Se envidia lo que no se tiene y se admira lo que nos llama la atención. Esta observación algo simplista no está exenta de razón. Aunque discutible por otra parte.
Hace unas horas he sido envidiada sanamente por un mérito exento de tal honor. Más que envidia lo que quizá haya causado sea admiración. Ciertos porcentajes en el campo de la hematología causan admiración y/o envidia según de quién provenga. A ciertas edades ya se sabe, o ponemos las barbas a remojar o terminamos con un pastillero con alarma y GPS incorporados a razón de los tiempos que corren.
Pero dejemos los estudios clínicos personales y ajenos y centrémonos en los sentimientos hacia los contrarios. ¿Qué es la admiración? ¿Existe realmente ese sentimiento? ¿Qué nos causa admiración? ¿Por qué admiramos a ciertas personas? Es más, ¿realmente sentimos admiración por algo o alguien?
Todas absolutamente todas estas cuestiones, tienen respuesta por cada uno de nosotros acorde a nuestros planteamientos personales. La admiración para mí, al igual que un sinfín de términos, me produce una sensación ambigua. Y no llego a sostener nunca una respuesta clara y contundente. Con el paso de los años –benditos ellos- he ido evolucionando en la respuesta. Mi trabajo me ha costado, no crean. Lo admirable de los veinte, a los treinta era inadmisible, a los cuarenta risible y ahora a medio camino próximo a los cincuenta completamente fuera de lugar.
Tampoco acierto a comprender si verdaderamente he admirado algo o a alguien “a fuego y sangre”. Aunque sí he notado esa sensación placentera cuando más de uno me ha sorprendido grata e inesperadamente con algún gesto profundamente escondido en el gabán de su personalidad. De la misma manera que he sentido estima por aquellos cuyas cualidades innatas son juzgadas como extraordinarias. Pero todo ello sin demasiadas alharacas.
Por eso esta mañana y frente a un hecho insignificante en su fondo pero admirable en su forma he vuelto a recordar las sabias palabras de mi progenitora.
En una de esas colas que todos padecemos más de una vez. Un señor dos puestos hacia delante en la meta de llegada, molesto con su problemática a cuestas, ha alzado la voz pero no ha gritado. Ha hablado con educada claridad y sin insultos. Y ha hecho valer su derecho de réplica frente a un desvarío burocrático a los que tan acostumbrados estamos. Todo ello sin despeinarse ni uno solo de sus blancos y perfectamente recortados cabellos. Mientras el señor salía del lugar el resto de la cola dejó de centrarse en su persona para avanzar de puesto en la insidiosa carrera a ninguna parte. Todos menos yo, que lo observaba atentamente. Abrió la puerta en exceso malhumorado pero sin que por ello, el elemento de acceso sufriera daño alguno. Y con la misma elegancia cerró la puerta. Sin un ruido, sin un portazo. Se cumplieron las palabras que mi progenitora me decía cuando entonces me peinaba con trenzas y vestía uniforme a cuadros azules y verdes, “Para ser, mi querida niña, hay que saber estar” Quizá sin saberlo hoy haya sentido admiración por el caballero. Nada que ver seis pasos adelante, una vez ya en la calle, cuando otro señor con su prisa a cuestas me ha dejado empotrada en el tronco de un árbol que adornaba la calle. Creo que en ese momento he empezado a comprender el sentimiento de odio….
La chica de los rizos
Escrito por odyseo a las Enero 2, 2008 01:03 PM | TrackBackDicen que todo cambia con celeridad, pero lo que cambia con más prisa es la admiración por algo o alguien. La razón es que la admiración se basa en algo tan inestable como el deseo y ya se sabe que en cuanto consigues lo deseado dejas de quererlo para fijar tu atención en otra cosa.
Yo, sin embargo, creo que existe otro tipo de admiración más definida, concreta y estable que se dirige no tanto a personas o cosas, sino a conceptos, valores, principios (y a las personas que los encarnan). Y ahí el disimulo es más dificil.
ODYSEO: Aún así, los valores, principios y conceptos cambian con la misma celeridad. Quizá la admiración se deba basar en el respeto profundo y sereno. Y por ende en el (re)conocimiento.
Escrito por Rizos a las Enero 3, 2008 07:23 PMCreo que admirar a algo o a alguien, es como ponerle peso, es como imponer una responsabilidad sin preguntar al objeto de admiración si desea asumirla.
A mi me gusta quizás más sorprender y que me sorprendan, causar respeto, sentir que me acompañan o acompaño, quizás porque admirar, me da la sensación que es mirar por sobre de y eso siempre me produce un poco de desconcierto, aunque asumo que he admirado a algunas personas, me gustaría no ser objeto de admiración, prefiero compartir, que me miren a los ojos, que me vean como eso que realmente soy, alguien corriente, porque lo que que corre se mueve y lo que se mueve tengo la sensación de que es más fácil de que se transforme y lo que se transforma cambia y lo que cambia, evoluciona y lo que evoluciona,crece, y lo que....jajaja vaaaaaaaaale ya paro ;)
Vaya chiquilla me has hecho reflexionar gracias....ha salido todo de un tirón :)
Un abrazo grande
BRISA: De eso se trata de reflexionar. Si perdemos la capacidad de sorpresa, ¿qué nos queda? Por eso comentaba que la admiraciòn desde el respeto pero sin "pajareras" sino desde la serenidad.
Un besazo ;-)
He admirado ciertas obras, pero sus autores suelen ser poco elogiables.
Escrito por Luis Amezaga a las Enero 8, 2008 11:45 PM仓储货架
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