de tarde en la academia. Normalmente salgo por la puerta, entro en el bar de al lado, me siento en un taburete, pido un cortado, enciendo un cigarrillo para escandalizar al resto de la parroquia y hojeo la página de opinión del Levante. Y así, por lo general y salvo contadas excepciones, leo la primera frase bien escrita desde las cinco de la tarde. En teoría son veinte minutos de tranquilidad, en territorio amigo, diseñados específicamente para relajarme (pese a la cafeína) del esfuerzo de convencer a los alumnos de ESO de que, a partir de ahora, necesitarán empezar a usar sus cerebros. Charlo con la camarera, leo y me olvido.
Excepto cuando presto atención a lo que leo. El otro día me topé con una columna de opinión, creo que de Juan José Millás. No conocía la noticia que comentaba, pero el texto la explicaba bastante bien: el señor George W. Bush, de visita en China, centraba sus exigencias en la necesidad de que el país asiático imprimiese más biblias. Porque, por lo demás, China está en su mejor momento: lo único que enturbia el país es la falta de biblias impresas. Y ahí es donde entra el Presidente.
¡Ahí es donde entro yo!Las adicciones, niños y niñas, son muy malas y muy perras. No es que un servidor lo haya intentado nunca, pero la observación directa indica que en la mayoría de los casos es muy difícil salir de una adicción gorda. Sustituirla por otra, en cambio, suele ser más fácil: de ahí que la mayoría de ex-fumadores engorden unos kilitos (algo tienen que hacer con la boca), que la mayoría de seguidores de Perdidos vayan a engancharse a Los 4400 o que la mayoría de foreros tengamos ahora un weblog. En el caso que nos ocupa, el Señor de Texas ha cambiado la botella por la religión. Si se tratara de cualquier otra persona, no tendría mayor importancia. Incluso diría que es para bien, si bebía mucho y le hacía más daño que beneficio. Pero en George Bush volverse más fundamentalista de lo que ya era puede ser peligroso para todos. No hay más que ver la lista de gente que le tiene cruzado para darse cuenta de que haría bien ya no en dimitir, que esas cosas solamente ocurren en la ciencia-ficción y en el pasado, sino en volver a la bebida. El manifiesto y la recogida de firmas (o de botellas), que lo hagan otros.
Y si, ya de paso, se confunde todavía con más puertas, pues eso que nos reímos todos. Y si se mete más talegazos como aquel que decían de las galletitas y se le ocurren menos ideas geniales, eso que ganamos.
Uy, qué bien. Otro globo sonda del gobierno. O al menos espero que sea solamente un globo sonda, porque la genialidad que se les ha ocurrido ahora es facilitar (todavía más) el despido de trabajadores por parte de las empresas. Hasta el momento, si por alguna casualidad de la vida o la intercesión del Ente Supremo Omnipotente habías conseguido un contrato indefinido y te despedían, la empresa debía indemnizarte con 45 días de sueldo por año trabajado. Pero claro, la patronal de empresarios ha pensado que 45 días por año igual eran un poco demasiado, y ha lanzado su propuesta de reducirlos a treinta y tres.
Y el ministro de trabajo se lo ha comido con patatitas, por muy miembro del PSOE que diga ser y por muy de izquierdas que el PSOE diga que es. Con patatitas y extra de allioli, para seguir oliendo durante una temporada. Yo creo que la patronal se está echando unas risas a costa del gobierno, porque el argumento que utilizan para su propuesta es que "no se puede reducir la temporalidad laboral si no se abarata el despido de los nuevos contratos" (Cuevas, El Mundo). Claaaro, don Jose María, porque conseguir poquito a poquito que los contratos indefinidos se conviertan de facto en temporales es la mejor de las medidas para que haya empleo estable. Sí, admito que mientras yo puedo cagarme mil veces en la patronal públicamente, un ministro de economía ha de moderar un poco su lenguaje. Pero una cosa es ser comedido y cordial y otra muy distinta hacer felaciones por la cara a los empresarios, al menos actuando como ministro y en nombre de todos. Yo, personalmente, preferiría que los miembros de los empresarios estuvieran tan alejados como sea posible de mi boca. Y por extensión, de la del ministro que supuestamente me representa, muchas gracias.
De todos modos, admito que el numerito 33 de marras tiene un algo. Hace unos años se hablaba de reducir la jornada laboral de 40 a 35 horas semanales. Por alguna extraña razón, nunca más se supo. Ya que estamos, treinta y tres sonaría mucho mejor. Y siempre se puede quedar bien con la patronal agradeciéndoles la idea de usar un número tan fácil de recordar. Y prometer a los empresarios que dedicaremos unos minutillos de esas siete horas de vida que nos perdonan a tener algún pensamiento positivo sobre ellos para variar.
Nyac nyec nyec nyec... ¡NYAC! ** (Primero Operación Triunfo y después...Ahora que la nunca suficientemente loada RENFE ha iniciado una campaña publicitaria que habla de la calidad de sus servicios y de la mirada que tienen puesta en el futuro y la modernidad, creo que es el momento de contar una anecdotilla de nada que sucedió hace un mes escaso.
Circulaba yo, como de costumbre, en la línea de Cercanías Valencia-Castellón porque había quedado para dar una clase particular. Iba leyendo un libro de Jean M. Auel (entretienen, pero hay que ver lo que se repite esta señora para engordar las novelas), así que no me enteré de la situación hasta que escuché a alguien comentar que ya llevábamos un cuarto de hora parados. Regresé en un parpadeo desde el paleolítico hasta la línea de Cercanías y no noté demasiada diferencia. Como de costumbre, ninguna explicación a los pasajeros. Ningún dato sobre la hora prevista de salida por si alguien (como un servidor) había quedado. Volví a la novela y al poco tiempo un revisor -uy, perdón, que se mosquean si no se les llama interventores- salió de la cabina como alma que lleva el diablo. Lo interceptó la misma señora que decía antes lo del cuarto de hora y, cosa rara, el revisor se dignó a explicar que había descarrilado un mercancías algo más adelante y que no tardaríamos demasiado en seguir camino. Pero acto seguido abrió una puerta del vagón y dijo que si queríamos salir al andén, no había problema. Mientras nuestro héroe cierra el libro, sale a fumar un cigarrillo y llama a su alumna para decirle que mejor le avisará cuando llegue porque esto va para largo, haremos la primera reflexión del día: la modernidad empieza por eliminar los tramos de una sola vía en las líneas de Cercanías.
Acabado el cigarrillo, estaba planteándome si acercarme a la estación para mear. Pero se me adelantó alguien: empezó a cruzar la vía (a nivel, por supuesto) y se oyeron gritos. El tipo echó a correr y, segundo y medio después, un Alaris pasó a toda velocidad a nuestro lado. El chaval pudo llegar vivo a la estación gracias a los gritos y, supongo, soltó la mejor meada de su vida porque había vuelto a nacer. El andén donde estábamos retenidos tenía una visibilidad de aproximadamente 200 metros antes de que una curva se tragara las vías. La segunda reflexión del día: la modernidad empieza por poner pasos subterráneos en absolutamente todas las estaciones. Y si no llega el presupuesto con la pasta que deben de sacarse cobrando 3,50 por la mierda de servicio de Cercanías que ofrecen, que al menos todas las estaciones avisen automáticamente por megafonía cuando se acerque uno de esos trenes de los anuncios a toda velocidad. Decidí esperar a mear en Castellón.
De vuelta en el tren, sabiendo que me esperaba otro buen rato de inactividad y desinformación, volví con la novela que explicaba las aventuras de una caverna de neanderthales en el paleolítico. No me sorprendió darme cuenta de que tenían el chiringuito bastante mejor montado que nuestro transporte ferroviario. Pero, sorpresa, el tren reinició la marcha con el tiempo suficiente para que nadie pudiera reclamar después la devolución del precio del billete por retraso. Incluso nos regalaron cinco minutos de margen que cada pasajero pudo emplear en lo que quisiera. Yo los utilicé para soltar una larga y placentera meada, por fin a salvo en los urinarios de la estación. Y en decidir en el último momento que apuntaría bien, porque (tercera y última reflexión del día) al fin y al cabo los empleados de la limpieza no tienen culpa de nada.
Modernidad. Los cojones.
El gobierno, para quien no se haya enterado, por fin se ha dado cuenta de que la sanidad pública va un poquito como el culo y necesita una ayudita económica de nada. Nunca es tarde, linces. Así que las mentes preclaras que, de alguna manera, siempre acaban tomando las decisiones más gordas, han decidido que lo ideal es financiar la sanidad a base de hincharnos los impuestos en alcohol, gasolina y tabaco. Simplemente maravilloso.
Claro, es que resulta que el alcohol y el tabaco son malos, malísimos, y además suponen una carga para el sistema sanitario a largo plazo. Y la gasolina tres cuartos de lo mismo, sobre todo si tenemos en cuenta los accidentes de automóvil. Aunque lo más seguro es que con la gasolina se acaben echando atrás si es que no lo han hecho ya. Pero lo que no entiendo es por qué tenían que ser precisamente tres productos básicos los que sufrieran la tocada de impuestos. (Y antes de que alguien diga que él no fuma, responderé que yo no conduzco. En esto tenemos que estar unidos, camaradas.) No se les ocurrirá encarecer los chalets de lujo, aumentar las multas por contaminación a las grandes empresas o recalificar los terrenos municipales antes de venderlos a las constructoras, por poner tres ejemplos casi al azar. Ni disolver de una vez el puto ejército, que (además de no servir para nada) últimamente no hace más que dar quebraderos de cabeza, y destinar así el presupuesto de "Defensa" a Sanidad y Educación. Para qué. Que paguen los de siempre. Y ya que estamos, que paguen más.
El lado positivo es que ahora, cada vez que fume o que me tome una cerveza, tendré en mi interior la sensación cálida de saber que, gracias a mí, en un par de años habrá un hospital con una camilla más. Y cada vez que Mercedes Milá haga una de sus apariciones apocalípticas antitabaco en televisión, provocará que un niñito muera por falta de atención médica. ¿No es maravilloso?
Comprendo la necesidad de un sistema sanitario público. Es más, lo apoyo sin reservas. Comprendo que una sanidad pública debe financiarse con impuestos. Pero no comprendo que un gobierno que se declara de izquierdas decida que las subidas extraordinarias deban aplicarse a productos de consumo masivo, por muy malísimos que sean. Llámame simple, pero lo próximo será encarecer el pollo y las patatas para financiar la educación. En el fondo, la pregunta siempre es la misma: ¿acaso la clase política no fuma, bebe o echa caldo en el coche? Y la respuesta también es siempre la misma: ellos no pagan gasolina. La pagamos nosotros, igual que sus sueldos que no creo que les importe gastar en vicios, vayan al precio que vayan. La diferencia es que si a mí se me ocurriera putear de esa manera a quien me paga el jornal, no duraría ni diez minutos. Pero nosotros siempre hemos sido unos jefes demasiado consentidores, siempre hemos permitido que nuestros empleados se nos suban mucho a la chepa. Y así nos luce el pelo.
Es que lo sabía. Bueno, el próximo cigarrito va a la salud de la madre de Zetapé.
Os presento a Flash.Hace algún tiempo, en pleno Viña Rock (y en plena intoxicación etílica), afirmé categóricamente que el hip-hop era uno de los inventos más nefastos de la historia de la humanidad. En una hipotética clasificación encabezada por la rueda, el fuego y el minitanga, el rap ocupaba el mismísimo culo de la lista. Estaba siendo algo exagerado, claro, porque resulta evidente que cosas como la cerveza sin alcohol, la ESO o La Máquina de la Verdad (Antena 3, martes por la noche) son mucho más nefastas. Pero este último fin de semana en las Fiestas del Ángel de Teruel me ha hecho replantearme muchas cosas.
Algunas son obvias, por ejemplo que las fiestas son mucho más agradables cuando se puede pasear de resaca sin niños que acechan para tirar ruidosos petardos en cada esquina; o que las barras subvencionadas que solamente venden bebidas no alcohólicas a buen precio son una gran idea cuando uno lleva un botellín de vodka en el bolsillo trasero. Y otras, más que obvias, son apabullantes: como por ejemplo, que el actual poseedor del título al Invento Más Nefasto De La Humanidad es el nuevo ritmo de moda, ése que teóricamente es una fusión de hip-hop, reggae y rollito latino genérico. Sí, señora, el puto reggaetón. Ese de los anuncios de recopilatorios (Reguetoneando era mi título favorito hasta que llegó Cubatón, el reggaetón cubano), los coches de makineros atronando a los vecinos y la omnipresencia en fiestas veraniegas. Ese del ritmito machacón y clónico en todas las canciones, por llamarlas de alguna manera. Ese de "componga (por llamarlo de alguna manera) usted cinco grandes éxitos en una tarde de aburrimiento con su programita de edición de audio".
Ese que, en resumen y sin estirar demasiado las definiciones, podría ser considerado como el nuevo bakalao. Como si hiciera falta para algo.
En los viejos tiempos del futbolín y los recreativos, quedarse aMe declaro desde ahora mismo fan de Mario Picazo. O más bien fan de su sección en los informativos de madrugada de TelaHinco. Además de dar el tiempo como todos los demás (y con los mismos datos del Meteosat, señora), Mario aprovecha de vez en cuando para contar curiosidades y dar consejos y cosas. Ya reseñé algo suyo aquí hace algún tiempo, pero nunca está de más repetirse si el asunto vale la pena, como le dijo Napoleón a Josefina después de embadurnarla con allioli.
Hoy ha explicado lo que significa el Factor de Protección que viene indicado en los botellines de bronceador. Quien no lleve, como un servidor, cuatro o cinco años de Playero Reformista converso tal vez no se haya dado cuenta, pero los números de los botellines han sufrido una ascensión meteórica de un tiempo a esta parte. Hace unos años un factor 15 se consideraba exagerado, para pelirrojos pecosos. Ahora se lo debe poner Zaplana para sus sesiones de rayos UVA. Puede ser que el ozono se haya ido a la mierda en grado extremo durante estos años, pero tal vez la explicación del señor Picazo arroje una nueva luz sobre el tema, aunque yo vaya a oscurecerla un poco con fórmulas para fastidiar a los alumnos de ESO.
Supongamos que yo quiero averiguar cuál es mi relación con los factores de protección solar. Digamos que me he comprado una crema con Factor de Protección n. El primer paso es irme un día a la playa, ponerme al sol sin echarme la crema y cronometrar hasta que empiece a quemarme. Cruel, sí: el precio de la ciencia. Llamaremos TS (Tiempo de Socarrina) a ese número medido en minutos. Se puede medir en cualquier unidad, pero que le den por culo al Sistema Internacional. Puedo aprovechar la noche de insomnio por rojez en la espalda para hacer los cálculos. Utilizando la crema que me he comprado, podré permanecer al sol durante los minutos que resulten de la siguiente fórmula:

El señor Picazo lo complicaba un poco refiriéndolo todo a un individuo muestra con TS=10 (dividiendo y multiplicando por 10 cada vez), pero de algo tenían que servir todos estos años de matemáticas. Sirven para simplificar la fórmula y para llegar a un par de conclusiones sobre ella, a saber: (1) que los fabricantes de bronceadores asumen sin ningún problema que el proceso de chamuscamiento es lineal, cosa sobre la que yo tengo mis dudas. Y (2) que si yo, que solamente he ido un par de veces a la playa, aguanto mis buenos cuarenta minutos en hora punta sin asarme, con un factor 4 voy más que sobrado para lo que queda del verano. Según esta fórmula, el agujero de ozono no es ningún factor, sino la propia resistencia de la piel de cada uno respecto a él. En otras palabras: si se tiene una buena resistencia natural y no se va a estar mucho tiempo expuesto, a lo mejor incluso compensa embadurnarse con allioli.
Que conste que con esto no estoy animando a nadie a que se quite del Factor 60, que al ritmo que vamos acabaré teniendo denuncias por culpa de este weblog. Ni tampoco a que deje de creer en los anuncios de gafas de sol de la Federación de Ópticos (¡cuidado con las gafas de chiringuito, niños!), en absoluto parte interesada en el negocio. Ni a que se embadurne según qué zonas del cuerpo con allioli. Pero teniendo en cuenta los precios de los botellines de cremita milagrosa factor 30, tal vez no estaría mal un poco más de rigor científico de cara al público. Aunque solamente sea para que luego no salgan listillos de pacotilla como un servidor dispuestos a reírse de temas serios.
Hoy, en la serie "Día Mundial Sin Alguna Chorrada", tocaba el tabaco. Las mentes televisivas bienpensantes y salvamundos (telediarios, Lo+Plus, supongo que los macroprogramas matinales y vespertinos también), como de costumbre, se han bajado del coche, han entrado en plató y se han llenado la boca haciendo apología del aire limpio. Nos han recordado los peligros del tabaco, el peor de todos los males que acosan a la humanidad. Nos han hablado de las medidas proyectadas para proteger los sacrosantos derechos de los no fumadores.
Me cuenta el Doctor Maldad que, aprovechando el día mundial, han puesto unos dispositivos por la calle para que los no fumadores puedan comprobar sus niveles de nicotina y, supongo, demostrar así que las leyes restrictivas que se nos vienen encima están más que justificadas. Chapeau. Chapeau siempre que en el día mundial sin coches pueda comprobar yo (un conductor pasivo) mis niveles de dióxido de carbono y los resultados sirvan para restringir la circulación rodada, o siempre que en el día mundial sin ruídos pueda comprobar yo (un escuchador pasivo) mis niveles de degeneración en el tímpano y sirva para restringir, por ejemplo, las campanadas que da la iglesia más cercana los domingos por la mañana. Pero no caerá esa breva.
En el fondo de todo está la delgada línea roja entre la libertad y las molestias que se causan al ejercerla. Los no fumadores sufren molestias cuando nosotros les fumamos en la cara. Y dicen, con toda la razón, que su salud sufre y ellos no fuman. De la misma manera, yo sufro molestias causadas por los conductores, y no conduzco; y no puedo ponerme al sol sin potingues por culpa del agujero de ozono, y no uso laca; y me toca levantarme a horas intempestivas, y no soy mi jefe. La diferencia es que yo tengo cierta tolerancia a las molestias y, si tuviera voz o voto, procuraría ponerme de acuerdo, llegar a un punto intermedio con los conductores, los usuarios de laca o los empresarios. Pero parece que las asociaciones de no fumadores (y sobre todo los ex-fumadores, pobres reprimidos en muchos casos) no tienen las mismas tragaderas, y en general gritan, lloriquean y patalean hasta conseguir que los adictos a la nicotina seamos poco menos que apestados. Y al paso que vamos, mucho más.
Cualquier actividad que uno realice, incluso escribir esta entrada, causará alguna molestia a alguien. Sin embargo lo normal no es ir por ahí montando asociaciones de gritones para, por ejemplo, protestar contra las colas en la pescadería, ni formar grupos de presión que exijan el despido inmediato de todos los empleados de banca. Pero con el tabaco parece que pesan más los derechos de unos que los de otros. Y así nos va.
Yo venía hoy a hablar del NÍ francés a la constitución europea, pero los planes tienen esto, que a veces llega alguien y te los cambia. Hace algún tiempo, cuando ardió el edificio Windsor de Madrid, escribí aquí una entrada en la que me alegraba de la falta de víctimas y admiraba el espectáculo de fuego. No caló demasiado bien, sobre todo entre los madrileños que leen estas chorradas que escribo. En su momento, pensé que la inmediatez del tema era lo que impedía que la gente se lo tomara a la ligera: más o menos la misma idea que en un capítulo de South Park (6x02) donde se establece que deben pasar 22 años antes de poder reírse de un tema. Allí es el SIDA, aquí un incendio. El principio es el mismo.
Pero hoy he leído un comentario (firmado con el seudónimo Zap) que se registró recientemente en aquella entrada, y que transcribo aquí con la mínima edición necesaria:
(El comentario continúa divagando sobre porritos, gente guai y no se qué historias más que no vienen al caso. Algunos signos de puntuación y tildes son míos.)
Iba a solventar el asunto con una respuesta cortante, llamando imbécil al tal Zap y no echando más leña al fuego, pero eso habría dejado sin réplica todo lo que hay detrás del "hijo de puta" que me dedica tan a ligera, tan erróneamente y que con toda seguridad no se atrevería a decirme en la calle.
En la bengala Windsor había empresas pequeñas además de grandes. Bien, aceptaremos ese hecho aunque muy pequeñas tampoco serían si podían permitirse el alquiler de oficinas allí. Pero en todo caso estarían aseguradas, con lo cual la putada gorda queda desplazada a las compañías de seguros, que pueden y deben asumirla por definición. Por supuesto que el seguro no lo arregla todo, pero las penas con pan son menos penas y (parafraseando a LeGuin) el fuego y el miedo son buenos sirvientes pero malos amos, qué se le va a hacer. Y ahora alguien que no tiene en cuenta nada de esto me llama ignorante a mí. En fin.
Un empresario de una de esas pequeñas empresas tuvo un infarto el lunes sigtuiente. Vaya, pues lo siento por él y por sus allegados (entre los que supongo que se encuentra el tal Zap). Pero no comprendo cómo me convierte eso a mí en un hijo de puta. Si yo hubiera incendiado el Windsor y luego hubiera ido a su casa a saltar desde detrás de las cortinas para darle sustos, de acuerdo. Pero supongo que a ese pobre hombre no le daría el infarto como consecuencia de leer mi weblog. La conclusión lógica es que el insulto es gratuito. Y como todos los insultos gratuitos, éste dice más del emisor que del receptor. Como iba diciendo: en fin.
¿Reírse de los males ajenos? Bueno, no seré yo quien diga que no lo he hecho nunca. Buena parte del humor es siempre a costa de alguien o de algo. Y en este caso concreto no falta quien (muy legítimamente en mi opinión, ojo) ha hecho leña del edificio caído: sin pensar mucho, Buenafuente y El Jueves. Pero dudo que Zap se moleste en ir a insultar y dar la brasa a esa gente. Lo peor del asunto es que yo ni siquiera me estaba riendo en público. La entrada original sobre el Windsor no tiene gracia, cosa habitual aquí, sólo que en este caso tampoco pretende tenerla. Es solamente mi postura en aquel momento, tan legítima en una situación sin víctimas como la de quien se arranca la barba y da cabezazos en el suelo gritando que el skyline de Madrid nunca volverá a ser el mismo y la vida ya no tiene sentido. O quizá más.
Resumiendo, Zap me critica por expresar mi opinión públicamente. Vaya novedad; igual también acabo abriendo un foro sobre este tema. Me insulta por hablar a la ligera de un incendio que tiene consecuencias. Pero es que todo tiene consecuencias, y al menos yo no tengo la omnisciencia necesaria para predecirlas todas. Ni ganas, porque entonces no podría escribir sobre absolutamente ningún asunto. Y por una vez me permito finalizar con un consejo: las pataletas, amigos míos, es mejor tenerlas en la intimidad del hogar. Porque si no la gente (que es muy mala) se acaba riendo de uno, y eso sí que jode a cualquiera.
De toda la elección de Ratzinger Zeta como nuevo papa de Roma lo que llama la atención no es que sea un conservador (y eso que alguien que es tomado por conservador en la iglesia da muchos escalofríos) ni un continuista (la noticia hubiera sido lo contrario), ni los grandes retos que tendrá que afrontar en su papado con los que se han estado frotando las manos los informativos para llenar minutos con algo que no sea crónica de sucesos. Lo que de verdad impacta es la cabezonería con que el Vaticano se aferra al pasado, incluso en asuntos en principio tan poco dogmáticos y tan alejados de la fe como transmitir la información.
Pongamos por ejemplo las fumatas blancas y negras en la Capilla Sixtina. El humo, en este caso, no es más que la manera que tiene el Vaticano de comunicar al mundo un bit de información: cero significa que seguimos a lo nuestro; uno significa, bueno, que habemus papa. Los telediarios lo contaban como anécdota, pero el hecho es que el color del humo que sale por una chimenea no es precisamente el método más efectivo para transmitir un miserable bit. Hay cien formas de conseguirlo que le dan mil patadas. Así sin pensar demasiado, a cualquiera se le ocurren nueve o diez. El método más sencillo sería que, tan pronto como se pusieran de acuedo, salieran en fila india de la Capilla y dijeran "ya tenemos jefe, peña". Mientras no salgan, no hay papa. O tal vez usar productos químicos para que no hubiera dudas respecto al color del humo, si tanto les gusta jugar a los indios. O, aprovechando las nuevas tecnologías, bastaba con una llamada perdida a alguien en cuanto hubiera consenso, que además es la mejor manera de transmitir un bit a distancia sin gastarse un céntimo. Pero parece que a los cardenales les gusta dar un poco de emoción al asunto y decir cada cierto tiempo que de momento, nada; o tal vez simplemente no sepan que transmitir ceros es desperdiciar el esfuerzo. Aun así, incluso emitiendo ceros, sigue habiendo mejores formas de transmitir el dichoso bit. Podría salir el camarlengo a un balcón determinado cada cierto tiempo. Si se queda quieto durante un minuto, da media vuelta y se vuelve para adentro, aquí no ha pasado nada. Si hace un corte de mangas al mundo entero, os jodéis, papa al canto. O puestos a ser espectaculares, una pantalla gigante podría mostrar al Espíritu Santo bajando desde el Paraíso en forma de paloma: si se vuelve al cielo sin cagar, seguimos como estábamos; si la suelta sobre el retrato de alguien, ya tenemos al afortunado pontífice.
Y sin embargo, lo único que se le ha ocurrido a los cerebritos de la Santa Sede después de dieciocho años ha sido tocar las campanas cuando haya fumata blanca. En otras palabras, añadir algo de redundancia a una señal defectuosa. Y para colmo con retraso. Guau. Teniendo esto en cuenta, es normal que no se les ocurra ni una buena en temas más complicados que transmitir un bit de información, como por ejemplo la sostenibilidad moral de prohibir los condones en tiempos de Sida. Los de El Jueves lo han visto claro. Y aunque también pese más kilobytes, una imagen como ésta sigue valiendo más que mil palabras:
Todo este asunto me recuerda a una historia que circulaba en fotocopias por los institutos, y más tarde en internet. Es una especie de leyenda académica que ocurrió en absolutamente todos los centros educativos del mundo, y trata de un examen de física. El profesor acaba de dar el tema de las presiones en general y la presión atmosférica en particular, y en el examen pregunta: "¿Cómo podríamos medir la altura de un edificio utilizando un barómetro?" El protagonista, un alumno, responde que si vamos subiendo las escaleras y marcando con un lápiz la longitud del barómetro en la pared, podemos tener la altura del edificio en función del tamaño del barómetro. Y se lleva un cero como una catedral porque el profesor quería que hablara de diferencias de presión atmosférica. Nuestro héroe, por supuesto, no se rinde y solicita una revisión de exámen. Los profesores acaban adoptando una decisión salomónica tras muchas discusiones: el alumno repetirá el examen, pero esta vez deberá servirse de algún principio físico estudiado durante el curso. El chaval acepta la solución y se presenta el día acordado. Se sienta, mira el papel durante diez minutos y luego se pone a escribir como loco. Sonríe, entrega el examen y se va. El profesor, feliz al suponer que el alumno ha conseguido recordar algo sobre la presión atmosférica, lee el examen.
Y lo que había escrito nuestro héroe era algo así: "Se me ocurren varias maneras de determinar la altura del edificio mediante el barómetro y no consigo decidirme del todo. Si es un día soleado y conocemos las dimensiones del barómetro, podríamos medir su sombra y también la que proyecta el edificio. Una regla de tres nos daría la solución. También podríamos colgar el barómetro de una cuerda y balancearlo a ras de suelo y más tarde sobre el tejado, de forma que la pequeña variación que notaríamos en el valor de g nos permitiera llegar a la solución. Otro método sería subirnos al tejado del edificio y dejar caer el barómetro: la altura del edificio dependerá del tiempo que tarde en estrellarse contra el suelo. Aunque la más rápida, posiblemente, sea entrar y decirle al portero: 'señor, mire que barómetro más bonito tengo, se lo doy si me dice la altura del edificio'".
Lo más esperpéntico de las instituciones católicas es que, con toda seguridad, el chico de la leyenda urbana no sólo suspendería el examen sino que seguramente sería excomulgado. Y menos mal que la Santa Inquisición ya no se suelta tanto la melena como en el siglo XIV. Pero si en pleno siglo XXI se resisten tantísimo a los cambios como para seguir con las señales de humo, apañaditos estamos con todo lo demás.
(O: Los putos tolkienianos. Fiesta.)
Volviendo con las opiniones polémicas, no sé si se iba a montar más gorda si me pusiera a largar sobre la jugada maestra de Otegi en las elecciones de Euskadi para esquivar la Ley de Partidos o si hablo de lo que finalmente va a caer. Tal y como las gastan por aquí, no lo tengo nada claro. El caso es que emitieron por el Plus un reportaje sobre la Sociedad Tolkien Española el otro día. No está mal que los frikis salgan por la tele, que se normalice un poco la fantasía y que se pueda hacer chistes sobre la orientación sexual de los elfos para el gran público (aunque todavía no sé cuántos hobbits hacen falta para cambiar una bombilla). Pero o bien el Plus sacó solamente lo mejorcito de cada casa o es que los fans de Tolkien exageran su frikismo una pizca demasiado. Con todo el cariño, ojo.
El caso es que, no sé por qué, el reportaje me pareció un poco orientado al espectáculo: "miren, miren de lo que es capaz la gente". Freak show, y nunca mejor dicho. Gente protestando de que sus padres no lo entienden cuando ellos dicen que se van al Smial, chicas diciendo que irían vestidas de elfas todo el día si pudieran, gente leyendo ochenta páginas a la cara de otra gente, clases de Quenya con pizarra y todo, ese tipo de cosas. Por comparar, y sin ánimo de ofender mucho a nadie, clavaditos a los trekkies. Y luego la pagamos todos, que sales por ahí con otros frikis y las chicas medio se temen que vayas a violarlas mientras gritas en betrobi. Me gustaron las fiestas con violinistas y vino, eso sí. Pero el reportaje en general no me pareció muy productivo de cara a la normalización de las aficiones consideraras raras hasta hace poco. Un enfoque más en plan "ná, somos un grupo de colegas que nos juntamos aquí a pasarlo bien con nuestras neuras, mira qué traje más guapo me he currado, ¿quieres una birrita?" sería para el típico outsider un poco menos... venga, digamos la palabra... aterrador.
Aunque claro, si hicieran alguna peli del Mundodisco habría que ver lo que pasaba. Igual iba a escuchar yo mucho rato a quien me dijera que no le pegase patitas de plástico al baúl de la abuela.

Esta mañana, en las noticias, me he enterado de que Caja Madrid planea ampliar su participación en la compañía Endesa. Pues vaya noticia. Chanchullos empresariales, el pan nuestro de cada día. Pero a poco que uno se pare a pensarlo, el tema da bastante de sí.
En teoría las cajas de ahorros son entidades sin ánimo de lucro (¿cómo se ponen risas enlatadas en un weblog?), destinadas a la obra social. En otras palabras, aparte de los sueldos de sus trabajadores, todos los beneficios deberían destinarse a mejorar la calidad de vida de la gente. Y, sin embargo, Caja Madrid se dedica a comprar acciones. Y sin embargo, Bancaixa se dedica a financiar parques temáticos de dudosa viabilidad. Y sin embargo, la CAM está que si sí, que si no en distintos chanchullos políticos como un futuro aeropuerto en la provincia de Castellón. Que ya me dirás para qué y a costa de qué, pero eso es otro tema. El caso es que, cada vez más, las cajas de ahorros se comportan como bancos de pleno derecho en lo que les interesa.
Bancaixa es el caso que más de cerca me toca. La lista de agravios se podría hacer eterna, pero se resume en un par de hechos. El primero es la atención al cliente, asunto en el que, cosa extraña, no procuran parecerse a los bancos. En realidad más bien podríamos hablar de la no-atención al cliente. Cartelitos que instan a utilizar el cajero automático para prácticamente cualquier operación, cosa que a mí me la trae al pairo pero supongo que a la típica abuelita no tanto. Pago de recibos, solamente hasta las diez de la mañana: inexplicable. Y todo eso cuando una de las mejores formas que tendría una entidad social de hacer la vida más agradable a los ciudadanos sería precisamente facilitarles las operaciones bancarias. Y el segundo hecho incomprensible son las comisiones casi hasta por respirar en la oficina. Veamos. Yo les dejo mi dinerito a principio de cada mes, para que me lo guarden y poder disponer de él en cómodas dosis. A cambio ellos lo van utilizando para sus historias, lo invierten, lo desinvierten y acumulan beneficios con el dinero que yo les presto. Pero al parecer no les basta como arreglo, así que se dedican a cobrar comisiones de mantenimiento en los momentos menos oportunos, cuando me quedan 10 preciosos eurillos para terminar el mes. No está escrito lo que se merecen sus cargos directivos. No hay infierno lo bastante ardiente ni cielo lo bastante aburrido. Y si no que se lo pregunten a cualquiera que haya trabajado procesando datos para ellos.
Así que, ya totalmente desilusionado del sistema económico basado en los bancos (que tampoco es que me quedara mucha esperanza), cuando llegue a casa esta tarde cogeré el cuchillo jamonero y, a falta de cerdo curado, rajaré mi colchón y lo usaré para guardar allí los frutos del sudor de mi frente. Lo único que me preocupa es que en Bancaixa saben dónde vivo...
Si la idea sirvió para relanzar algo tan rancio como Eurovisión,Supongamos que de verdad existe un ente supremo omnipotente que vela por nosotros como afirma buena parte de la población. Para abreviar, podemos llamarle ESOQVPN, o simplemente ESO. Supongamos que ESO posee todas las características que le dan los cristianos, es decir, que es a la vez benevolente y vengativo, omnisciente y pasota, uno y trino. Supongamos que está fijándose especialmente en la península estos días porque le entretiene ver procesiones en su tele divina cuando se cansa de enviar terremotos y tsunamis. Es exactamente el tipo de ente al que divertiría una ironía así.
ESOQVPN lleva un tiempo anticipando la semana santa porque últimamente le aburre mucho tanta información sobre el estado de salud del papa. Es lo que tiene ser omnisciente. Pobre hombre, de todas formas. Así que, de refilón, se ha fijado en la sequía que lleva sufriendo Andalucía desde hace un tiempo. Se cansa de la tele, se levanta y trabaja un poco (hay que evitar que los obispos se salgan del papel en el tema de los condones), pero no se quita de la cabeza a los pobres andaluces. Después de pasarse tantos años haciéndole procesiones, tampoco estaría mal que ESO les devolviera un guiño, un pequeño aplauso. Para cuando decide intervenir ya han pasado unos días, pero no importa. La lluvia será bien recibida venga cuando venga. Al menos, en su experiencia siempre ha sido así. Bueno, excepto por lo del Diluvio Universal, pero aquello no fue más que una mala resaca. ESO se arremanga y se pone manos a la obra. Unas nubes por aquí, unos cambios de presión por allá, toma esa ráfaga de aire frío y ¡voilá!, lluvia habemus.
Se sienta otra vez delante de la tele para ver como los sevillanos le agradecen la lluvia. Aunque seguro que no echarán las manos al cielo ni bailarán desnudos en la calle como hacían en la vieja Mesopotamia, sigue teniendo su aquél. Pero en lugar de sonreír, Sevilla llora. Llora porque no ha podido sacar sus miniaturas de Warhammer (desde el punto de vista de ESO, por supuesto) en procesión. Porque con esa lluvia no habrá saetas ni gente sufriendo en las calles mientras otros miran medio en éxtasis. Hay que joderse, piensa ESO. Por un año que decide hacerles un favor, y de paso soltar la indirecta de que no hace falta que sean tan exagerados, van ellos y no lo captan. Si a él solamente le entretiene mirar figuritas, por dios. Se imagina grandes batallas cuando la procesión del Cristo del Dolor Inaguantable casi se cruza con la de la Inmaculada Concepción del Misterio Absurdo, y su vena cínica siembre se sonríe con las saetas, que seguro que las van improvisando sobre la marcha, los muy jetas. Pero hasta ahí. Todas esas historias de gente encapuchada fustigándose y de rodillas le recuerdan a vídeos de BDSM y le distraen de sus escaramuzas épicas entre figuritas pintadas. Todo tiene su momento y su lugar. Como a los jugadores de rol se les ocurriera organizar algo así, piensa, se montaría la de Yo soy Cristo. Mira que son raros, los humanos de los cojones.
Se levanta para mear y, mientras lo hace, se acuerda de algo. Se la suelta, chasquea los dedos, se la vuelve a coger y termina. Pues nada, fuera nubes, mañana sol y buen tiempo. ESOQVPN se sube la cremallera. Adelante con las procesiones.
... estaba de parranda.
Trabajar fuera de tu ciudad natal (al menos si la mayoría de tus amigos vive allí) es una putada de mucho cuidado. Ya, menudo descubrimiento, lo sé. Pero lo cierto es que no se me había hecho nada cuesta arriba hasta ayer por la tarde, cuando tuve que huir de una quinta botella de sidra en la carpa del Centro Asturiano de Castellón para no verme atrapado otro día más en las tenebrosas redes de la fiesta, que esta mañana entraba a las nueve y veinte. Suerte que lo pensé la semana pasada y hoy prácticamente tengo examen con todos los grupos, lo que evitará que demuestre públicamente el genocidio neuronal del fin de semana.
Las fiestas suponen también una escapada de la realidad. La política se paraliza, las noticias no atraviesan el enredo que llevan encima las sinapsis. Si esta semana muriera el Papa, en Castellón habría gente que no se enteraría hasta el lunes que viene. De hecho, una de las pocas conversaciones que he tenido sobre la realidad periodística ha sido consecuencia de este weblog, y más concretamente de la entrada de hace unos días sobre el edificio Windsor. La escena es la siguiente: a las tres de la madrugada me levanto de la silla para rellenar el vaso de cerveza y recibo un ataque por sorpresa. "Pues yo creo que te pasaste tres pueblos con lo del Windsor". Así, sin previo aviso. Joder. Procuro desviar la conversación hacia el debate sobre si es lícito o no reírse de las cosas, que me interesa más en ese momento, pero en las conversaciones entre borrachos es difícil manejar el timón con soltura. No lo consigo del todo y la conversación termina sin llegar a ningún punto de acuerdo. Otro día será, Javi.
Algunas otras cosas han logrado filtrarse desde el mundo exterior. El Papa está chungo, chungo. De hecho, el pobre hombre lo ve tan claro que ya ha dejado listo al cardenal que tiene que soltar el habemus papa (¿o era al revés?) cuando haya fumata blanca. Por su parte, los tertulianos de la tele continúan cebándose con el plan Ibarretxe y el tema me cansa ya tanto que el único comentario que haré es que me sorprende que sigan hablando de nacionalistas y "no nacionalistas" en lugar de de nacionalistas vascos y nacionalistas españoles. Amenábar se ha llevado su Óscar por una peli que no he visto pero que, por lo que cuentan, tampoco vale tanto la pena. Pues nada, enhorabuena. Nada nuevo bajo el sol aparte de que hace frío.
Así que, con permiso del respetable y ya que precisamente esta semana de fiestas en Castellón (a hora y media de aquí por medio del transporte público) puedo hacerlo hasta cierto punto, me apeo del mundo. No hace falta que lo paren, que ya me apañaré yo para reengancharme como pueda la semana que viene.
Aunque nunca antes había participado en un referéndum, con una vez basta para observar como en jornadas así se hacen evidentes algunos comportamientos paranormales. En unas elecciones típicas, si es que tal cosa existe, las opciones son de lo más variado; siempre hay más listas, muchas más, de las que nadie en su sano juicio está dispuesto a tener en cuenta. Así que por lo general la gente no procura dotar de tanto significado a su voto. No se piensa "votaré a Pepito porque así Juanito interpretará que lo hago para castigar a Monchito por su mala gestión aunque en realidad estoy en contra del proceso democrático", sino "el programa de Menganito es el que más me cuadra, allá va esa papeleta". Como mucho, en unas elecciones normales se aplica el voto de castigo y el voto útil, pero por lo general cada uno otorga su apoyo a la lista que menos rabia le da, y aquí paz y allá (en el congreso) gloria.
Pero un referéndum es diferente. En la llamada a las urnas de ayer solamente se podía votar "Sí", "No" y "Cuadradito en blanco" (que supongo que más de uno y más de dos habrá rellenado con un "Ni" bien hermoso), y un proceso que debería resultar mucho más sencillo que elegir entre chorrocientas mil opciones se complica hasta el infinito porque nadie por encima de los dieciocho años se contenta con dar una respuesta tan corta. Todo el mundo siente la necesidad de explicar sus razones, y como no pueden hacerlo en la papeleta optan por explicarlas en un weblog o soltárselas a la cara a sus amigos tan pronto como llega la primera oportunidad. Un simple "Sí" en una papeleta puede significar desde "Zetapé dice que sí y yo no tengo criterio" hasta "Aunque no me guste este tratado en concreto, sí estoy a favor de que exista una constitución europea", mientras que un "No" puede variar entre el "Me jode que no se aluda al cristianismo en el texto y además el mundo civilizado termina en las fronteras de la madre patria" y el "Me cago en la puta macroeconomía y la madre que parió a todos los políticos". Del voto en blanco y las abstenciones mejor ni hablamos, aunque ahí es donde se escuchan las teorías más descabelladas y divertidas.
En el fondo todo eso no es más que hacerse pajas mentales. Entre las muchas virtudes que nuestros responsables políticos puedan tener hipotéticamente no se encuentra la telepatía, al menos que se sepa. Así que a la hora de la verdad, que traducido al lenguaje democrático significa a la hora del recuento, lo único que importa son los datos puros y duros: la elevadísima abstención y el abrumador número de síes en las urnas. Lo cual significa que todas las dudas, todos los "votaría que no, pero es que eso dará fuerza a la posición de la ultraderecha", son inútiles. Ayer no se estaba votando si Europa debería tener una constitución (esa decisión ya está tomada) ni si los fondos estructurales deberían repartirse de esta manera u otra. Ayer, simplemente, se respondía a la siguiente pregunta: "Señor ciudadano, ¿está usted de acuerdo con este texto constitucional? Diga sí o no". Las interpretaciones, la telepatía social, no es materia de preocupación del individuo de a pie, sino de los tertulianos de las teles y las radios. Y esos sí que deben tener algún superpoder porque si no no se explica que lleven tanto tiempo viviendo del cuento sin pegar un palo al agua.
Otro día hablamos de otro de los inventos más gilipollas de la democracia, incluso más que el referéndum no vinculante: la jornada de reflexión.
No ha habido muertos. Ni heridos. En los telediarios se pasarán unos cuantos días dando la brasa (y nunca mejor dicho) con la noticia del edificio Windsor que, en realidad, no lo es tanto. Si nos paramos a mirar los afectados, quienes sufrirán pérdidas económicas serán tres grandes empresas y alguna que otra aseguradora, y por mí les pueden dar bien dados. No se perderán más empleos que los de cualquier regulación cotidiana, así que ante el aluvión informativo que se nos viene encima sólo queda una opción posible: disfrutar del espectáculo.

Tirando alto, habré conseguido leerme alrededor de diez versículos del capítulo primero de la constitución europea. Solamente he tenido el librito en mis manos una vez, el día que se lo regalaron a mi padre con el periódico. Como buen lector que soy, decidí empezar por el principio y no aguanté ni cinco minutos. Mi análisis preliminar arrojó el único resultado posible: la trama no engancha nada y los personajes no terminan de caer simpáticos. También hay que tener en cuenta que aquel domingo yo estaba recién levantado y el espesor mental que sigue a las noches de sábado tampoco ayuda mucho precisamente. Pero esos diez primeros versículos sí que consiguieron darme una idea aproximada del tipo de literatura al que me enfrentaba. Exactamente el peor tipo. La ley.
El otro día comentábamos el Doctor Maligno y yo que la vida parlamentaria podría ser un poco más simple y directa, y también un poco menos tensa y aburrida, sin tanta palabrería. Antes de que nos entrara la risa floja tuvimos tiempo de parir nuestra idea estrella. Consistía en que para las votaciones del congreso hubiera cuatro botoncitos disponibles: Sí, No, Chachi-Que-Sí y Chachi-Que-No. Como chorrada y manera tonta de tirar el dinero el proyecto no tiene desperdicio, admitido, pero al menos sería gracioso escuchar en los telediarios que "la propuesta de untar con brea y emplumar a Zaplana es aceptada en el senado pese a los 76 votos negativos registrados gracias a unos abrumadores 132 votos de Chachi-Que-Sí". Menos procedimientos y burocracias y más hacer cosas útiles, leñe.
Volviendo al tema de la constitución, entre una cosa y la otra no he tenido el librito de marras ni cerca y, aunque descargué una versión electrónica desde el blog de Germán, nunca he sido demasiado aficionado a leer sobre la pantalla. Así que, si me preguntan, yo conozco de la dichosa carta magna lo mismo que todo hijo de vecino: los artículos bonitos, los textos escritos para la galería que leen en la tele los famosetes de turno. Sin embargo, me resisto a creer que todo ese tocho legal lo hayan escrito cuatro hippies preocupados por la libertad, la fraternidad y las florecitas del campo. Me cuadran más en la ecuación unos cuantos cientos de tecnócratas presionados por los intereses económicos de cuatro gobiernos y los vaivenes bursátiles de la puta aldea global.
Pero me adelanto, y además cuando me suelto se me desata la vena anarca. Y no quisiera juzgar antes de hojear aunque sea unos cuantos versículos más del texto escogidos al azar. Así que diré simplemente que, de momento, mi inclinación es la de levantarme un domingo, comer, acercarme tranquilamente a un colegio a votar y votar que no. Las razones (por llamarlas de alguna forma) son las siguientes:
La nevera ha visto momentos peores, pero tampoco tanto...