…Progresivamente había ido perdiendo la alegría que le caracterizaba. Y la causa no era otra que el conjunto de ideas que habían invadido lenta pero insistentemente su mente, en otra hora simple y clara, actualmente confusa y abatida. Y es que, como la desesperante y contundente fuerza de una gota de agua en la roca, la vigilancia metódica a que había sido sometido, las veladas insinuaciones, las sospechas infundadas o las interpretaciones interesadas, habían terminado por despertar en su conciencia un inexplicable sentimiento de culpa. Años más tarde, asomado a aquel precipicio, después de que su vida hubiera perdido todo el sentido y la plenitud que tanto disfrutó, abocado al absurdo más aniquilador y suspendido de un vacío casi infinito, a la luz del último rayo de lucidez que le quedaba, intentaba explicarse cómo había sido posible tan inaudito suceso: el haberse llegado a sentir culpable de lo jamás pensado o sentido y menos aún realizado. Ya no había marcha atrás, tomó el arma entre sus dedos, la acarició, cuidadosamente la limpió, clavó fijamente sus ojos sobre ella, como sólo se hace con lo que oculta los grandes secretos, presionó suavemente y una gota ínfima, suave, caliente y quejosa salió de su estilográfica. Por fin había encontrado la respuesta, ya tenía el argumento para seguir viviendo, seguir escribiendo.
El rival de Odyseo
“Cuando el corazón se rompe, pensó, se parte como la madera, a lo largo de toda la longitud del tablón. En sus primeros días en el aserradero había visto coger una pieza de madera sólida, introducir una cuña e imprimirle un pequeño giro. La madera se partía de un extremo a otro, a lo largo de la veta. Era lo único que se necesitaba saber del corazón: dónde estaba la veta. Entonces, con un giro, con un gesto, con una palabra, podías destruirlo”.
Julián Barnes. La mesa limón
El rival de Odyseo

...... "Sin música la vida sería un error" F. Nietzsche
(Haz clic para escuchar la música)
El Rival de Odyseo
Se miró en el espejo y se asustó de su propia imagen. Había pasado largo tiempo desde la última vez que lo hizo detenidamente y lo primero que se le ocurrió fue pasar la mano una y otra vez por el cristal pues no daba crédito a lo que sus ojos veían. La fealdad reflejada, su propia fealdad, le producía tal desagrado que era incapaz de sostener la mirada más que unos segundos. Fue entonces cuando, de manera aparentemente inexplicable, se deslizó una idea inquietante entre el vaivén de pensamientos, creencias y sentimientos que a diario invadían su mente; y no era que en breve cumpliría los cincuenta lo cual significaba que indefectiblemente el declinar de su vida sería vertiginoso, pues aún le acompañaba un vigor físico envidiable además de que el éxito profesional tampoco le era esquivo. Consideró pues, que tal vez las imágenes en el espejo eran la expresión de todos los sentimientos negativos que durante años había acumulado en su corazón y que aparecían condensados en aquel rostro tan cargado de resentimiento, agresividad y odio. Fue justo en aquel instante cuando recordó el gesto de sus padres cuando, en su más tierna infancia, se contrariaban ante alguna trastada suya, o cuando discutían ante sus ojos inocentes. Era aquel recuerdo, -el de sus caras desencajadas, feos semblantes y llenos de ira-, el que le arrojó no ya ante su irreconocible retrato, sino ante su veraz realidad, pues le hizo comprender que se había pasado media vida discutiendo, enfadándose con las personas de su entorno, juzgando siempre a los demás, incapaz de apreciar lo que de valioso había en su vida y en la de sus semejantes.
Delante del espejo, delante de si mismo, mientras mascullaba aquellas ideas y recuerdos notó que su propia efigie se transfiguraba en una sonrisa apenas sugerida, y es que habían acudido a su auxilio los versos que, noche tras noche, cuando los miedos se apoderaban de tan sensible criatura, le repetían hasta devolverle aquella alegría tan contagiosa en tiempos, y que ya en los arrabales de la vida apenas soñada:
“Si miras el sol brillará en lo alto,
Brillará si observas que en el
Mundo hay otro mundo para
Amar”.
El rival de Odyseo
" Sí, eso es lo que somos… un museo. Nuestras almas engloban una gran cantidad de piezas de indescifrable valor. Y así el mundo, que reúne millones de estas particulares galerías del recuerdo. Porque son esas las auténticas piezas de valor… los recuerdos. En ellos basamos muchas de nuestras experiencias, ellos son los que nos impiden volver a caer en ocasiones, ellos son los que nos animan a seguir adelante, aunque al tiempo nos pueden llegar a hundir… Esas maravillosas piezas de nuestra colección personal a la que no todo el mundo tiene acceso. Abierto las 24 horas. Un día decides darte un paseo por las instalaciones de tu mente, de tu alma y empiezas desde el principio… un recuerdo de cuando niño, lo observas, fue el día en que te caíste, ahora ya no tiene importancia apenas, tan sólo te dejó unas pequeñas cicatrices en las rodillas y de vez en cuando te duelen… sigues paseando, otro recuerdo… aquel día asustaste a una de tus primas, apenas tenías tres años, ella apagó las luces y te empujó escaleras abajo, parece un cuadro abstracto, no consigues verlo con nitidez, ahora te parece gracioso… más adelante ves una galería de amigos de cera, conocidos, gente que te ha rodeado en un momento u otro de tu vida, algunas de sus figuras te emocionan y despiertan en ti aquellas lágrimas olvidadas en otra de esas salas, algunas figuras te dan pavor, algunas figuras te entristecen… has conocido mucha gente y has aprendido tanto de ella que te cuesta separarte de esos sentimientos que os unían. A un lado y otro se ven más escenas, en esta tienes ya quince años… todo el mundo te fallaba, te quedaste sin amigos, aquellos que creías verdaderos… falsas imágenes que repercutieron en tu futuro, falsos amores, frustraciones, angustiosas situaciones… aquel fue el final, pero también fue el comienzo… empezó una nueva vida, un nuevo ser, con resquicios del anterior. Empezaron las relaciones fructíferas pero sin futuro, recibiendo palos y dando justo lo contrario, así hasta los veinte… de los errores se aprende, para eso está este museo, para darte una vuelta de vez en cuando y recordar tus fallos, tus aciertos y tus dudas… algunas obras yacen en cenizas sobre el suelo, algunos recuerdos decidiste quemarlos, tras intentar ahogarlos en alcohol u olvidarlos, siempre volvían… ahora sólo queda el recuerdo del humo, el fuego y las cenizas… a los veinte otra etapa, otra sala… en esta hay muchos cuadros, escritos, fotografías, esculturas, piezas antiguas, pensamientos… fue una época muy lúcida, llena de energía, de amor, de amistad, de alegrías, pero es una sala demasiado grande, la etapa arco iris comparte protagonismo con la más oscura de tu vida, la más sufrida… la pérdida de mucha gente querida, el desasosiego, la realidad hasta ahora semioculta de la vida, la crudeza de las cosas, el desamor, el sufrimiento… negro, todo negro… quema los ojos tan sólo mirar hacia esa parte de la sala… por último veo una figura… una escultura en pie, con los brazos abiertos gritando libertad y rompiendo las cadenas que tanto tiempo le habían condenado, sueños… veo sueños, fuerza para seguir adelante, gente maravillosa, buenos momentos, amigos, buenos amigos, ilusiones, estabilidad y seguridad… y a los pies de la estatua reflejos en un agua turbia, reflejos oscuros… envidias, maldiciones, traiciones, mentiras, maldad… la figura que antes había visto soy yo, es como una de esas fuentes de angelitos y se encuentra orinando hacia el turbio charco, se acabaron las humillaciones, las mentiras, las traiciones, todo… se acabó. Hoy, algunas salas las cerraré para siempre y tiraré lejos las llaves, son recuerdos que han pasado de ser maravillosas reliquias a simples trastos viejos, cuyo único valor había sido el que yo les había otorgado, ellos mismos rehusaron de tener ese valor y ahora no son más que basura, artículos llenos de polvo que algún basurero recogerá de uno de los contenedores de su ruta para llevárselo a casa y darle algún uso o apaño. Ya no quiero antiguallas, el futuro empieza ahora y no hay sitio para el pasado. Se cierra el museo. (..)"
Extraído del libro “Mâya” de Víctor Morata Cortado
El Rival de Odyseo
Esperando la muerte se encontraba ya hacía tiempo cuando el más pequeño de la casa le enfrentó la mirada y descubrió que en aquellos ojos cansados, llorosos, resignados y deprimidos se escondía un mundo sin igual. Detrás de aquella mirada triste latía un corazón en el que parecía no haber anidado jamás el rencor. Contaban de él que nunca de su boca salió un insulto ni una mala palabra pese a que su vida no fue fácil, ni más ni menos que la de muchos contemporáneos que enjuagaban la resaca de la guerra en aquellos bailes de salón a ritmo de fox tross. Tiempo pasado que rara ver evocaba, pues el presente parecía ser su auténtica medida, ya que del futuro tampoco esperaba nada. Un presente que él se encargaba de teñir de un color cada día más gris, pues esa sensibilidad tan suya producía un efecto sobre la realidad enormemente ambiguo, pues los sucesos más cotidianos o insignificantes podían ser vividos con una dicha sin igual o bien podían ser ocasión del mayor dolor. Su mundo fue siempre limitado y estrecho pues su inteligencia tampoco permitía grandes ideas, teorías o proyectos, pero esa carencia era inversamente proporcional a lo que su bondad era capaz de procurar, aunque rara vez él comprendiera el efecto de sus palabras, sus presencias o sus ausencias. Sólo cuando encaraba al más pequeño, y sus miradas quedaban prendidas por ese hilo que traspasaba el alma, la luz se adueñaba de sus ojos hasta devolverlo a su olvidada infancia. Infancia colgada siempre a un carretillo, como él mismo relataba; época en la que inexplicablemente debió aficionarse a la zarzuela así como a hilvanar palabras con finales parecidos,-que por supuesto jamás supo que se llamaran rimas-, hasta componer un poema que año tras año regalaba al amor de su vida, aunque fueran recibidos como cursis y sensibleros y rara vez valorados. Era Saulo, el más pequeño, cuyo nombre le sonaba al viejo a poesía, a gloria, a amor el que producía el milagro de volver al abuelo a la vida cada vez que tenía la oportunidad de abrazarlo.
El rival de Odyseo
Tenía ya elaborado un post para hoy y sólo me faltaba mandárselo al editor para que lo colgara en el blog, pero a instancias de un imberbe de trece años he decidido acompañarlo para presenciar el segundo cara a cara emitido por televisión entre los líderes de los dos grandes partidos políticos que se presentan a las elecciones en menos de una semana en nuestros país, y no me ha quedado más remedio que cambiar mis intenciones y escribir lo que estáis leyendo.
Son muchas las veces que he presenciado la retransmisión de un partido de fútbol acompañando a mi hijo, pero jamás un acontecimiento de este tipo. Es él, el que me tiene medio informado de lo que acontece en el mundo, pues yo me niego a contaminarme con un telediario, cosa que él hace habitualmente. La verdad es que lo he vivido casi como un rito iniciático, y en su presencia intencionadamente he omitido opinión alguna, lo cual nunca hago cuando compartimos un partido de fútbol, pues me resisto a que su debilidad merengue le haga disculpar el abuso en el regate de un Robinho, o la contundencia casi agresiva de Sergio Ramos o el fallo casi divino si lo comete Casillas. En este caso he dejado mi juicio en suspenso y me he dejado llevar por la visión de un crío de trece años, por sus comentarios y chascarrillos, que la mayor parte de las veces me parecían preñados de criterio, con la capacidad de análisis suficiente para situarse por encima de las estrategias lógicas y particulares de cada uno de los políticos, y desde luego, mucho más inteligentes que los de los sinvergüenzas que con título de periodista se atrevieron a hacer coro particular a cada uno de los dos solistas que habían interpretado su partitura, con más o menos virtuosismo, minutos antes. El debate no me ha disgustado. Ya sé a qué jugaban y más o menos conocía el reglamento. Lo que me ha parecido bochornoso ha sido el espectáculo posterior con tanto palmero inútil e interesado y tanto inepto torticero. Menos mal que le he evitado al chaval el lamentable suceso, pues estoy seguro que le hubiera costado conciliar el sueño. La jornada de reflexión debería desaparecer, no sé que coño vamos a reflexionar a estas alturas de la película, o al menos deberíamos evitar a estos exegetas de la demagogia y el juego sucio. ¡Viva el pensamiento crítico!
Mi desencanto, mi escepticismo, mi desidia y mi cabreo van en aumento cada día. Sinceramente, y no es una boutade como alguna vez me significó Odyseo, esto sí que es telebasura y no Gran Hermano o el ya difunto Tomate. Basura envuelta en papel de título universitario o profesión respetable, pero basura al fin y al cabo. Tiene más argumento una película porno del C+, aunque sea codificada, que todos los que hayamos podido juntar entre todos los participantes en las distintas mesas dedicadas a valorar el resultado del debate.
El rival de Odyseo
Hay días que empiezan mal y eso, aunque parezca lo contrario, es lo mejor que puede ocurrirnos, pues así nos garantizamos para el resto de la jornada que lo mejor está por llegar y que ya se arreglarán los desaguisados. Al menos eso pensaba yo esta mañana, que me desperté con dos noticias que distintos informativos calificaban de “hechos históricos”, como eran, el ya famoso anuncio de D. Fidel de renunciar a los cargos políticos y militares que detenta en la sufrida Cuba desde 1959; y por otra parte, la inauguración de la primera línea de AVE entre Madrid y Barcelona. Y os preguntaréis, bueno ¿Y qué tienen de malo esos “hechos históricos”? Pues precisamente eso, es decir, que tuve que empezar a esas horas a preguntarme qué es un “hecho histórico”. Demasiado para mi cuerpo sin desayunar todavía, aunque ya había pasado por la ducha. Tal vez sea histórico para el hermanísimo Raúl, un adolescente de setenta y tantos años, no tener que soportar ya la larguísima sombra del comandante amigo de D. Manuel Fraga, con una sombra, por cierto, no menos alargada.
También puede considerarse histórico que el AVE haya realizado el primer trayecto sin mayor complicación, teniendo en cuenta los antecedentes que todos conocemos. Desde luego que ha sido un día histórico para la historia de los ferrocarriles españoles, pues por primera vez un tren llega sin retraso, o lo que es peor, con unos minutos de adelanto.
Parece que se convertirá también en histórico el anunciado debate entre las cabezas pensantes (jajaja) de los dos grandes partidos (jajaja) políticos (jajaja) de nuestro país, como calentamiento para la que se nos avecina en las próximas semanas antes de las elecciones generales del próximo mes de Marzo. No, tal vez no podamos calificarlo de histórico. ¿Puede ser histórico lo que aún pertenece al futuro, lo que está por ocurrir? Buuufff, ¡¡¡Qué lío!!! Donde seguro que no se producirá lío alguno será en el espectacular encuentro televisivo de nuestros (jajaja) queridos (jajaja) políticos, pues al parecer están construyendo una mesa especial para tal propósito. Ahí no queda la cosa, pues para evitar el lío, ese que me invade a mí un día más y que los directivos televisivos no quieren que se haga extensivo a esos próceres inigualables de la política patria, han decidido que el tiempo, en el turno de palabra, sea cronometrado por árbitros de baloncesto. Que digo yo, pondrán después del encuentro o combate, la moviola, pues no habrá nada más que veinte cámaras de televisión controlando los movimientos de las dos estrellas. Que pregunto yo, ¿Podrá sancionar después el comité de competición el juego sucio, las marrullerías, el navajeo que el directo no nos deje ver? Ya te digo: histórico. ¿O más bien histriónico?
Histórico o histriónico, -¿Qué más da ya a estas alturas?- debió ser el día también para Rosa Díez, invitada a la “casa” del señor Bezosa, pues en vez de sacar la mejor vajilla para recibirla le echan los pordioseros perros tan “ricamente” domesticados.
Histórico va a ser el día que me detengan por pasarme el día pirateando discos, esos discos que hace unos años nuestros artistas progres vendían por casi veinte euros y hoy los venden por la mitad y encima ofrecen dvd y todavía ganan dinero. Canon el que tendrían que pagar algunos de estos bufones por tomarnos el pelo en nombre de la cultura. Yo el único canon que estoy dispuesto a pagar, y además con gusto, sería el de Pachelbel.
El rival de Odyseo
Dos cuerpos frente a frente
a veces son dos olas
y la noche es océano.
Dos cuerpos frente a frente
a veces son dos piedras
y la noche desierto.
Dos cuerpos frente a frente
son a veces raíces
en la noche enlazadas.
Dos cuerpos frente a frente
a veces son navajas
y la noche relámpago.
Octavio Paz
El rival de Odyseo
A partir de aquel día pasó a ser conocido como “el caricaturas”. Y aquel día fue el primero en el que se despegó, -aunque sólo materialmente-, de las faldas de su madre y empezó a ganarse la vida por su cuenta, pero a costa de los demás, pues para ello se instaló en mitad de la plaza con una silla, un cuaderno, una caja de lápices y un letrero que rezaba: “Se hacen caricaturas. Precio: la voluntad”. La plaza era grande, la vida larga y no faltaban viandantes a los que exagerar un rasgo, muchas veces apenas indicado, cuando no imaginado, para garabatear aquellas cuartillas y lograr un retrato único, por llamarlo de alguna manera. Y ciertamente únicos eran aquellos dibujos pues nadie, ni siquiera él, conocía el criterio que utilizaba para seleccionar en sus modelos aquellos aspectos tan invisibles para todos menos para él. Había que reconocer que como fisonomista no tenía precio. Lo que llamaba la atención realmente, de aquel amplio muestrario de personajes que habían pasado por sus manos, era que lo exagerado, acentuado o deformado de sus semblantes no era ni esa nariz chata o aguileña, ni esos ojos saltones o extraviados, ni aquellos labios carnosos o viciosos, ni aquellos dientes despistados o perfectamente uniformados, sino los aspectos de la personalidad menos favorables, o los defectos que como personas todos tenemos, o aquellos comportamientos morales más cuestionables, o aquellas debilidades humanas tan comunes a todos. De esta manera el que no le salía envidioso, le salía soberbio, o celoso, o avaricioso, o cobarde, o suertudo, o inútil, o vago, o insolente, o cruel, o poco sensible, o mentiroso, o adúltero, o ridículo, o… Fue tal la perfección que adquirió en el “arte” de la caricatura que se convirtió en un auténtico maestro, pero del retrato, mejor dicho, del autorretrato, pues en cada una de sus láminas lo que aparecía no era más que un pincelada de su propia alma. Fueron muchas las caricaturas que realizó y vendió a lo largo de su vida, pero fue incapaz de vender esa obra maestra, su propio retrato, al que terminó abrazándose en las duras noches de la vejez cuando ya nadie posaba para él.
El rival de Odyseo
De la mañana a la noche brilla fuera la luz y no sabe que es luz.
Altos árboles respiran silencio y no necesitan descubrir
Cuál es la esencia de la naturaleza arbórea. Llanuras vacías
se tumban para siempre sin pensar en la tristeza de su vacío. Las dunas vagan y no
se preguntan hasta cuándo ni por dónde ni hacia dónde.
Toda esta asombrosa existencia es asombrosa
Pero no se asombra. Roja sale la luna, igual que un ojo
Arrancado, abrasando la oscuridad del cielo,
sola pero no desolada. Un gato dormita en una tapia.
Dormita y respira. Nada más. Noche tras noche el viento
Vira y sopla sobre bosques y colinas. Vira y se va. Sopla.
No piensa y no reclama. Sólo tú, polvo y jugos,
Te pasas la noche escribiendo y borrando,
Buscando una razón, buscando un arreglo.
Amos Oz. El mismo mar
Decir que todos tenemos luces y sombras es una perogrullada, pero lo realmente importante es saberse luz, reconocerse como tal, pues todos tenemos mucho bueno que aportar, no ya a los demás, que también, sino fundamentalmente a nosotros mismos, pues reconocer la propia valía es un elemento imprescindible en nuestra realización. El problema para muchas personas es que no saben apreciar la propia luz y por tanto no admiten a su alrededor el más mínimo destello de otros por si pudiera restarles luminosidad. Como ocurre en la mayoría de los casos, la equivocación radica en un error en el juicio sobre lo que somos, pues jamás el brillo de otros resta esplendor a lo que uno es. Las personas situadas en este error difícilmente pueden llegar a ser felices, pues viven más pendientes de los demás y sus logros que de ellos mismos, están habituadas a intentar apagar la luz de los demás, a buscar la parte más oscura de los otros, en lugar de procurar encender y abrillantar la propia. Y es que la felicidad tiene como punto de partida el conocimiento y valoración de lo que uno es y tiene. Ya sabemos que las personas con poca luz suelen tener mala sombra.
El rival de Odyseo
Desde el precipicio de los cuarenta parecía haber arrojado la toalla de un combate aparentemente ni siquiera iniciado y se encontraba abandonado a una inercia cada vez más cansina, empleando su licenciatura en Físicas para lijar puertas en una ebanistería. Sus escasos sobresaltos emocionales le eran proporcionados cuando los domingos se entregaba a lo único que parecía entusiasmarlo con cierta desmesura, el fútbol televisado. Sólo entonces se dibujaba una sonrisa en su bondadoso y descuidado rostro, como también lo era su aspecto general. Semblante que, progresivamente y a buen ritmo, inició un llamativo cambio hacia una atención hasta entonces insospechada, empezando a desparecer esos kilos de más que la desidia había acumulado en su abdomen, así como esa irregular barba irregularmente cuidada, por no hablar de su indumentaria habitual. Esa gradual iluminación exterior era insignificante comparada con el fulgor que sus ojos eran incapaces de ocultar y por supuesto, aún más, con el volcán sentimental que estaba viviendo y que su espíritu no lograba comprender, ni falta que le hacía. Todo andaba desquiciado y nada parecía lo que era, pues el sol había dejado de serlo, como también la luna, el día, la noche e incluso su propia vida, de la cual se había apoderado la locura, esa divina locura que hace ver por otros ojos que no son los propios, que permite entregarse al otro de manera que cuando decimos “mi vida” miramos hacia fuera, esa divina locura que hace que alguien extraordinariamente normal aparezca como un ser divino y a partir de la cual encontramos sentido absolutamente a todo lo que nos acontece. Sí, aunque pareciera imposible, de cualquier manera imposible, como atravesado por un rayo, había caído fulminado en manos del amor, su amor.
El rival de Odyseo
No gustaba de celebraciones, tal vez porque considerara que había pocas cosas dignas de tal o, más probablemente, porque estimase que la vida entera era cuestión para ello y se dedicaba a vivirla como merece. Lo cierto es que de todas las efemérides, en el calendario de su corazón, había marcado, de manera indeleble, el 28 de Noviembre, y cada año, en silencio, sin ruidos, sin grandes aspavientos, a las diez de la noche cerraba los ojos y recordaba, cada vez con menos nitidez pero más intensidad, el momento en el que descubrió que el amor, ese sentimiento tan complejo, abstracto y difícil de explicar, puede concretarse en algo tan material y volátil como un beso. Fue un beso de despedida, pero significaba la bienvenida al reino de lo verdadero, lo bueno y lo bello, nada más y nada menos, pues la unión de aquellas almas guardaba el sabor de lo fundante, de lo original, de lo arquetípico, de lo divino. Era su arjé particular, en el que el todo resultaba ordenado y en el que el tiempo adquiere y pierde, en un instante, su auténtica dimensión. Esta noche, una vez más, cerrará los ojos y, como aquella noche, esperará que el sueño le sorprenda en sus brazos.
El rival de Odyseo
Llevaba tiempo haciendo balance de su vida y, llegado este momento, cuando apenas había cumplido la década que indica el comienzo de la plenitud, aquella en la que el sosiego y la sensatez sustituyen al vigor físico, entendía que la vida ya no tenía mucho que ofrecerle, aunque en el fondo esto lo había considerado durante toda su trayectoria vital. Nunca se paró a pensar que a la vida hay que regalarle, al menos, lo mismo que se le exige, y en este sentido, su pereza innata y la invasión cada vez más persistente de la rutina, apenas dejaban resquicio para un acto de generosidad. Quedaban lejos, muy lejos, pese a su juventud, aquellos momentos en los que sabía valorar una llamada de teléfono una tarde de domingo, o los bombones que recibía a escondidas por la ventana para endulzar las sacrificadas horas de esfuerzos estudiantiles, o la mirada siempre atenta ante sus frecuentes lamentos adolescentes.
Olvidó que la vida, su vida, algún día fue poesía, que cada hora era un verso, cada semana una estrofa, cada mes un poema, salpicados en cada instante con el brillo de una rima mágica, y en la que el silencio sonaba a música. La cadencia del vivir, su vivir, cambió el paso, y en un momento, -¿en qué momento?-, cada gesto de amor, cada brizna de hierba, cada ráfaga de viento, cada gota de lluvia, esos detalles que tanto disfrutaba cuando el otoño decidía anunciarse, se convirtieron en algo tan prosaico que ni su recuerdo lograba arrancar una sonrisa a aquellos labios tan añejamente inocentes.
El rival de Odyseo
(...) ¿El misterio de las cosas? ¿Sé yo lo que es misterio?
El único misterio es que alguien piense en el misterio.
Aquel que está al sol y cierra los ojos
Comienza a no saber lo que es el sol
No puede ya pensar en nada
Porque la luz del sol vale mas que los pensamientos
De todos los filósofos y todos los poetas.
La luz del sol no sabe lo que hace
Y por eso no yerra y es común y buena.
¿Metafísica? ¿Que metafísica tienen estos árboles?
La de ser verdes y copudos y echar ramas
Y dar frutos a su hora -nada que nos haga pensar,
A nosotros, que no podemos dar por ellos.
¿Que metafísica mejor que la suya,
No saber para que viven
Ni saber que no lo sabes? (..)
Fragmento de un poema de F. Pessoa
El rival de Odyseo
…y bien que lo siento, pues cada vez que mi alma se asoma al balcón de la vida y contempla el mundo que le rodea se siente más extraña, más descolocada, como si el reloj se le hubiera parado y, a destiempo, intentara recuperar su ritmo natural pero con el paso cambiado, en un mundo ajeno, raro, y dónde la orientación fuera imposible, pues olvidó el lenguaje primigenio y el entorno se empeña en trabajar una ocultación persistente. Qué hace mi alma en el mundo del PIN, el PUK, el euribor, los contratos basura, la música bacalao, los gigas, la liga de las estrellas, la maniobra política, el boom inmobiliario, el doping, el tripartito, los post, el ibex, los coches híbridos, el TC, el buzón de voz, la telebasura, el chute de autoestima, el portarretratos digital, la prensa salmón, el portal de Internet, el pensamiento débil, la ley de memoria histórica, el dispositivo de beatificación, el fútbol en abierto, los megas, el primo de Rajoy y Revilla el del primo, el AVE, la semana horríbilis, el real decreto, la intención de voto, el pew per view, el NIF, el CGPJ…
No, no. No encuentra acomodo, cada día se le hace más difícil ubicarse en ese contexto. Intenta vivir este mundo, ese nuevo mundo, que se le resiste, se abre a él a través de un nuevo periódico, pero entristece, se deprime, se enfada. Todo sigue igual, “distintos castillos con los mismos fantasmas” que diría la abuela. El aire sigue enrarecido. Se retira, cierra el balcón y vuelve a sus aposentos: los libros, sus besos, mi música, su amistad, mi deporte, tus ojos, su mirada, tu sentido común, mi lógica, tu error, mi terror, su capacidad de trabajo, su risa, tu fidelidad, mi lealtad, sus abrazos, su generosidad, su eficacia… mi mundo.
El rival de Odyseo

"También yo he querido ser. No he pretendido otra cosa; ese ha sido el verdadero motivo de mi vida: en el fondo de todas esas tentativas que parecían inconexas encuentro un mismo afán: expulsar fuera de mí la existencia, despojar de su grasa los instantes, retorcerlos secarlos, purificarme, endurecerme, para dar finalmente el sonido neto y preciso de una nota de saxofón". J. P. Sartre
El rival de Odyseo
(Para ver la foto a mayor tamaño, pulsar aquí)
Hoy os quiero dejar unas letras que llegaron a mis manos hace tiempo, y que desconociendo la finalidad de las mismas, me parece es el momento de compartir en nuestro viaje:
“Hace ya años de aquella conversación. Seguramente tú no la recuerdes, pues hacía pocas horas que habías sido arrojado al mundo, este -muchas veces- triste mundo, aunque da la sensación de que para ti esto sea el paraíso. No, no tengo clara la hora en que mantuvimos aquel primer tête à tête pero sí recuerdo el mensaje que te envié. Te prometí algo que en principio puede parecer absurdo, no por la imposibilidad de cumplirlo, sino de comprobarlo: “Sería la persona que más te quisiera del mundo”. Las cosas se habían puesto contra ti, pues aparecías como un intruso en un mundo que no te esperaba, y como tal, no te deseaba. Ese mundo lo presidía una luz hasta entonces sin igual, una luz que deslumbraba. Un mundo que luego tú te has puesto mil veces por montera y que te has encargado de cambiar con esa mirada única, profunda, limpia e intermitentemente bizca, todo hay que decirlo, y que tan buen provecho sabes sacar. Pero en aquellos iniciales instantes, cuando aún no me veías y nos dejaron solos un momento y pudimos mantener aquél encuentro, creí necesaria aquella promesa, consciente de lo difícil que se te ponían las cosas. Estoy seguro de haberla cumplido, pese a la imposibilidad de cuantificar tales cuestiones, pues, sin pretenderlo, sé que me he convertido en tu ídolo, como tú dices. Lo cual no pienses que me agrada del todo, pues arroja sobre mis espaldas una responsabilidad que jamás imaginé en aquellas primeras horas de vida compartida. Una responsabilidad que empieza a pesar más de lo esperado pero que tú sabes aliviar como nadie cada vez que, de esa manera tan tuya, me dices: te quiero, o cada vez que saliendo las mismas palabras de mi boca, me respondes: gracias.”
El rival de Odyseo
Siempre me ha resultado curioso cómo desde que somos pequeños y apenas podemos hablar para preguntar, intentamos saciar la inquietud que suscita el interrogante de saberse querido o no. Por eso no es de extrañar que a veces los niños pregunten a los padres sobre el tamaño de su amor hacia ellos. Desde luego lo fundamental es sentirse querido (o no), pero tanto cuando somos niños como cuando somos adultos nos gusta que nos lo confirmen, sea en el sentido que sea, aunque probablemente ya lo conozcamos de forma bastante fehaciente. Por supuesto que cuando somos adultos esa pregunta infantil desaparece de nuestros labios, aunque seguramente no la inquietud ante la imposibilidad de una respuesta definitiva ante semejante tema. No se trata de cuantificar el amor, cuestión a todas luces imposible y tal vez absurda, pero supongo que el amor, como la tristeza, la alegría, la ira o la simpatía admite grados, y el determinar los mismos a veces tiene su importancia. Me imagino que cada persona ha desarrollado estrategias –acertadas o no ese es otro tema, y no sin importancia, aunque no es mi objeto desarrollarlo aquí- que le permiten conocer esa realidad. Siguiendo la definición de Santo Tomás cuando señala que “amor es querer lo mejor para el otro”, creo que encontramos un termómetro sencillo y eficaz para determinar lo que amamos y lo que nos aman. Cada vez que alguien se alegra del bien de los demás, de sus triunfos, logros o conquistas y además los desea de corazón, podemos estar seguros de que ama de verdad. Y a la inversa, cada vez que eso ocasiona sentimientos opuestos habrá que reflexionar y considerar que algo ocurre o no va bien, -por decirlo de manera suave-, si es que nos situamos del lado del amor, y no queremos que la palabra pierda su sentido y se quede sólo en retórica, como ocurre en muchas ocasiones.
El rival de Odyseo

El autor de este dibujo es José Luis Serna, y el propietario del mismo es el que les habla. Son libres de comentar lo que deseen.
El Rival de Odyseo
Los rigores del verano definitivamente han aflojado y han sido sustituidos por los de los colegios, los trabajos, los horarios y la normalidad casi establecida. Y aquí, en el jardín, en el primer sábado postvacacional, la vida se expresa en su esplendor y variedad a través de los chillidos, carreras, llantos, inocencia y egoísmo de los más pequeños, siempre vigilados por sus héroes protectores, distraídos a ratos en conversaciones insulsas y forzadas. No están solos, no, su alegría se mezcla con el impaciente aburrimiento de aquellos que cambian cromos mientras de reojo observan entre envidiosos y perplejos a los de voces aflautadas unos y pechos incipientes otras, despistados todos, que miran y miran, andan y andan sin saber dónde dirigir sus aún inocentes pasos. Frente a éstos se sitúan los que ni andan, ni miran, ni chillan, ni lloran ni cambian cromos pero se abrazan, besan y ríen ocupando el altar de la vida dónde los demás no se atreven a entrar, salvo aquellos que, enfrentando ya la muerte, intentando acomodar lo inacomodable, -sus dolores, anhelos y tristezas-, a lo lejos, con la mirada fija en ninguna parte, disfrutan de la algarabía generalizada. No falta el despistado de turno que hace tiempo mientras llega la hora del dentista, ni la asistente doméstica que rebosa angustia y cansancio, ni el aburrido paseante de perro capitalista, ni el mendigo de turno con su putrefacto olor a vino, ni la divorciada de buen ver y mal mirar, ni el viudo de mal ver y buen mirar, ni el lector interesado y poco interesante. No falta nadie, ni Dios, que también disfruta su día de descanso.
El rival de Odyseo
En estos días de vorágine librera, en los que es imposible darse una vuelta por las librerías y ojear con tranquilidad y deleite tan preciados objetos, no deja de llamar la atención el aumento, cada vez mayor, de un tipo de literatura denominado de forma general de autoayuda; literatura que no goza de muy buena prensa, que digamos, entre los autoconsiderados intelectuales del momento y que en cuanto pueden no dejan de hacer mofa de tal tipo de inquietud entre los cada vez más numerosos lectores. No es que quiera defender dicha literatura, entre otras cosas porque desconfío bastante de su utilidad y porque tal ayuda uno puede encontrarla en otros lugares, ni tampoco porque sea un gran consumidor de la misma, aparte de que algunos no tenemos arreglo. Lo que me pregunto es de dónde arranca tal preocupación, cuál es el origen de tal inquietud. Sé que, como ocurre en otros ámbitos, el marketing y la moda juegan un papel importante en dicho fenómeno. Pero bien es cierto que seguramente sólo en un mundo en el que el hombre cree en la libertad y desea volar libre, en un mundo en el que el hombre entiende que es responsable en gran medida de lo que le ocurre y además asume esa responsabilidad, cabe que busque ayudas en la tarea siempre difícil y compleja de vivir. En un mundo dominado por el destino, el miedo o Dios no cabe posibilidad de intervenir en los acontecimientos, de pensar en un futuro distinto, y menos aún, de que cada uno sea artífice del mismo. Sólo cuando el hombre comprende lo que es, o al menos quiere intentarlo, o cuando tiene más o menos claro lo que quiere ser, cuando reconoce humildemente su gran pequeñez, que no su insignificancia, y siente la inquietud de que puede mejorar, puede plantearse el cambio, la transformación, el auténtico conocimiento. Cierto es que muchos de esos libros, salvo raras excepciones, puedan a veces dar risa, o que parezcan dirigidos a individuos de pocas luces, pero es la única forma de que determinados conocimientos lleguen a una inmensa mayoría de personas, pues al fin y al cabo no todos somos especialistas en psicología. No se me escapa que detrás de este fenómeno aparece, aunque sea de lejos, algo preocupante, y me refiero a que tal vez sea la insatisfacción, la frustración o la angustia lo que empuja a no pocos contemporáneos a buscar una salida a esa situación. Por tal motivo, me parece aún más grave el juicio que a veces se hace de tal fenómeno editorial, pues traduce algo enormemente grave, la infelicidad y sufrimiento que muchas personas padecen a nuestro alrededor y que muchas veces se toma tan a la ligera.
El rival de Odyseo
Algo está ocurriendo y la verdad es que no acierto a identificarlo. Lo digo porque desde hace un año largo, y tras la iniciativa de Cuidadanos oigo que, tanto en el País Vasco con Rosa Díez y compañía, en Cataluña otra vez y ahora en Navarra, se están proponiendo alternativas, -o plataformas, como las llaman ahora-, a los grandes partidos políticos que domina en todo el Estado. Lo cierto es que este moviendo puede tener varias lecturas, y no sabría cuál se aproximaría más a la esencia misma del fenómeno. Tal vez indique que son cada vez más, y no sólo los ciudadanos de a pie, quienes están desencantados con la tarea de los políticos profesionales, y muchos de éstos últimos empiezan a sentir que muchos de sus compañeros de profesión, incluso de partido, tienen otros intereses distintos de los legítimos, y que por tanto sienten la necesidad de desligarse de tal colectivo. También puede significar que los partidos políticos ya asentados campan cada vez más a sus anchas y que con el paso del tiempo siguen siendo partidos cada vez menos políticos y aún menos democráticos, y muchos hombres y mujeres honrados dedicados a la cosa pública viven en sus propias carnes las formas cada vez más opresivas, menos libres y más demagógicas con que ejercen su tarea esas organizaciones encargadas de articular la democracia en nuestro país. En vistas de lo cuál no les queda más remedio que emprender sus tareas en las nuevas iniciativas en las que se embarcan. Muchos desearíamos que estos nuevos proyectos se asentaran de verdad, que crecieran en todo el país y se convirtieran en alternativas reales a esos dos, tres o cuatro dinosaurios de la política patria, pero me temo que en el origen de todas estas buenas intenciones de los hombres y mujeres que inician estas aventuras se encuentra algo enormemente sospechoso y preocupante. ¿Cómo es posible que muchos de los actores directos de la actividad política tengan que buscar válvulas de escape por las que dar rienda suelta a sus inquietudes y no les que más remedio que abandonar las grandes organizaciones que supuestamente son las únicas que verdaderamente pueden hacer efectiva la política? ¿Qué ocurre dentro de los partidos políticos que terminan por desilusionar a sus propios protagonistas, curiosamente, muchas veces a los más honrados? ¿No será que intencionadamente aplican la estrategia del “divide y vencerás” y son ellos los que promueven y fuerzan estas espantadas de lo más granado moralmente de sus responsables?
Mientras encuentro solución a éstos y otros enigmas se me acaba cruzar por el camino el viejo CD Harbour of tears de CAMEL que os recomiendo fervorosamente, como cualquiera de sus obras.
El rival de Odyseo
Has dormido mal, compañero. Ese puñetero mosquito, ese calor insoportable, ese disgusto vespertino o que barruntabas la vuelta al curro te han dejado un cuerpo serrano propio de un “picaor” accidentado. Ducha fresca y andando, que es gerundio. El desayuno, para empezar como Dios manda, lo haces fuera de casa, pero como no quieres lío cambias el lugar habitual para pasar inadvertido. ¡Vaya hombre! ¿Quién te lo iba a decir? No haces más que pedir el café y aparecen los compañeros de trabajo. Apretones de manos, besos y…: ¡Qué vacaciones más cortas! Lo de siempre. Como estás cansado de lo de siempre subes al despacho con sigilo, como despistado e intentas sacar el calor allí acumulado durante el verano. Pero la cosa no es fácil, como no lo es el soportar el reloj, los zapatos y los vaqueros después de estar todas las vacaciones en chanclas. Te sientas al ordenador, abres el correo y encuentras un único mensaje, de tu entrenador, recomendándote ponerte en forma para la nueva temporada. Nunca entendiste al susodicho, ni lo que pretende al intentar dirigir a una panda de inútiles cuarentones que no le hacen ni caso. Pero… cada tonto con su tema. Después visitas el blog del amigo, que por cierto, hoy te ha sido infiel tomando café con la rubia de turno. Vaya, vaya, ¿Así que neosocialismo? ¿Y qué esperabas, querido? El amigo te chafa el post que tenías pensado hacer hoy después de oír a las cinco de la mañana, -¡pero qué noche, Señor!- que Rosa Díez, que abandona el PSOE, y el profesor Savater –del cual prometiste no leer ni un libro más y ya tienes otro en tus manos- acaban de formar un nuevo partido político o plataforma o lo que coño sea, que te imaginas será de izquierdas, pero ¿será “neo” también? No dejas coment en el blog, estás alicaído, además ¿Qué tienes que decir a estas alturas? Hace tiempo dejaste de creer que lo mejor está por llegar y te cuesta incluso levantarte de la cama y echar a andar. Pero hay que hacerlo y tú cumples, faltaría más. Eres demasiado joven para desertar y demasiado viejo para empezar. ¿O tal vez no? ¡Si estás hecho un chaval, Viejo! ¿Qué contradicción? ¿O no? ¡¡¡Qué lío!!! Pones música. ¡Menos mal!. Dicen que la música amansa a las fieras, pero en tu caso no necesitas que te amansen, cada día eres menos fiero y más manso. ¡Quién te ha visto y quién te ve! En este caso la música te hace sentir vivo, por suerte. Pasean tus compañeros por el pasillo, algunos pasan de largo, lo agradeces, otros entran a saludar, lo agradeces. Todo está bien. ¿Todo? ¿Seguro? Sí, la mesa en orden, es decir, tan desordenada como siempre, pero cada cosa en su sitio. Has aprendido a encontrar todo en ese desorden y ya no pones el menor interés en ordenar el desorden, no vaya a ser que el nuevo orden te desordene a ti. Una vez más: ¡quién te ha visto y quién te ve! Tu puerta, siempre abierta. Hombre, mira tú por dónde aparece Alex. Nuevo cambio de imagen y van… Tiene que hacer un examen de Matemáticas pero lo que quiere es hablar, que le mires a los ojos, que le preguntes. Pero tienes que avisarle, se le pasa la hora. Para mí que lo que quería era precisamente despistarse una vez más, como en Junio. Le has fastidiado, ya no tiene disculpa, tiene que presentarse al examen. ¿Te odiará por ello? No, los ojos de Alex son limpios, son incapaces de odiar. ¿Y tú? ¿Odias? Estás terminando el libro Los siete pecados capitales de Savater y me da que te pillan todos, colega. Ayer, cuando terminaste de leer el capítulo dedicado a la ira te quedaste tocado. ¿Por qué? Te llevo observando tiempo y, como un niño pequeño, sinvergonzón, empezaste el libro por el final, te apetecía leer antes el capítulo de la lujuria. Pero ¿A ti todavía te preocupan esas cosas? Ya sé lo que estás pensando, “que te preocupan más que te ocupan”. Tú siempre igual. Si es que “no te doy educado”, que te decía el otro. Sí, te noto de otra manera, has logrado sonreír, menos mal colega, pensaba que te había pillado la depresión postvacacional. Ah! ¿Qué ese fue tu primer post del curso pasado? Pues paso ahora a leerlo.
El rival de Odyseo
Llegó la brisa del norte en la apacible mañana primaveral. El jardinero le dio las gracias a su cabaña por los años de cálido cobijo, y al cruzar la puerta se despidió de su pequeña planta amada. Abrazó tiernamente a su maestro Odyseo y a sus amigos en aquellas tierras, y desde la paz de su pecho les dijo:
- Me esperan otras tierras y otras personas, que desde el corazón de la Vida con insistencia me llaman. Os dejo mi amor en la forma de un jardín, y a un Viejo jardinero que cure vuestras heridas. Y cuidad vosotros de lo que la Vida os dio; de vuestros montes y llanos, de vuestra tierra escarlata, y de todos los seres que habitan en ella, ved que es vuestro mayor tesoro, y el semblante de Dios ante vuestras miradas.
Y con su largo bastón de madera de roble y sus sandalias de cuero, el jardinero partió de allí a través del rojo manto de las amapolas de primavera, con el frescor de la brisa del norte… hacia el lejano horizonte.
Adaptación de El jardinero de Grian
El rival de Odyseo
Terminado el campeonato nacional de liga de fútbol y observando cómo se viven estos acontecimientos, me pregunto cada vez que esto ocurre, qué es lo que separa el éxito del fracaso, porque, sinceramente, cada día entiendo menos toda esta parafernalia. Tengo que reconocer mis simpatías por el R.Madrid y me alegra, relativamente por supuesto, el triunfo merengue. Pero más que madridista me considero un deportista en toda regla y por ello mismo siento también una cierta decepción, pues no podemos dejar de reconocer que si queríamos disfrutar con el fútbol la temporada recién acabada, no teníamos más remedio que ver los partidos del Barça, o del Sevilla, o del Getafe, sin ir más lejos. Cuando esto escribo no han llegado todavía los futbolistas blancos a la Cibeles para celebrar el triunfo como se espera y las televisiones ofrecen imágenes simultáneamente de las calles de Barcelona, que de haber sido de otra manera, estarían plagadas de gente, como ocurre en Madrid. Dos goles tienen la culpa de que la botella a estas horas unos la vean medio llena y otros la vean medio vacía. Dos goles tienen la culpa de que un equipo aparezca como ejemplo de profesionalidad, compañerismo y esfuerzo y otro como ejemplo del vicio, las envidias y los celos. Dos goles tienen la culpa de que un entrenador severo, duro y antipático sea visto como el gran arquitecto de un proyecto modélico y otro entrenador educado, dialogante y siempre deportivo sea considerado un calzonazos incapaz de cuadrar a sus muchachos dentro y fuera del vestuario. Dos goles tienen la culpa de que mañana el rendimiento en el trabajo disminuya considerablemente respecto a otros lunes. Dos goles tienen la culpa de que media España haya salido a la calle a celebrar la victoria de su equipo y la otra media no pueda dormir. Dos goles tienen la culpa de la alegría de media España y la tristeza de la otra media.
¡Y pensar que si los dos goles fueran a favor del Barcelona todo sería al revés! ¿Y qué son dos goles?: Éxito o fracaso. Valdano seguro que tiene la respuesta correcta.
El rival de Odyseo
Se solapan todavía los ecos de las últimas elecciones habidas en nuestro país hace quince días, con imágenes y noticias de aquellas primeras consultas electorales de hace treinta años, en los primeros años de la democracia, después de la resaca de cuarenta años que dejó la guerra civil. Y la verdad es que aquellas añejas imágenes tienen un vigor y una frescura que desde luego no aparecen, ni de lejos, en los glamurosos carteles y vallas publicitarias no retiradas aún del último -y casi único- ejercicio democrático de los españoles. Sinceramente, tengo que reconocer que siento una enorme tristeza por la “normalidad democrática” que hemos adquirido; normalidad enmohecida, lastimera, sin nervio alguno, aunque con bastante histerismo entre los contendientes más activos. Sí, contendientes, pues más que a una consulta electoral parece que fueran a una guerra en toda regla, en la que todo vale, incluso un abuso sin igual de la libertad manifestado en la agresión producida en algunos colegios electorales del País Vasco (¿español?) a los representantes democráticos. Desde luego, hace treinta años había mucho que celebrar, por eso aquello parecía una fiesta, no como ocurrió hace unos días. Da la impresión que en esta normalidad impuesta los únicos normales son los ciudadanos de a pie, porque los políticos no parecen estar a la altura de estos tiempos postmodernos y globalizadores del siglo XXI; parecen estar hastiados de democracia, de diálogo, de reflexión, de ilusión, y tiene uno la sensación de que a lo más que aspiran es a pasar a la historia como sea, lo importante es pasar, aunque sea haciendo el imbécil, y de esto encontramos ejemplos a diestro y siniestro. Debería sonrojar a estos mequetrefes que resulten hoy ejemplares políticos los de hace treinta años, de quienes lo más suave que se les podía decír es que eran franquistas o que habían participado activamente en alguna matanza que otra en su querida guerra civil. Hay que joderse.
El rival de Odyseo
Los verdaderos triunfadores de la celebración de cuerpos gloriosos fueron dos cuarentones que resistieron, que vencieron, y por eso triunfaron un año más, aunque luego haya quien no lo sepa agradecer. Pero el auténtico protagonista en el corazón fue… llamémosle Vicenzo, el cuerpo de la fiesta, pues ronda el uno noventa, y que insulta no ya por su juventud sino por su humildad y nobleza, que no podía celebrar nada de lo que allí se celebraba pues sus años escolares han sido más bien un desastre; sus manos, sus largas manos, inocentes manos, temblarían si tuvieran que sujetar el fracaso de sus notas, pues, de momento, sólo puede ofrecer una mercancía que el mundo, -ese nuevo mundo que los demás celebraban-, no sabe apreciar. A Vicenzo le falta apetito para comerse el mundo. Ni el éxito, ni la fama ni la gloria le espera, no llega ni siquiera a mediocre pues es el fracaso en persona. Da la impresión de no tener metas ni objetivos, cuanto más para plantearse excelencias. Vicenzo no ha tenido que vivir tantos años como mi viejo Odyseo para sentir el dolor del tiempo perdido. Pese a su juventud, tal vez ni siquiera el tiempo por venir juega a su favor, y su naufragio seguramente sea el maldito porvenir, no el pasado. Yo me pregunto dónde le colocará la vida a mi querido Vicenzo. De momento, y sin que él lo sepa, la vida lo metió en el alma de su profesor de filosofía hace ya tres años, desde allí, desde el último pupitre, pues era el único que le permitía desplazar su enorme y delgado cuerpo para así hacer más llevadera la jornada escolar, hasta hoy, visibles todavía las huellas de la celebración del fracaso. Cuando los efluvios etílicos habían hecho su aparición en no pocos de sus compañeros, y la alegría desbordada regalaba apretones de manos, derrochaba fotografías en las que inmortalizar el momento o robaba besos a traición, mi querido Vicenzo, que no tenía nada que agradecer, que no tenía nada que pagar, se le acerca al cada día más cano profesor entre el neón y el decibelio mal acomodado y antes aún de abrir sus enormes brazos, dejando como suspendidos sus casi dos metros en el aire, le dice: “profesor, ¿puedo darle un abrazo?”. Lástima que los abrazos sinceros, las miradas comprensivas, los gestos cariñosos, las almas cándidas, los corazones nobles no sean evaluables, si no tú llevarías matrícula.
El Rival de Odyseo
"Lo más profundo del ser humano es la piel".
Paul Valery
Le dije: “Desnúdate”.
Y ella me dijo: “¿Tan pronto?”.
Y yo dije: “Entiéndeme; lo que quiero decirte es que me hables de ti”.
Y ella me dijo: “Entonces, mejor será que me desnude”.
Luciano G. Egido. Cuentos del lejano Oeste.
El rival de Odyseo
Llama la atención la gran importancia que está cobrando la enseñanza de los idiomas, sobre todo del inglés, el idioma del imperio, del imperio del dinero, me supongo. La verdad es que hay que reconocer que teniendo en cuenta el mundo en el que nos movemos, el aprendizaje de varios idiomas es importante. He podido comprobar en mis propias carnes, en una reciente visita al extranjero, lo limitado que puede llegar a encontrarse uno en determinadas condiciones ante la imposibilidad de comunicar lo que uno desea. Este hecho también me ha permitido experimentar algo que ya intuía y es que ante cualquier dificultad lingüística y anterior a todo ello, está el interés por el otro, la preocupación por el que tienes enfrente y la sensación de que hay personas con las que ni siquiera el idioma es problema, a veces, a la hora de comunicar, pues tiene uno la certeza de que hay un lenguaje íntimo que expresa lo que las palabras ocultan. Y lo considero íntimo, en la medida que muestra lo que verdaderamente somos, sentimos o deseamos. La existencia de este lenguaje íntimo, que tampoco sabría determinar exactamente su forma de expresión, es lo que permite, al menos a mí, considerar que hay personas con las que uno habla el mismo idioma. Un idioma que llamaría del corazón, pues independientemente de lo comunicado, del grado de acuerdo o desacuerdo, está una forma de sentir común que hace posible el milagro de la comunicación auténtica, aquella en la que el alma humana siente que no está sola, pues hay otras almas que saben a qué atenerse en presencia unas de otras, ya que lo primordial queda manifestado. Lograda la intuición primera de lo íntimo, resulta luego enormemente placentero y gratificante ahondar por separado y conjuntamente en el fondo siempre insondable de ese misterio que es el hombre para el hombre. Este lenguaje del sentir común sólo es posible cuando la confianza en el otro es total, y cuando es mirado con la nobleza que exige salir de uno mismo al encuentro de los demás. Son muchas las veces que todos hemos experimentado el hecho de personas con las cuales la comunicación es casi inviable por mucho que hablemos, y otras con las que una mirada, un gesto, una sugerencia es suficiente para llegar al entendimiento. Probablemente el idioma necesario para comunicar entre los hombres nada tenga que ver con ninguna de las lenguas habladas en el mundo y sí mucho con lo que en lo más profundo del corazón humano podamos encontrar.
El rival de Odyseo
Tal vez sea una frivolidad, o incluso una temeridad (no vayas a tomar venganza por mis palabras) ponerte ahí, frente a frente, en una página en blanco, y señalarte de cerca para decirte lo que, tal vez, cuando me tengas en tus manos no haga falta, pues te mostrarás como eres y el misterio habrá desaparecido. O no, ¿quién sabe? Antes que nada, y por puro egoísmo, rogarte que cuando decidas hacer acto de presencia, lo hagas en mí antes que en mis seres queridos. Mi vida sin ellos sería mi peor muerte. No obstante, no tengas prisa, mi vida, aunque a veces esté exhausto y cada día haya cosas que me cueste más trabajo entender e incluso aceptar, merece la pena vivirse.
Cada día pienso en ti, y no poco, por cierto. A veces es poner el pie en el suelo al despertar y ya te tengo frente a mí. Aunque bien es cierto que hace tiempo, no mucho, la verdad, dejé de tenerte miedo. Cuando en ti pensaba me invadían tales temores y angustias que a veces no podía soportarlo. Ahora, cuando he empezado a entender que vivir y morir no son cosas tan distintas, y que no soy tan importante como para que a mí no tengas que visitarme, soy capaz de echar esta parrafada contigo, hoy, precisamente hoy, el día de la madre, que para mí lo son todos los días del año. Sé que hace tiempo me rondas, pero cuando te asomes a la ventana me gustaría que la música que oyera, a ser posible, no fuera el Clavelitos, aunque tampoco está mal. Preferiría algún concierto de CAMEL, eso sí en directo, sólo aceptaría un play-back si tu presencia también lo fuera. Si estamos en serio, estamos en serio, y tú cuando actúas no andas con tonterías, pues la música lo mismo. Por supuesto, por mí no quiero que doblen las campanas, no hay motivo para el luto, se lo tengo dicho a los míos, no quiero llantos ni pesares. Tú llegada tiene que ser motivo de fiesta por doble motivo. Los que me han querido y he querido se han llevado lo mejor de mí y, sobre todo, yo de ellos. Y los que no me han querido, que los habrá, quedarán a gusto. Tampoco quiero grandes lápidas y mármoles, esos lujos no son para mí. Un puñadito de tierra valdría. Tampoco quiero epitafios, ¡qué mal gusto, Dios mío! De todas formas el amigo Odyseo me regaló uno hace días que no me disgustó, sobre todo por lo castizo que era, más que por la verdad que pudiera contener. ¡Ten amigos para esto! ¿Y para qué mejor?, digo yo. Precisamente, junto al viejo Odyseo se fraguó parte de este post, y me da la impresión que también su último escrito sobre la confianza, en silencio los dos. Allí arriba, sobrevolando los Alpes y el Lago Le Mans pensé en la muerte, y lo minicelebramos con esas minicervezas aéreas. Ya en tierra, las cervezas tomaron tamaño natural y celebramos la vida y la muerte como Dios manda, no se despachaba menos de medio litro. Me da que el Dios que nos mandaba por lo menos era Dionisos.
El rival de Odyseo
“En los soportales, sentado en una silla baja de anea, junto a una columna, había un vendedor de barquillos, reliquia de una profesión y de una golosina que pertenecía a las épocas heroicas, restos de un mundo neorrealista en trance de extinción. Era un pobre viejo, envuelto en ropas anacrónicas y en bufandas pardas, con el cabello alborotado y bohemio, la barba entrecana y el cuerpo arrugado, hecho a las inclemencias de la plaza. Tenía ante él el barquillero, de un rojo antiguo que había adquirido la policromía opaca de los desperfectos y los años, y con el mágico mecanismo de la ruleta en la tapadera. En otro tiempo, los niños se acercaban al vendedor de barquillos en los días de fiesta y pagaban cinco céntimos o diez céntimos (perras chicas, perras gordas) para dar impulso a la ruleta. Los ojos infantiles seguían ávidos e impacientes el giro vertiginoso inicial de la ruleta, la progresiva ralentización y la vacilación final al detenerse, un caprichoso y cansino ir cayendo de número en número, el veinte, el dos, el cinco, el diez, hasta pararse del todo en un número concreto, el premio del azar. Los niños aspiraban al veinte y temían al dos, que eran los extremos de la suerte, y la atracción del número era superior al sabor de los barquillos que recibían a cambio. Pero eso era en otros tiempos, diría el vendedor de barquillos. Ahora los niños no sentían atracción alguna por el barquillero, ni por los barquillos, ni por la ruleta. Y si el vendedor de barquillos seguía sentado junto a aquella columna era por vocación y por derechos adquiridos, porque a su edad no podía darle otro sentido a la vida que no fuera la obligación de ocupar cada mañana su puesto de toda la vida junto a la tercera columna. El forastero lo había visto allí mismo y, acaso como una rememoración de su remota infancia, de los tiempos de albahaca y hierbabuena, se quedó mirando con fascinación el mecanismo de la ruleta. El vendedor de barquillos advirtió la nostalgia de aquella mirada y sonrió con bondad… ¿Es usted forastero, verdad?, le preguntó. El forastero asintió con mansedumbre. No se preocupe, oyó decir, aquí todos somos forasteros…”
Gonzalo Hidalgo Bayal. Paradoja del interventor
El rival de Odyseo
Le dejé hace quince días a la escucha, a la espera de que la vida le hablara una vez más. Y la vida le habló, según me dijo, para decirle que los viejos fantasmas no habían desaparecido, es más, que se habían convertido en personas, con nombres propios, como en otras ocasiones. Al menos algo le había quedado claro: no estaba loco, como a veces había llegado a pensar, aunque esto no era consuelo para él, pues no se conformaba con la verdad, era ambicioso y también pretendía la felicidad. Dos tareas, dos metas, que parecían no ser buenas compañeras de viaje hacía tiempo. Entendía, -tal vez equivocadamente-, que la felicidad o iba de la mano de la verdad o no podía considerarse tal. Por eso, -o por orgullo incluso-, no entendió nunca los esfuerzos que algunos hacían por mostrarse agradables con él. Consideraba esos esfuerzos innecesarios, pues eran fruto, tal vez, de la hipocresía y de corazones poco limpios o interesados. En un ejercicio de coherencia, él siempre intentó huir de esas formas de proceder. Pese a todo, sabía que el mundo, sobre todo el humano, era grande, diverso y le permitía encontrar a su alrededor ejemplos contrarios, modelos de sensibilidad, ternura y respeto de los que siempre estuvo dispuesto a aprender, pues entendía que esa era una de sus tareas en la vida: aprender, aprender a ser. Tarea en la que se empleaba a fondo siempre que tenía oportunidad. Y la vida le enseñó que cualquier circunstancia es propicia, al menos siempre que estuviera atento, lo cual no ocurría tanto como deseaba, pues su cabeza, pese a tener pocas ideas y ocurrencias a veces parecía un torbellino y quedaba distraída a menudo. Distracciones en las que ocupaba grandes ratos, y que en muchos casos no eran más que lecciones prácticas de los anteriores aprendizajes, eso sí, con sus consiguientes errores. Errores que desaparecían cada vez que, sentado en la sombra, detrás del resto de los músicos de la banda, se ponía a las órdenes del director y daba comienzo la sesión del Circus Vitae. Era allí, en el circo, con las baquetas en la mano, siempre en segundo plano, y con los ojos puestos en la pista central, donde el mundo de verdad se transformaba y donde la magia hacía acto de presencia no sólo en las caras inocentes de los más pequeños, sino en su alma también. Sabía que con sus redobles ayudaba a crear el ambiente necesario para que el esfuerzo del funambulista, el acróbata o el payaso fuera eficaz. Sin embargo, el momento que él esperaba con impaciencia durante toda la jornada y que intentaba retener en su retina y en su corazón hasta la sesión siguiente, era cuando ella, con aquellas piernas atléticas, musculosas y finas al mismo tiempo, saltaba del trapecio para recibir los aplausos del público. Era entonces cuando más suave tocaba, envolviendo con delicadeza cada una de las notas de sus compañeros y los vítores de los asistentes. No quería por nada del mundo restarle protagonismo a ella, la auténtica estrella. Era su brillo, el de su cuerpo, el de su sonrisa, el de sus modales delicados, lo único que de verdad llenaba el cielo de su dicha, y de su desdicha cuando los focos se apagaban.
El rival de Odyseo
No entiendo nada y cada día entiendo menos. Y me explico. Me cuenta el director de un instituto de enseñanza secundaria que se contempla la posibilidad –que no se hará realidad, si lo sabré yo- de poder expulsar a un alumno de clase, -como en los viejos tiempos-, si no hace lo que debe o impide el aprovechamiento de los demás compañeros. ¡Qué zurro que tiene el susodicho director! pues, si la medida se llevara a efecto parece que quedaría a su cargo, como coordinador fundamental del centro, arbitrar las medidas oportunas a tomar con los chicos en cuestión, que según parece no serían pocos, él que se jacta de dirigir el mejor centro de la localidad. Vamos, que el regalito de la medida para “limpiar” las aulas bien, pero que el cascabel al gato que se lo pongan otros. Y como me recrimina no haberme enterado de la anterior noticia por mi persistencia en no leer el periódico me aplico a ello y cojo EL PAÍS, periódico independiente donde los haya. Por supuesto, comienzo por la última página, por si hubiera foto aprovechable y me encuentro con la noticia de que en aplicación de la Ley de Igualdad (jajaja), en un pueblo murciano algunas concejalas tendrán que abandonar sus cargos en beneficio de algún hombre, pues hay superhábit de mujeres en la corporación municipal. Pues no, no sobran mujeres, como reza el titular, ni hombres, si fuera en sentido contrario. Lo que sobran son leyes estúpidas y polític@s estúpidos, y por supuesto, estúpidos que cuentan las noticias de manera aparentemente neutral pero cargadas de una “malababa” que estomagan a aquellos que además de leer aprendimos a hacer comentarios de texto, y digo aprendimos porque no nos enseñaron, y me refiero a aquella impresentable profesora de literatura que nos tocó padecer en nuestra mocedad del bachillerato, ascendida hace tiempo a profesora de Universidad, me imagino más por méritos de su marido, -actual jerifalte de las instituciones encargadas de velar por el cuidado de nuestro lengua-, que por los suyos, ¿o tal vez fue ella abanderada de las cuotas antes aún de que se le ocurriera la idea a alguno de nuestros políticos preocupados por una igualdad artificial, como era ella, ese lujo de profesora que no supimos aprovechar aquella panda de alumnos a los cuales les hacía poner de pie cuando entraba en clase en los primeros años de nuestra democracia? Pero no, retiro lo dicho, algunos debimos aprender poca literatura, poquísima, y no por los profesores, la verdad, sino por nuestra incapacidad, pues si voy a las páginas de cultura del mencionado diario, encuentro que entre las diez mejores novelas en castellano de los últimos veinticinco años, en cuarto lugar se encuentra 2666 de Bolaños, y en el puesto trece, Soldados de Salamina, de Javier Cercas. Nunca he logrado comprender estos rankings que hacen con los libros, a menos que el criterio que se utilice sea el de la venta, como si la calidad de un libro o de cualquier otra obra de arte se pudiera medir como la velocidad punta de un fórmula uno. Hace unos días, en uno de los comentarios a un post anterior, me referí a la novela de Bolaños y no me voy a repetir. Respecto a la de Javier Cercas he de decir que no me desagradó, pero recuerdo que por aquellas fechas leí otras novelas sobre la guerra civil, nuestra “querida” guerra civil: El lápiz del carpintero de Manuel Rivas, La voz dormida de Dulce Chacón y La balada del abuelo palancas de Félix Grande. No voy a entrar aquí en lo que antes he criticado, es decir, no voy a determinar cuál es mejor y cuál es peor de las cuatro, -¿quién soy yo?-, pero sí señalar que la que menos repercusión tuvo seguramente fuera la de Félix Grande, y desde luego, a mi modesto entender, es una gran novela, de las mejores que he leído en los últimos años. Pero como he señalado antes, no entiendo nada, y cada día menos. Y no entiendo cómo, a mi amigo Carlos, que ni tiene deudas, ni hijos, ni mujer que le moleste, pues su querida Esther ni habla, que no necesita el dinero para nada, le pueden haber tocado una “porrá” de millones que no me caben en la cabeza. Me alegro, de verdad, pero sobre todo porque anoche cuando hablé con él para felicitarle, estaba contento no porque se hubiera hecho rico, sino, como me dijo, por haber hecho rico a veintinueve familias. Bueno, dos cosas he entendido: que merece la pena leer el periódico, pues en un plis-plás te sale un artículo, así, como el que no quiere la cosa y que merece la pena jugar al Euromillón, pues en un plis-plás, así, como el que no quiere la cosa, te conviertes en un ricachón.
El rival de Odyseo
No es gallardía lo que hoy le acompaña, pero cuando le conocí no levantaba un palmo del suelo. Por entonces disfrutaba patinando en el agua helada de los charcos en invierno, peleando con los grillos en sus subterráneas casas en primavera, persiguiendo lagartijas en verano, comiendo castañas en otoño o contemplando el fuego de la chimenea cuando se ponía a tiro. Visitaba la ciudad a menudo, pero no logró encontrarse a gusto en ella hasta que no fue mayor, pues, acostumbrado como estaba en el campo, a que todo el mundo se conociera y saludara cada vez que se cruzaba, no entendía muy bien aquel trato tan impersonal que la urbe imponía. Pronto descubrió que la vida infringe circunstancias que uno no elige y que elegir alguna de ellas, cuando ello tocaba, suponía un dolor y un desgarro incomprensible, paliado sólo por el balón al que siempre estaba dando patadas. Aunque con lo que realmente disfrutaba era compartiendo el tiempo con la gente, en aquellos momentos fundamentalmente con los de su edad. En su ruda y temprana adolescencia aprendió también que aquellos con los que tan buenos ratos había pasado y tantas risas, ilusiones y experiencias había vivido desaparecerían como por arte de magia. Sólo unos meses bastaron para descubrir que las promesas de amistad eterna se desvanecerían para siempre. Todavía hoy le acompaña el recuerdo de su amigo, aquél con el que tantas veces compartió liderazgo dentro y fuera de un campo de fútbol, y que jamás contestó a sus reiteradas cartas. Vinieron luego duros años, años fundamentalmente de aprendizaje, de experiencias fuertes, de Conocimiento, sí, con mayúsculas, en el trato con otros humanos, tan iguales y tan distintos a la vez. Años de sacrificios propios y ajenos. Años de mirar para adelante, al futuro, a veces tan lejano, demasiado lejano, siempre buscando el final, pero viviendo el presente. Presente lleno de frío, a veces de afecto, a veces de hambre, a veces de libros, a veces de chicas, a veces de castigos, a veces de premios, siempre recuerdos. Pero lo mejor estaba por llegar: Por fin todos juntos. Y ella en medio. Apareció en su vida como aparecen los tesoros, por sorpresa, pero, como dice la canción, ocupando el espacio con su luz durante años, al cabo de los cuales ella murió, dicen que de un ataque de celos. Las ilusiones se llenaron de sudor y lágrimas, pues la vida le pilló por sorpresa una vez más. La incomprensión, la ira, la perplejidad y sobre todo, él mismo. Se empeñó en ser el de siempre. Y se equivocó. Así lo consideró durante mucho tiempo, ese mismo tiempo que le devolvió a la vida, cuando de vez en cuando, y cada vez con más persistencia, la vida misma le hablaba y le decía “te crees que todo el mundo es como tú”. Y la vida, en su palabra, acertó. Y la vida le sacó de la equivocación, pues ¿quién mejor que la vida sabe de la verdad? Y cada vez que la vida le habla, y acierta a escucharla, más se reafirma. Ese fue su error, y también su verdad. Siempre recuerdos. Háblale, vida, háblale.
El rival de Odyseo
Hace unos días me preguntaban porqué leía tanto. Mi respuesta fue que porque me gustaba, lo cual dejaba perpleja a quien me hacía la pregunta, con el esfuerzo que a esa personita le están costando sus primeros pasos en ese apasionante mundo de la lectura. Tampoco reparaba la criatura en que últimamente lo que hago sobre todo es pasear los libros. Siempre voy agarrado a uno como si fuera un bastón que necesitara cada vez que me pongo en pie. La imagen del bastón es enormemente precisa y además creo que no sólo en mi caso, pues la lectura no sólo permite aprender o llenar el tiempo libre, sino que puede enseñar a vivir el tiempo, todo tiempo, de forma realmente libre, desentrañando la propia vida y haciendo que ésta resulte digna de ser vivida intentando mejorar, y en este sentido un libro siempre es buen lugar en el que apoyarse. Bien es verdad que, como ocurre con las personas, no toda relación con un libro aporta este intento por crecer. El amante de los libros disfruta de ellos antes y más allá de la lectura propiamente dicha. Está siempre atento a aquella obra en la que intuya puede descubrir algo provechoso y que sirva de alimento a su apetito casi insaciable por lo bueno, bello o verdadero. Y después de degustar el manjar, cuando ha sido el caso, queda en una sobremesa siempre placentera, que no siesta modorra, sino lúcida y reflexiva que perdura muchas veces en el recuerdo pasado el tiempo. No, no soy ni un temprano lector, ni un lector voraz, ni seguramente un buen lector. Mi afición a la literatura es tardía. Mientras muchos de vosotros disfrutabais la infancia y la adolescencia o intentabais engañar las vacaciones y el verano con Tintín, Zipi y Zape, El Capitán Trueno, El guerrero del antifaz, Salgari o Agata Crhisti, yo tenía la cabeza en charcas, renacuajos, pesca, tirachinas, bolas de nieve, fumar -con sus consiguientes accidentes- o pintar a las gallinas el pico o lo que se terciara con un invento de la ciudad llamado acuarelas, -qué maravilla, Dios mío, las acuarelas, claro-. Sin embargo cada día valoro más la tarea del escritor, mucho más aún desde que tengo que ponerme todos los domingos ante un folio en blanco e intentar juntar unas cuantas palabras y haceros el guiño de la lechuza. Entenderéis que ande preocupado ante la desgana y pérdida de apetito lector de los últimos meses. No obstante siempre llevo un tentempié a mano, nunca mejor dicho, por si en cualquier momento el hambre hace su aparición. En estos días me apoyo en Roald Dahl y sus Historias extraordinarias, Sándor Marai y su Mujer justa y Hans Magnus Enzensberger y sus Diálogos entre inmortales, muertos y vivos. Lo que no sé es si el menú está a la altura de la cocina tradicional o a la altura de la cocina de diseño o simplemente quita el hambre pero no alimenta como si fuera fast-food. Comida y lectura. Dos necesidades, dos placeres. Sí, hija, me gusta leer, pero no sólo. Me gusta leer porque quiero crecer, ser más humano, mejorar y llegar un día a reír como tú o mirar como tú; como a ti te gusta comer porque quieres ser grande como yo, y correr como yo y roncar como yo.
El rival de Odyseo
“Tener hijos es un acto de egoísmo”. Así como suena, es lo que oí hace muchos años, cuando aún no me había estrenado en esas lides. La frase sonó en mi cabeza, tal vez más que en mi corazón, como cuando te das un golpe fuerte y quedas aturdido y casi sin sentido. La “perla” venía de una mocita de unos treinta años y que a mis ojos era fea, insatisfecha y acomplejada más que otra cosa. Pero lejos ya en el tiempo aquel atontamiento inicial, y después de haberle dado el acomodo en mi pensamiento que la vida me ha permitido, son muchas las veces que considero que tal vez aquella estúpida compañera de trabajo no lo era tanto y que seguramente le había dado más vueltas al tema que yo, que siempre fui un poco ingenuo. Todos sabemos que ser padres exige entrega, sacrificio, generosidad y que en muchos casos es un acto de heroísmo. Pero es cierto que este saber, como muchos otros, sólo se comprende cuando se viven, y que antes de ejercer de padres difícilmente puede uno ni siquiera barruntar lo que conlleva. Si consideráramos despacio lo que el hecho de existir supone para un ser humano, el sufrimiento que una persona puede llegar a soportar o la angustia que puede padecer y que en última instancia los responsables son aquellos que le trajeron a la existencia, tal vez nos pensaríamos más ciertas decisiones. Si echamos un ojo a nuestro alrededor y observamos el mundo que estamos construyendo para nuestros hijos seguramente lo más sensato sería, después de la insensatez que fue darles la vida, quitársela. Pero este sacrificio tampoco estamos dispuestos a hacerlo, por egoísmo también, pues nuestra propia vida sería aún más difícil de soportar sin lo que ellos nos dan. ¿Difícil situación verdad? Tranquilos, no se me está pasando por la cabeza aprovechando que mis hijos están en la cama aliviarles del madrugón y los exámenes de mañana haciéndoles dormir el sueño eterno. Pero llegados a este punto lo único que está en nuestras manos es dedicar nuestras vidas a la de aquellos que no nos pidieron permiso para tener la suya.
El rival de Odyseo
Cayó el Carnaval y me imagino que no son pocos los que sienten gran tristeza, pues ven estas fechas como una oportunidad única para esconderse detrás de los disfraces, las máscaras y hacer de su capa un sayo. Parece, según cuentan, que son fechas en las que hay una relajación en las normas que habitualmente presiden la vida de muchas personas, y en un estado de semiinconsciencia, permitirse ciertos deslices que por ese motivo parecen justificados. No entiendo muy bien cuáles pueden ser los motivos que lleven a la gente a actuar así, menos aún en sociedades como las nuestras en las cuales la bandera de la libertad ondea sobre cualquier otra, y en las cuales pareciera innecesaria esa liberación de las ataduras de todo el año. Esto me da qué pensar y considerar que tal vez existan muchas libertades formales pero pocas reales, o que tal vez no estemos demasiado satisfechos con lo que somos durante todo el año y que estemos reprimiendo permanentemente deseos, inquietudes o necesidades que sólo seamos capaces de acometer desde una ficticia identidad. ¿O es tal vez ese yo oculto durante todo el año tras nuestro traje de corbata y ahora desatado tras la máscara, nuestro yo más real? Por todo esto siempre me han resultado ciertamente ridículas y desagradables estas celebraciones, pues nunca he entendido que haya personas que necesiten de un disfraz para ser ellas mismas. Pero si considero lo anteriormente expuesto a la luz del quehacer diario, me doy cuenta de que no soy quién para juzgar esos comportamientos, pues tal vez otros hacemos del disfraz uniforme hasta para dormir. Así como quienes en el Carnaval tienen un traje para cada día, seguramente otros cambiemos de antifaz varias veces al día durante todo el año, con personajes tan dispares y contradictorios que difícilmente encontrarían acomodo más allá de la consulta del psiquiatra. A veces las ataduras de los papeles que cada día tenemos que interpretar son tan fuertes, que sentimos la necesidad de pasar al siguiente para que, con otras ataduras de otro papel distinto, seamos capaces de liberarnos del anterior. En fin, que igual es más sano y económico que una vez al año ejerzamos la inconsciencia.
El rival de Odyseo
Como practicante siempre he entendido el deporte como juego, como medio de diversión, de expresión y como forma excepcional de engañar a la vida, sobre todo cuando ésta se pone puñetera, que no son pocas veces. Como espectador, aunque cada día paso más del tema, mi postura es bastante parecida. Veo espectáculos deportivos fundamentalmente para disfrutar, en el amplio sentido del término, y no sólo ni tan siquiera con la victoria de mis equipos preferidos, que también los tengo. El triunfo para mí, como practicante o como espectador, no tiene absolutamente ningún valor si no es como resultado de la expresión de las excelencias de los participantes, y éstas van más allá de las virtudes propiamente deportivas, abarcando toda una serie de elementos que muchas veces no se dejan ver con absoluta claridad en una cancha de juego. Hoy sin ir más lejos, pese a mis simpatías madridistas y la clara derrota de “mi equipo”, la Final de la Copa del rey de baloncesto me ha parecido un espectáculo, pues ha triunfado el deporte, -pese a lo que estaba en juego para los dos equipos-, incluso en detalles, para mi tan relevantes y tan poco apreciados en las grandes celebraciones, como los abrazos entre los rivales, fundamentalmente entre aquellos que menos han participado en el juego y que tan poco les dice a veces la victoria o la derrota, o el reconocimiento por los entrenadores de los méritos del contrario, independientemente del resultado. Por todo esto hoy podría haber sido un buen día para mí. Pero sinceramente no he podido disfrutar como suelo hacerlo pues durante todo el día me ha rondado una tristeza que no me ha sido fácil alejar. Y curiosamente la causa ha sido otro acontecimiento deportivo. Durante el fin de semana se ha celebrado en Cáceres el Campeonato de España de fútbol infantil femenino por comunidades autónomas. Me cuentan que en el acto de presentación inicial de cada partido, en el que las jugadoras, niñas de doce años, ocupan el centro del terreno de juego junto al árbitro, la selección del País Vasco no saludó a las jugadoras de los otros equipos, salvo cuando tuvo que enfrentarse a la selección de Navarra. La verdad es que uno se queda cuando menos perplejo ante situaciones de este tipo. Al parecer no le ha ido muy bien a la selección vasca. Sin profundizar en el tema, - no quiero que se me agríe más el carácter-, sólo me surgen preguntas, que tal vez sólo tengan valor para mí, pero a las horas en que esto escribo es lo único que me pide el cuerpo: ¿Hubieran saludado al equipo contrario si hubiera sido noruego, o polaco? ¿Qué mérito hubiera tenido ganar, si estaba logrado sobre el desprecio y la desconsideración del rival? ¿A qué les hubiera conducido? ¿Los padres de esas criaturas se podrían sentir orgullosos de sus hijas? ¿Qué sentido encontrarán esas crías cuando el próximo curso se enfrenten a la asignatura de Educación para la ciudadanía y les hablen de la igualdad, el respeto, el concepto de persona, etc. etc.? ¿Le harán pedorretas al profesor? ¿De haberse lesionado y necesitado una transfusión hubieran admitido sangre sin mirar el Rh? ¿Les habrán explicado a esos angelitos en sus escuelas que la diferencia entre lehendakari y bellotari?
A la misma hora que se celebraba la final del mencionado trofeo, jugaba mi hijo, también al fútbol, de la misma edad que las niñas mencionadas, y compañero de equipo de una de las seleccionadas por su comunidad, y la preocupación que tenía no era el partido en sí, sino el no poderse enfrentar al hijo de mi rival , -un tal Odyseo, no sé si os sonará-, que lo hace en el equ