Somos seres asustados caminando a oscuras, con temor a salirnos del camino que tenemos marcado. Miramos pero apenas vemos. Miramos pero casi nunca a los ojos, solo al suelo, a la sombra que no es el objeto sino solo una forma arrastrada y deformada de él. Llevamos la cabeza llena de ruido y lo llamamos pensamientos; vamos a gatas, a ciegas, heridos de silencio y soledad, huyendo siempre de nuestro propio abismo, ocultándolo en un halo de misterio que no existe. Somos, pero somos una mera copia que se compara a otras copias que caminan a nuestro lado. Somos y no somos nada ni nadie, miramos sin ver, sentimos sin saber qué sentimos. Ruido, mucho ruido, atronador ruido que oculta un silencio aun más atroz, un silencio impreciso, negro, que va dentro y pesa y a veces ruge hasta enloquecernos o hasta dejarnos abatidos, con las alas rotas, la mirada perdida y el aliento frío. Abandonados en lo inhóspito de una vida sin sentido, sin dioses ni más consuelos que el saberse limitados por una fecha que pone fin a tan descabellado proyecto, rotos, grises, muertos que aun palpitan y tienen rastros de sentimientos entre las uñas, anhelantes de una paz definitiva, blanca, de la nada hacia la nada y, en medio, un solo instante, fugaz, vibrante, líquido, definitivo.
Seres rotos de razón, ingrávidos de historia sin rumbo fijo, cuerpos que se aman y se odian simultáneamente, a bocados, sin respiración ni meta, solitarios que fingen su condición en medio de un universo vacío donde ya no cuentan las patrias sino el sueño, el sueño gozoso, placentero, sin control que te insufla vida donde siempre has estado muerto. Dormir, morir, soñar. Cenizas.
"Había envejecido como un trozo de carne que se pudre en el estante de la despensa, sin la experiencia de la vida". Así se expresaba William Burroughs para referirse a la vida burguesa de la mayoría de nosotros. Tenemos una sola vida, nacemos con la fecha de caducidad ya puesta en el reverso y, aunque a veces hagamos como que se nos olvida, no hay mayor verdad que la de que algún día tenemos que morir.
Ante ese destino caben muchas opciones, pero substancialmente se resumen en dos: decidimos arriesgar u optamos por conservar, es decir o somos artistas o somos conservadores de museo. El artista es el que arriesga y se equivoca y vuelve a intentarlo por otro camino, de otra forma, y avanza un paso o dos y retrocede otros tantos o uno menos, y se estrella y se rompe y se vuelve a recomponer pero ahora de otra manera. El conservador de museo elige siempre lo menos arriesgado, la estabilidad sin cambios, es el que huye de toda situación crítica, del conflicto y se refugia en una temperatura y grado de humedad estables, fijos, no cambiantes. Cada uno de nosotros elige ser una cosa o la otra.
Desde el momento en que le tenemos miedo a morir, elegimos ya la opción de una vida lo más larga posible. Una vida llena de cuidados, preventivos, paliativos, curativos. Una vida tranquila, estable, sin cambios, sin mayores riesgos que el de saltarse de vez en cuando los niveles de azúcar o colesterol. Una vida para sacar nota, conseguir un mínimo y simple objetivo, profesional o académico, personal o familiar, social, y detenerse ahí, en ese momento, para procurar prolongarlo o conservarlo el mayor tiempo posible. Casi nadie elige una vida arriesgada, intensa o llena de excesos, porque eso implica cambios, riesgos, desequilibrio, aunque, es cierto, procura un nivel de satisfacción y autenticidad mayor.
Tenemos una vida y la sacrificamos por conservarla el mayor tiempo posible. La valoramos más que la propia vida y elegimos morirnos antes que morir. Morirnos en la rutina de la obra hecha, en vez del riesgo del "sin vivir".
Somos vulgares.
Poema a un joven atleta moribundo
Cuando ganaste la gran carrera
el pueblo entero salió a aclamarte.
Jóvenes y ancianos te vitoreaban
mientras a hombros te llevábamos.
Sabio aquél que sabe escapar pronto
allí donde la gloria no perdura.
Pues aunque pronto crece el laurel
mucho antes que la rosa se marchita.
Pero tú no seguirás el camino
de aquellos que malgastaron su gloria.
Corredores cuya fama se extendió
aunque su nombre perduró menos que ellos.
Ante esa jóven cabeza laureada
contemplarán tu cuerpo inerte
y descubrirán entre los rizos de tu pelo
una guirnalda aún sin marchitar.
Alfred.E.Housman
No me apetece hacer otro balance del año que termina y menos, hacer otro compromiso con el año que estrenamos, más que lo que puedan decir estos dos hermosos poemas. Leedlos en voz alta, despacio, escuchando vuestra voz en cada sílaba:
Canto de alegrías
Oh, la alegría de un yo viril!
No ser esclavo de nadie, no deber deferencia a nadie, a ningún tirano conocido o desconocido, Marchar erguido, con pasos vivos y elásticos,
Mirar con mirada calmada o con ojos relampagueantes,
Hablar con una voz llena y sonora, que sale de un pecho robusto,
Poner frente a mi personalidad todas las otras personalidades de la tierra.
Oh, mientras yo viva, ser el rey de la vida, no su esclavo,
Afrontar la vida como un conquistador poderoso,
Sin cólera, sin hastío, sin quejas ni críticas desdeñosas,
Mostrar a estas leyes altivas de¡ aire, de¡ agua y del suelo, que mi alma interior es inexpugnable,
Y que ninguna cosa externa me dominará jamás.
Oh, luchar con otras fuerzas superiores, afrontar a los enemigos con intrepidez! ¡Hallarme enteramente solo con ellos, probar mi resistencia!
¡Contemplar la contienda, la tortura, la prisión, el odio popular cara a cara!
¡Subir al patíbulo, avanzar hacia la boca de los cañones con perfecta indolencia!
¡Ser verdaderamente un dios!
¡Oh, hacerme a la mar en un navío!
Abandonar esta intolerable tierra firme,
Abandonar la monótona uniformidad de las calles, de las aceras y de las casas, Abandonarte, oh tierra sólida e inmóvil, embarcarme en un navío,
Y, ¡navegar, navegar, navegar!
Walt Whitman
Venid amigos
No es tarde
para buscar un mundo muevo,
pues sueño con navegar
más allá del crepúsculo
y, aunque ya no tengamos
la fuerza que antaño
movió cielos y tierra,
somos lo que somos:
un mismo temple
de corazones heroicos
debilitados por el tiempo, pero
voluntariosos para luchar,
buscar y encontrar
y no rendirse.
Alfred Lord Tennyson
Para ti
Estar en la vida, sobre todo a determinadas edades, es como cuando uno se va de viaje y una vez en su destino se da cuenta de que lo único que desea es volver a casa y entonces se pregunta qué carajo hace allí y que quién le mandaría embarcarse en ese dichoso viaje. Y se levanta en el hotel al día siguiente y sigue sin encontrar razones para haber salido de su casa y estar allí, por muy bonito, limpio o agradable que pueda estar todo. Porque todo eso que le rodea es ajeno a él y a su mundo, es turístico, es decir, solo para gente de paso.
Pues eso es estar vivo: estar de paso en un mundo ajeno (agradable o no depende de la suerte que hayas tenido y de dónde te haya tocado desembarcar). Pasas unos días, disfrutas si puedes, sacas unas fotos de recuerdo, compras algún regalo, y vuelves a hacer la maleta para el trayecto de regreso. Solo que no sabes dónde has de regresar, ni siquiera sabes si hay regreso o solo compraste billete de ida. Da igual, acabarás en el mismo sitio que acaban todos porque ni siquiera aquí te sirve el "business class".
Visto lo visto, quizás sólo nos queda, más que preocuparnos de cómo vivir, dónde vivir o de qué vivir, preocuparnos de elegir bien dónde, en qué lugar de este mundo, queremos morir. Y, sobre todo, al lado de quién.
Aconsejaba Platón que no permitiéramos que creciera la zarza en el camino de la amistad, quizás a base de transitarlo con asiduidad, quizás a base de dejar tiempos de descanso en la siempre dificil convivencia. Lo cierto es que toda relación, (amistosa, amorosa, laboral, vecinal, familiar...) implica una dosis determinada de idealización y una dosis complementaria de realismo. La convivencia suele ser el caldo donde se vierten los ingredientes y se guisan hasta conseguir un alimento aceptable. En algunos casos, la convivencia te descubre en el otro aquello que desconocías y te hubiera gustado conocer, pero en la mayoría de los casos te descubre una altura menor de aquella en donde habías situado a la otra persona. Por eso funcionan tan bien las amistades o relaciones a distancia, de solo los fines de semana o por internet. Sin embargo, si conseguimos superar esas pequeñas dificultades y mantener por encima de todo el valor de la amistad o el afecto hacia el otro, la convivencia no resta, sino suma; fortalece el sentimiento y crea vínculos cada vez más intensos con el ser humano (imperfecto, no se nos puede olvidar) que tenemos enfrente o, mejor, a nuestro lado. Saber colocarse por encima de las menudencias que actúan como piedras en el camino, para continuar caminando, nos convierte en verdaderos humanos y nos hace más dignos del don de la amistad, porque nada hay más preciado ni existe riqueza que se le pueda comparar.
Aviso para nuestros queridos siete u ocho lectores:
Esta redacción permanecerá cerrada durante unos quince días por motivos vacacionales. No es que nos hayamos ganado el derecho a descansar, pero lo consideramos un deber inexcusable. Sentimos las molestias que podamos causaros en nuestra ausencia, casi tanto como las que os causamos con nuestra presencia. Intentad ser felices mientras tanto.
Siempre vuestros.
.... pero el cuerpo es nuestra más íntima morada, el vehículo íntimo que nos lleva y nos mueve, nos acelera y nos frena, nos situa en el espacio y en el tiempo. Amamos nuestros cuerpos o los destruimos, casi en la inconsciencia de lo que perdemos si lo abandonamos. Somos cuerpo y poco más. Pero ese cuerpo, que envejece y se cansa, es también el cuerpo que nos permite sentir y pensar, oir la música o contemplar el arte.
Y ese cuerpo del que nos enamoramos todos los días cuando despertamos a su lado, que se arruga o se estremece ante cualquier cambio, que suda y tiene pelos y granos y varices, es el mismo que porta a nuestro ser amado desde hace años y permite que nos acompañe en el camino de la vida. Por eso, la belleza cambia pero no se pierde. Se acrecienta, no por la arruga, sino por lo que esa arruga ha necesitado para producirse: millones de risas, enfados, preocupaciones, tensiones, placeres. El cuerpo envejece al tiempo que el ser que somos madura y crece. Y así ocurre con todos los hermosos seres queridos de nuestro alrededor. Y algún día ellos y nosotros volveremos a la tierra y alimentaremos nuevos cuerpos y nuevos seres en un ejercicio constante de bondad y justicia natural. No hay más, pero tampoco menos.
El cuerpo, por feo o hermoso que parezca en determinados momentos y a determinados ojos, tiene fecha de caducidad. Tanto el cuerpo más voluptuoso y terso, como el más contrahecho y ridículo, el cuerpo del deseo y el del rechazo, todos cambian y envejecen. No hace mucho veíamos el cuerpo como una continua "ocasión para el goce" frente a otros cuerpos jóvenes y lustrosos como los nuestros, cuando casi de inmediato pasamos a sentir el cuerpo como una fuente inagotable de achaques y dolencias varias: un obstáculo casi insalvable para el transcurrir apacible de la existencia a partir de lo que el viejo Silvio llamaba "la edad media". Quizás tenga razón Andrés Trapiello cuando afirma que el cuerpo mejor cuanto menos se nota.
Mientras somos jóvenes vivimos incosncientes y plenos porque sabemos que si le mandamos al cuerpo acudir en nuestro socorro o a otorgarnos cualquier placer, el cuerpo acude presuroso y sumiso, obediente y sin dilación. En la edad madura, como nos señalaba Coetzee, todo es lento y nuestro cuerpo se contagia de esa lentitud hasta adormecerse, ralentizarse y demorarse para permitirnos recuperar el resuello. El cuerpo poco a poco se apodera de nuestra atención hasta reclamarla practicamente en su totalidad, no a través del goce ya, sino a través del dolor o la enfermedad. Cada vez se hace más presente e incómodo hasta el punto de que algunos días todo consiste en buscar acomodo en dicha incomodidad.
Y envejecen nuestros cuerpos y los de los seres que nos rodean y amamos. Aquellos cuerpos que amamos y deseamos y que se arrugan y agrietan inexorablemente mientras contemplamos a través de ellos nuestros recuerdos de los viejos tiempos. Así, amarse se convierte no solo en un ejercicio de perdón continuo, sino también de recuerdo e imaginación para encontrar a la persona que fuimos y a la persona que amamos en los entresijos del tiempo y la gravedad.
Vivimos precipitadamente y no por ello de modo apasionado o apasionante. El tiempo nos traspasa sin que sepamos disfrutar ni de sus pericias ni de sus frutos. La prisa es solo miedo. Tememos ser temporales y todo nuestro afán dirige la mirada hacia un camino que nos permita huir del tiempo. Tememos por eso a la vida y su deambular y no permitimos que nos ocurra nada, para evitar así la implicación y el riesgo. Vivimos deprisa, cuando casi todo lo bello e importante de la vida exige demora. Nada sin demora merece la pena salvo la muerte. Consumir ansiosamente el tiempo no invita a la recreación, al placer sosegado que llamamos felicidad, a la implicación, a la emoción profunda, plena. Es urgente, pues, visitar la casa del tiempo, dejarnos inundar, zarandear, atravesar por sus ráfagas continuas, y permitirnos estar indefensos, ser efímeros, hermosamente desamparados y dispuestos a cambiar la mirada sobre las cosas, contemplando la corrupción que el tiempo introduce en todo lo vivo para mutarlo, cambiarlo, vivirlo y matarlo. Vivir reclama parsimonia, gozar la vida implica abandonarse a su fugacidad, mantener una calmada conversación con ella, cara a cara, con valentía, como preludio del abrazo o de la elegancia de un beso. Solo así nos puede ocurrir algo.
Se visten con las mejores galas, lucen sus exuberantes cuerpos, insultan con su juventud, inundan con su desbordada alegría salpicada de efluvios etílicos, celebran por fin su ingreso en un nuevo mundo. Han terminado sus años escolares, han finalizado su infancia y sostienen en las manos unas calificaciones que les otorgan entrada al país de los sueños. Porque ellos están hechos de sueños. Piensan que ahora el mundo se ha de preparar porque ellos están destinados a comérselo. El éxito, la fama, la gloria están a su espera. No hay sitio ni para la mediocridad ni para el fracaso. Se sienten destinados a las mayores excelencias y bondades de la vida. La muerte no les alcanza ni se les arrima.
Bastantes años más tarde, con la resaca de su celebración sobre mis espaldas, contemplo sus cuerpos gloriosos, con nostalgia por lo que yo también soñé cuando tenía su edad, con dolor por el tiempo transcurrido y no siempre aprovechado y con envidia de lo que ya está perdido. Ahora vivo rodeado de vestigios de un pasado que se soñó y no se ha cumplido. Los sueños rotos se entremezclan con las experiencias y los fracasos. Quedan restos del naufragio que aun pueden servir. Quizás a otros que, como los de ayer, soñarán con el mejor de sus destinos. La vida se encargará de situarles. Lo malo es que casi nunca lo hará con dulzura.
Mientras tanto, sonrien y beben el vino de sus copas, gozan en su inocencia, brindan a la vida y estallan a través de sus risas felices a la espera de que algún dios les vuelva con el dedo a rozar.
Un día es la suma de miles de instantes, la mayor parte de los cuales despreciamos por rutinarios, por mecánicos o por sin sentido. Sin embargo, vale sólo un instante, fugaz y casi imperceptible, de alegría, de felicidad, de dolor o de tristeza, para que el día se transforme en algo distinto. Y al cabo de los años, nuestros recuerdos se parecen a un album de instantáneas donde se acumulan momentos cuya duración fue tan escasa como un segundo, pero el sentimiento que nos procuraron aun perdura en el fondo de nuestro corazón.
Quizás por eso me gusta tanto la fotografía, no solo la que puedo hacer yo, sino la fotografía de otros, antigua si es posible, porque recogen casi la totalidad real de aquellos pasados instantes, sonrisas que ya se perdieron, miradas que se posaron sobre otras miradas que quizás ya ni siquiera existen. Desde niño me ha impresionado contemplar entre mis manos una de esas fotografías antiguas, en las que podía ver, por ejemplo, a mi abuelo cuando tenía doce años, vestido junto al resto de su familia para la ocasión. Siempre me pregunté qué estaría pensando y sintiendo mi abuelo, con aquella edad, en aquel preciso momento en que mira al fotógrafo con la picardía y la inocencia de los doce años. ¿Imaginaría él todo lo que años más tarde le tocaría vivir? ¿Sería su vida después tan extraordinaria como soñaba en aquel momento?
Instantes.... míos o apropiados, inmensamente cotidianos y normales para quien los mira desde fuera, pero fecundos e inmensos para quien los guarda en su memoria. ¿Cuántos instantes de nuestras vidas han merecido una existencia entera? Quizás muchos nos acerquemos a la sensación que pudo tener el viejo califa cordobés que repasando su vida pasada, casi al borde la muerte, comprobó en su diario que sólo había apuntado catorce días como plenamente felices. Quizás parezcan poco, pero si realmente merecieron la pena...
Me duele malversarme, malversarme de ser como si nada, perder, regalar minutos, segundos, horas, días y hasta semanas, a la nada, a una inconsciencia gratuita y dócil que nos engaña con su inocuidad aparente. Estoy, pero estoy como si nada, entre las cosas, a veces cómplice de la belleza que me atrae a su lecho y me adormece por siglos, a veces cómplice de la muerte que es el porvenir que me grita al oído que nada merece la pena.
Me desperdicio en el tiempo con mis interrogaciones, suntuosos pensamientos que ni siquiera me quitan el sueño. Regalo mi pulso a la vida sin que me de nada a cambio y creo vivir intensamente cuando apenas rozo el sentido de las cosas, la luz sin causa.
Solo soy dueño del tiempo y lo arrojo por la borda de un barco que se mece insatisfecho, que apenas se consuela en su vaivén.
... experto tocador de señoras... imaginador... donante de ideas.... pasante... gestor de utopías... especialista en seres extraños.. ingeniero de sueños imposibles.. experto en lencería femenina.... seguidor... tocador de huevos a tiempo parcial... enterrador de corazones rotos.. especialista en bajar montañas... simplificador de vidas ajenas... artista del sueño... entretenedor... paseador de señoras de la cuarentena... denominador de objetos extraños.. fotógrafo de interiores... imaginador.... cardiópata del amor... consejero con fines poco altruístas... exhibicionista emocional... retratista de almas....experto besador...paseante indisciplinado.... desayunista... especialista en actos furtivos durante festivales de canción religiosa....anarcodietista... sufragista del gremio de los osos hormigueros....amante compulsivo... silenciador... consejero delegado de empresas ruinosas..... mirador interiorista.....perito erótico ... comentarista de números circenses y de accidentes veniales... rigorista amoral.... propagador diletante.... descorseteador de senos abundantes... maleador de doncellas.... viajante de promesas incumplidas.... comercial de mentiras piadosas... cesante revolucionario.... director gerente de la sociedad contra el abandono de sueños imposibles.... restaurador de vírgenes... libertador de hormigas obreras... humidificador de jóvenes beatas.... escalador de pasiones.... abandonista de proyectos... rogador fiscal..... planeador... locutor de peleas conyugales.... administrador de bajos fondos... viceversador... clonador de billetes.. insultador de protones... encantador de mujeres casadas.... rompedor de secretos..... fumador de clases pasivas... topógrafo de lunares.... indocumentista.... espadachín.... aventurero... rupturador.... y consonentista.
P.D: pero ahora estoy de vacaciones
He llegado a la infeliz conclusión de que resulta más fácil extirpar un riñón o la próstata, por poner por caso, que extirpar algunas ideas. Extirpar un órgano del cuerpo humano se está convirtiendo cada vez más, fruto de los avances en medicina, en una simple tarea de cambio de piezas y repuestos, similar a las que siempre en el peor momento tienes que hacerle a tu coche. Llegas al quirófano, te abren, cortan, suturan y listo. Una operación fácil y rápida que acaba con tu problema y a veces hasta con tu vida. Algunos, incluso, llegan a hacerse este tipo de operaciones de forma consciente y premeditada con objeto de venderle el riñón en cuestión a algún ricachón del primer mundo cansado de tanta diálisis que no le acaba de limpiar del todo su mala sangre.
Sin embargo, cuando se trata de extirpar alguna de esas ideas que nos duelen, nos hacen daño, nos provocan malestar y sentimientos negativos, la cosa cambia, porque entonces ni encuentras un cirujano que haga la operación por ti, ni encuentras suficiente anestesia que consiga paliar el dolor del proceso pre y post operatorio. Quizás, porque precisamente este tipo de operaciones de extirpación, al contrario que la otras, requiere retirar la anestesia previamente en vez de aplicarla.
Uno se aferra a sus órganos con normal cariño, pero a sus ideas, aunque sean dañinas o humillantes, negativas, perjudiciales o simplemente bastardas, uno se aferra como si la vida le fuera en ello. Prefieren algunos desprenderse de su corazón antes que de ese muñón neuronal instalado en el cerebro y que alimenta su envidia, su ira, su autodestrucción o la del vecino, el padre o la pareja. Dirán algunos que con lo que cuesta sentar la cabeza, como para que luego tengas que sanearla a base de aplicar el bisturí de la conciencia y la inteligencia a sus secreciones mentales. Pero, realmente, cuánto avanzaría la humanidad si tales extirpaciones se hiciesen de manera generalizada y con cargo a la Seguridad Social.
Hace falta mucho valor para dejarse amar en plenitud. A la mayoría nos da miedo acercarnos a una persona que nos ame plenamente, porque nos da miedo su entrega total, su sumisión a un plan generoso y gratuito para con nosotros. Huimos de esa experiencia de amor por vanidad y orgullo, por miedo y por cobardía. Si profundizamos un poco tras la capa de rencor, vanidad, soberbia y miedo que hay en el fondo de la mayoría de las desgracias y miserias humanas, encontraríamos a personas que no se han atrevido a aceptar el regalo del amor. Es mayor nuestro miedo al fracaso, el temor a que el otro descubra nuestros secretos. Pero nuestros secretos son siempre secretos a voces para quien sepa mirar: somos seres indefensos, débiles, dependientes, que necesitamos cualquier gesto de ternura para sobrevivir. No podemos vivir sin el amor desinteresado y gratuito, sin la caricia, el afecto, el abrazo, el cariño del otro.
Estamos así pillados entre dos fuegos: entre la necesidad de amor y el miedo al mismo. Porque amar significa entregar-se, y haciendo un gran esfuerzo podemos soltar y desprendernos de algunas de las que creíamos nuestras pertenencias, pero nos cuesta la vida misma desprendernos de nosotros mismos para regalarnos a los demás y a la vida. El miedo nos puede porque pensamos que no vamos a estar a la altura o que el otro no nos dará lo que necesitamos, pero eso implica ignorancia de lo que lo es realmente el amor, donde no hay trueques ni intercambios, ni comercio por justo que se quiera. El Amor es gratis total y en los tiempos que corren no hay nada de más valor que aquello que es gratis.
La vida es ese guión que aparece en la lápida, entre la fecha de nacimiento y la de la muerte. Al final las cuentas siempre cuadran y el balance positivo de nacimientos tiene que terminar cerrando a cero con el de los que han pasado a criar malvas. Por más que nos empeñemos en ocultarle a la señora de la guadaña las arrugas y otros signos que el tiempo va depositando en nuestro cuerpo con cada vez mayor ahínco, al final la lápida hay que cerrarla con todos los datos. El funcionario del cementerio no admite olvido ni corrección alguna. Podemos intentar ocultarnos a su vista, correr a los gimnasios, a las clínicas de adelgazamiento o a las de antiedad (como si se pudieran perder años como se pierden kilos), pero debemos convencernos de que además del dinero y el tiempo no perderemos ni un solo vagón del tren que se dirige hacia el final. En esto, las religiones son como los bancos: te conceden hipotecas a muy largo plazo y te prometen la vida eterna a un interés variable. Claro que las claúsulas son temibles, porque practicamente te impiden hacer todo lo poco que de placentero tiene la vida.
En fin, que quizás lo mejor sea tomarse la cosa cada vez menos en serio, empezando por uno mismo, aunque el guión te salga movido por la risa.
La Humanidad está poblada de ingenuos que pretendemos llegar a conocernos a nosotros mismos en algún instante impreciso y futuro. No es mal ideal ni se me ocurre mejor meta, pero desdichadamente estamos diseñados para no alcanzarlo, como nos advertía Goethe. Aun más, algunos pensamos que podemos llegar a comprender las obras del tiempo, cuando realmente él se limita a enterrar a sus muertos y guardar las llaves.
Nos penetra la vanidad hasta el punto de creer que la vida de los otros, nuestros vecinos y familiares, nuestros amigos y compañeros, son como pensamos que son. Pero lo cierto es que, tal y como nos llega la realidad de su existencia, contaminada por la nuestra, sus vidas no son películas de cine que pasan a veinticinco fotogramas por segundo en un argumento continuo y sin cortes delante de nuestra mirada. No, sus vidas, son trozos sueltos, fotografías en las que la acción no puede ser aprehendida, fragmentos de conversaciones rotas, músicas rotas, dispares, desconcertadas. Solo tenemos los instantes en que realmente estamos con el otro, ese cuya vida creemos conocer y al que exigimos que se comporte como desearíamos que fuera.
Nos podemos detener en contemplar esas fotografías, intentar imaginar los pensamientos y emociones de esos seres en ese preciso instante en que la máquina robó un aislado fotograma con apenas sentido. Podemos prestarle sonido y voz al silencio de la imagen capturada y jugar a ser detectives o directores de cine. Podemos crear mil finales diferentes, pero lo cierto es que ninguno se parecerá a lo que la vida les tenga preparado.
Continuando con la idea del post de hace unos días (Vivir combatiéndose I), otra opción es volver la mirada a la naturaleza, volver a nuestro origen y a nuestra esencia más animal, no como un ser embrutecido, sino con la mirada inteligente y emocionada que nos permita sentirla en toda su profundidad: sentir el leve sonido de las hojas que agita la brisa en una caída lenta de la tarde, apreciar el frescor del resencio a la caída de la noche y aspirar su aroma mezclado de flores y animales, de vida que se adormece y de vida que se despierta, y el sonido de ese grillo lejano que se recrea en su sinfonía monocorde y rompe el azul oscuro de la noche solo interrumpido por las estrellas...Aspirar el aire y entender su significado, mirar al cielo y conocer su gramática en movimiento, oler la tierra, saborear sus frutos, hundir las manos en ella y ungir el cuerpo con el agua que la humedece... Celebrar la naturaleza que nos rodea y que llevamos dentro porque somos parte de ella aunque se nos haya olvidado. Realizar el viaje de regreso a la gran casa materna, con la ceremoniosidad de un oferente religioso, sí religioso, aunque magníficamente pagano. Un paganismo inicial y sincero que nos retrotrae al utero planetario como especie y como individuos, despojados de lo artificial, de lo falso, de lo innecesario, como niños curiosos, despiertos, atentos a todo, admirados y sorprendidos, fascinados por un croar de la rana o por la fortaleza suave del junco. Volver, en definitiva a lo que los hombres y los dioses nos arrebataron. Recuperar nuestra esencia, la energía, las ganas y vivir, o morir, pero con la dignidad de un ser salvaje y auténtico.
En algún momento de nuestra existencia, cuando nos miramos y ya no vemos la sonrisa pícara del adolescente que fuimos o la mirada arrogante del joven que quedó atrás, sentimos que el sutil hilo de la vida se nos está agotando, que queda poco para llegar al final del ovillo. Es entonces cuando uno se plantea miles de preguntas sobre el sentido de todo lo pasado, sin entretenerse mucho pues no es cuestión de perder el poco tiempo que te queda en disquisiciones sobre lo que fue y lo que no fue y pudo ser. Es entonces cuando debemos plantearnos qué hacer con el resto del hilo que lleva al final. Unos optan por acomodarse en un sueño plácido y autista que los aisle del peligro de reflexionar sobre su propia trascendencia. Otros, en cambio, parecen aprovechar esa especie de iluminación profética para hacer un último esfuerzo y correr aun más deprisa hacia la meta, aspirando a bocanadas frenéticas el aire que se mueve a su alrededor. Me recuerdan a los peces cuando se les saca del agua y saltan intentando salvarse de su lenta agonía.
Hay millones de opciones, pero hay una que a mí me tienta especialmente. Me la describía hace poco una amiga con muchos más años que yo: optar por la simplicidad, huir de todo lo artificial que nos rodea y que llevamos dentro como una enfermedad enquistada y oculta que solo se deja ver por sus síntomas (estres, angustia, prisa, ansiedad, vacío, depresión...).
Buscar la simplicidad para volvernos a sentir como en la infancia y reconciliarnos con nosotros mismos y la naturaleza, es decir, volver, de verdad, a la realidad, asumirla, disfrutarla y sentir la energía que se desprende de todo lo verdadero. Porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, decía el viejo Oliveira. Buscar la simplicidad es un camino hacia la libertad y nos ayuda a desprendernos del artificio, del miedo y la desgana. Nos acerca a la verdad y la pasión, esa fuerza necesaria para vivir combatiéndose, la única manera en que la vida vale la pena, aunque duela.
Me voy de vacaciones. Me arriesgaré a coger un avión pese a que en el pasaje pueda viajar un perturbado (por la religión o cualquier otro alucinógeno de síntomas terroristas) y decida poner fin a mis viajes de forma radical. Me someteré a los dictados y manoseos de esos aprendices de torturadores que han colocado en los controles de los aeropuertos y, armado de infinita paciencia, no me acordaré de la familia de ninguno de ellos. Todo, porque creo que a mi vuelta, todo, y digo todo, habrá merecido la pena. Porque a mi regreso, allá en Septiembre, nuestros políticos habrán aprendido las lecciones necesarias para que el nuevo curso político no tengan que repetir asignatura. Posiblemente para ese entonces, el estatuto catalán ya habrá dejado de ser noticia y el implante neuronal de Acebes habrá surtido su efecto. Estoy seguro que los israelies ya habrán dejado en paz a los civiles libaneses, los de Hezbolla ya habrán agotado sus reservas de cohetes de feria, Bush seguirá dormido en su rancho tejano soñando con la muerte de Fidel y Bin Laden habrá comprendido que el mejor camino es el místico y se retirará al desierto a meditar sobre lo caduco de la vida.
A mi regreso habrán bajado los precios de la vivienda y del barril de petroleo, habrán desaparecido los incendios en Galicia y cualquier otro rincón de este país donde abunden los tarados dispuestos a prender la llama y salir corriendo mientras el culo se les hace cocacola. Volveré a abrir los periódicos y podré leer información veraz e independiente. Encenderé el televisor y disfrutaré de programas de elevado nivel cultural y buen gusto. Saldré a la calle y ya no veré a nadie más en chanclas en la cola del banco, qué digo colas, ya no habrá colas ni en los bancos!!!!
- Odyseo!! Odyseo!!!
- Qué? qué?
- Despierta, que te tienes que ir a trabajar y llegarás tarde!!!!!!!!!!
Dulce es aún la luz para los ojos
que se asoman a ver
si ha cambiado algo en el desierto,
donde el viento pasa y abandona
al viejo arbusto que aun resiste...
(A fuerza de ver todos los días la luz
hemos perdido la conciencia de su milagro,
la capacidad para distinguir sus tonalidades
diversas, múltiples, cambiantes;
la paciencia para admirarla tranquilamente,
para saborearla junto con el aire
y para recordarla junto a los otros
momentos de la memoria)
Hay que vivir combatiéndose, la única manera que vale la pena, aunque duela, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero. Por varias razones: por ser dignos de nosotros mismos, como seres humanos dispuestos a dar lo mejor de sí; segundo porque somos seres creados para la búsqueda constante, no para dormir la siesta de la vida en el sillón de nuestra casa; tercero, porque por menos de eso la vida no merece ser vivida. Somos seres que buscan algo que siempre está desesperadamente lejano, algo que no se alcanza de cualquier modo, sino con armas fabulosas. No nos vale nuestro pensamiento descafeinado de occidente y sus potencias gastadas por su propia mentira. No nos vale la cultura adormecedora de los más altos sentidos, compasiva con todas nuestras debilidades. Eso son simples coartadas del animal hombre cuando entra por caminos irreversibles. Solo nos sirve el deseo de alcanzar la unidad-totalidad sin división, entre cuerpo y alma, cuyo fruto es el encuentro incesante con nuestras carencias, la nostalgia dolorosa de un territorio donde nos sintamos libres y naturales. Ese territorio se adquiere, se gana si somos valientes y nos adentramos en los caminos nuevos, sin explorar, con otras brújulas y con otros nombres.
De lo contrario, tarde o temprano nos daremos cuenta de que todo es inútil, que la verdadera condena es el olvido de lo que realmente somos, de lo que fuimos y hemos apartado a un rincón lejano de la memoria con nuestra conformidad vacuna, la alegría barata y sucia del deber cumplido y las vacaciones pagadas.
Hay que vivir combatiéndose, luchando contra el cancer de la desgana, del aburrimiento, de la autocomplacencia, contra el olvido y la desmemoria, contra la razón sin emoción, contra el miedo, contra la vergüenza, la irresponsabilidad, la dejadez, la pereza, el sueño que se convierte en pesadilla. Hay que vivir como si nuestro ser fuese la mejor utopía.
Dios nunca se acuerda de llamarnos para contarnos algo, qué se yo, cualquier cosa, como hacen nuestros amigos cuando se sienten solos o aburridos o felices y exultantes. Dios nunca nos llama, ni siquiera cuando está borracho, allí arriba, en su maldita soledad, ahogado en sus propias lágrimas de desengaño por la imperfección evidente de su obra perfecta. Dios no nos avisa de sus planes ni nos consulta. Se reune consigo mismo y, de pronto, caprichosamente, elige devastar una región de África o quemar una parte del mundo. A veces, si está demasiado borracho o cansado, sin fuerzas para desastres mayores, solo hace un gesto con el dedo y nos manda un cáncer o un absurdo atropello, un accidente precoz e inesperado o una desgracia para la que nunca elige a los prevenidos. Dios no nos elige nunca sino para ponernos como ejemplo de su propia ruina.
Estamos rodeados de falsos héroes. La publicidad, el cine, el deporte nos levantan cada día un par de pedestales donde ensalzar la figura de supuestas estrellas mediáticas cuya mayor heroicidad en esta vida ha consistido en protagonizar una película o marcar un gol, en casarse con otro famoso o en haberse acostado con él. Sin embargo, la mayor parte de las personas que hay a nuestro alrededor, en el trabajo, en la comunidad de vecinos, en el autobus o el metro, en la playa o la piscina, nos pasan completamente desapercibidos. Son personas que se esfuerzan simplemente en ser decentes, no hacer daño a nadie y actuar con sentido común. De todos ellos, la gran mayoría, además, se esfuerza por ser buenos padres, buenos profesionales, tener un aceptable círculo de amistades y mantener medianamente saneadas las relaciones con la familia. Los hay incluso que llegan a proponerse no engañar a su pareja, no mentir a nadie bajo ninguna circunstancia, pagar religiosamente los impuestos y cumplir cada cuatro años con sus obligaciones como votantes. Son personas que se abrochan el cinturón cuando van en el coche, que cumplen aceptablemente con el código de circulación y con el de educación, que se preocupan por sus amigos y vecinos, que no roban en los grandes almacenes y ceden su asiento a las embarazadas o personas mayores en el transporte público. Los hay que recogen las deposiciones de sus mascotas cuando pasean por las aceras, que saben esperar con paciencia a que les atienda la dependienta o el camarero, que guardan la cola y que procuran reciclar la mayor parte de sus desechos no orgánicos. Incluso los hay que no se dejan comprar por el partido o el sindicato, por el jefe o por la inmobiliaria, por el banco, el seguro o la compañía telefónica.
Son personas sencillas, mediocres incluso, según los modelos al uso. Tan sencillas que algunos tienen el valor de intentar poner todos los días un granito de arena y hacer de su pequeña parcela en este mundo un lugar más acogedor, más amable, más positivo. Les basta con un saludo afectuoso, una sonrisa, una cara amable, un gesto de acogida; se ayudan con palabras reales que reflejan su pensamiento real, con pequeños gestos que son el más puro reflejo de sus emociones verdaderas; no necesitan mucho más, les basta con la amabilidad y la sinceridad, como únicas armas con las que enfrentarse al enemigo y hacer este mundo un lugar algo menos inhóspito. No cantan, no meten goles, no se pasean en grandes coches ni con hermosos vestidos. No los verás en las fiestas de renombre ni en los más famosos "saraos". No salen en las revistas ni en la televisión. Son invisibles para una sociedad que busca a sus héroes en los estercoleros.
La sociedad de la que formamos parte activa es una sociedad hedonista. No voy a repasar ahora todas las versiones del concepto que se han dado desde Aristipo de Cirene hasta Stuart Mill, pasando por Epicuro o Hobbes. Lo importante es que seamos conscientes de lo que somos. Una sociedad hedonista, en su versión más material y simple, es una sociedad que solo vive para el placer más material y simple. Con lo cual, su talla moral se sitúa casi a la altura de sus instintos. Una sociedad hedonista es aquella que rechaza el esfuerzo como fuente de consecución de las metas, y de paso, rechaza las metas que suponen o requieren algún esfuerzo. Pero sobre todo, una sociedad hedonista es la formada por personas que huyen continuamente de la realidad. Si algo les altera el ánimo, se toman alguna sustancia que les devuelva a la semiinconsciencia en la que viven; si algo les duele, se toman un analgésico; si algo necesitan lo buscan con ansiedad y lo acaparan. Es una sociedad donde no existen relaciones auténticas de amistad o amor, pues todo se rige por el interés.
Tan solo el dolor, ese dolor inesperado, sopresivo, que te golpea y te da un zarpazo cuando menos te lo esperas, nos sitúa en la realidad de nuevo, nos despierta del sueño hedonista y autotranquilizador, nos zarandea, nos ataca y nos hiere, nos produce daños casi insufribles y nos destroza por dentro. Si conseguimos recuperarnos, volvernos a levantar y respirar, comprendemos que la vida estaba ahí, pero nosotros nos habíamos salido de ella, nos habíamos querido ocultar, esconder, para no sentirla, para no verla ni vivirla. La vida nos da miedo y por eso emprendemos tantas veces esa inútil huida de los sentidos. Nos da pavor entender que la vida no nos va a tratar mejor que a los demás, que no va a tener mejor consideración con nosotros. Nos estremece saber que no somos nadie ante la vida, que nuestro apellido o nuestra cuenta bancaria o nuestros títulos o reconocimientos, no valen para nada.
El placer es lo único bueno que tiene la vida, pero no podemos buscarlo a costa de perder la vida misma. El placer es el sentido de la vida, pero si nos olvidamos del dolor, corremos el riesgo de alienarnos, de perder nuestra esencia humana y de desperdiciar la vida en el fragor de lo insustancial. Y sobre todo, no podemos olvidar que hay muchos tipos de placeres y mientras unos nos hacen mejores, otros simplemente nos adormecen y nos devuelven a la vieja condición animal.
Solemos considerar artista a toda una serie de personas dedicadas a la realización de obras de arte del tipo de un magnífico edificio, una hermosa escultura o una pintura que refleje la realidad con la fidelidad de una cámara fotográfica. Actualmente, el concepto de artista ha ampliado su significado y abarca también a todo un conjunto de personas que realizan una labor de tipo creativo: fotografos, diseñadores de moda, cocineros de diseño, modelos de pasarela, peluqueros, estilistas. No voy a entrar a discutir sobre esta cuestión. Lo que me parece importante en este momento es fijar la atención sobre la vida del propio artista.
La mayor parte de los grandes artistas de la historia han pasado a la gloria por su obra pero no por su vida. Suele ser un elemento bastante común encontrar biografías de artistas repletas de excentricidades, vagabundeos, zonas oscuras, traumas y toda clase de miserias humanas. A cualquiera que analizara estos elementos vitales desde una óptica meramente superficial le parecería que estas tristes biografías habían de ser una especie de conditio sine qua non para el objetivo de convertirse en un verdadero artista. Sin embargo, sin apartarnos ni un ápice del concepto de artista, podríamos encontrar a nuestro alrededor a muchas personas que sin tener la habilidad de pintar un cuadro o esculpir una pieza de mármol, son capaces de pasar por la vida con la elegancia más fina y la postura más correcta; unas personas que siempre en cualquier situación saben estar; personas que manejan con soltura y creatividad la capacidad para tratar a todos sin altivez, que saben entender lo que cada situación conlleva y saben acomodarse a estas circunstancias cambiantes, sin soberbia, con pasmosa sencillez y con alegría. Eso para mí también es arte, una suerte de arte vital que considero tan importante como ese otro que todos admiramos. Son personas discretas, que no llaman nunca la atención, que observan desde lejos, que se expresan con cercanía y afecto, que nunca se alteran, que tienen siempre la paciencia para esperar que todo se coloque en su sitio y que tienen suficiente fe en las personas como para esperar de todas lo mejor. Esos artistas no abundan, pero todos deberíamos tener la suerte de disfrutar de alguno de ellos. Para ello, solo necesitamos mirar a nuestro alrededor con el mismo arte.
Deja un pensamiento tuyo, personal, íntimo;
a todos los que pasais por aquí, de manera asidua u ocasionalmente,
dejad una frase, una idea, un sentimiento,
una ocurrencia, un deseo, una confesión.
Aunque utilicéis el anonimato,
dejad algo que os identifique
como humanos, como dioses o como aquello que seáis.
No os pido nombres, ni lecturas,
no busco nada más que vuestro regalo,
unas palabras, un simple detenerse y pensar,
escucharse a si mismo, sin otra finalidad,
ponerle voz... a vuestro instante,
a vuestro tiempo y lugar,
a vuestra eternidad o destino.
Gracias
P.D: estaré fuera varios días pero a mi regreso prometo responder a todos.
¿Qué pasaría si cogiéramos a todos los usuarios de ambos sexos que llenan los múltiples gimnasios del país, que corren como locos/as en cintas que no llevan a ninguna parte, que habrán levantado toneladas de peso al término de sus tediosas sesiones de pesas, que habrán recorrido varios tours sin levantar el culo del asiento de una bicicleta sin ruedas dentro de una habitación sin ventilación rodeados de sudor propio y ajeno? ¿Qué pasaría si cogiéramos a los miles y miles de sujetos que corren por aceras, parques, carreteras, calles, polideportivos o campo a través, a cualquier hora, todos los días, haciendo kilómetros de ida y vuelta, sin más sentido que el perder unos kilos o ganar una carrera contra su propio calendario? ¿Qué pasaría si todo ese esfuerzo inutil y vacuo, si toda esa fuerza y energía desperdiciada en el sin sentido de la sociedad actual que necesita quemar la grasa de su avaricia, de su codicia y de su ansiedad para creerse sana, la empleáramos en algo provechoso como mover alimentos hacia el Tercer Mundo, vaciar de pobreza o de Sida la inmensa habitación de África, eliminar la esclavitud o la prostitución infantiles?
Que me diríais que eso es demogógico y seguiríais quemando grasa en el gimnasio.
Qué lástima de energía desperdiciada!!!!
Con los números pasa como con casi todo en esta vida: están sujetos a los gustos y a las modas. Por ejemplo, conozco a algunas personas que odian a muerte a los números impares. Casi tantos (más uno) como los que conozco que sienten aversión por los números pares. Hay personas a los que les hace especial tilín el número cinco o cualquiera de sus múltiplos. El tres, por ejemplo, goza de gran predicamento entre el colectivo de conyuges cornudos así como entre los asistentes al decimoctavo congreso sobre el dogma de la Santísima Trinidad. El sesenta y nueve produce cosquilleos al menor descuido de la imaginación (sin que haga falta ser del signo de Piscis para recordarlo). El doce siempre ha gozado de gran estima entre los cristianos y los vendedores de huevos de aves de corral. El trece depende. Si eres italiano gozarás en su presencia, pero si eres de casi cualquier otra latitud será signo de mal fario.
Algunos son tan obsesivos que todo en su vida procuran que cuadre con su considerado número de la suerte: desde la fecha de su boda o el número de veces que se ha divorciado, el número de hijos, el número de la habitación del hotel o la terminación de la lotería de Navidad. Lástima que tal consideración suele ser totalmente gratuita si no el número de multimillonarios en este país sería inmenso. Los hay tan retorcidos que tienen que acudir a las enciclopedias para buscar su número preferido, no se contentan con cualquier número entero sino que tienen que recurrir al mundo de los números fraccionarios. Así, están los seguidores del número phi (al borde de la excomunión por parte del Opus Dei), los del número pi (por una hache éstos se libran de la excomunión), los de la media aritmética, eternos rivales de los de la media geométrica y un largo etcétera.
Yo, personalmente, en esto de los números suelo ser poco maniático: el cero me encanta si es de derechas; el uno me gusta para el número de mujeres que pueden soportarme durante una temporada más o menos larga (matrimonio) y a la vez; el dos me parece perfecto para el número de hijos que la vida me ha concedido (que yo sepa); el tres... ejem, ejem... para una noche no está nada mal... En fin, que a mí los únicos que no me gustan son los números primos, lo cual no requiere más explicación, y los números rojos con los que me maltrata mi banco cada 2x3.
Cuando uno regresa, realmente imagina que regresa, pero nunca vuelve al mismo lugar de donde partió. El camino siempre es hacia delante, hasta cuando damos marcha atrás. Y en el camino a veces nos encontramos con vidas como las de los seres inconquistables que yo he concido en los últimos días. Son seres magníficos, grandes, reales y honestos, con nombres propios, con circunstancias difíciles y especiales, pero siempre con la alegría y la fuerza de la vida brotando por sus ojos y sus manos. Aman, imaginan, piensan, sienten, se entregan, se dan, se ofrecen y te ofrecen miles de oportunidades de contemplar su enorme grandeza en cada gesto, cada saludo, cada minúsculo acto cotidiano y diario que realizan con el cuidado del artista que está terminando una nueva obra. Ellos tambien son un espejo donde mirar nuestras propias grandezas y nuestras imperfecciones. Por eso, cuando pareces que eres tú el que das, realmente eres quien recibe. He pisado sus tierras, secas y rojas, con olores múltiples, diversos y profundos; he habitado sus casas no como un invitado sino como uno más de ellos; he comido con ellos y he dormido sus sueños; he reído; he sido feliz. Dicen que para aprender algo, antes hay que olvidarlo y volverlo a aprender siete veces. Ya me queda menos. Ahora sé donde mirar.
"Con la serenidad con que no duele
la desaparición de cualquier rosa,
porque sabemos que otra rosa incólume,
una idéntica rosa sin pecado
la sustituye al acabar el día,
y porque el orgulloso pensamiento
mantiene preservada en una idea
la rosa perdurable que no muere,
con ese mismo aplomo deberíamos
resignarnos audaces al futuro..."
Del libro Metales pesados de Carlos Marzal
P.D: Estaré unos días fuera por un viaje. Os veo a la vuelta. Sed buenos... si podéis.
Muchas veces nos cruzamos en la vida con personas que nos ofrecen la oportunidad maravillosa de la amistad. Casi nunca somos conscientes de lo que está ocurriendo hasta que no ha pasado un cierto tiempo, a veces años, y de pronto descubrimos que estamos junto a una persona que nos ha regalado el maravilloso don de la amistad.
Ayer me he despedido de unos amigos a los que muy probablemente no volveré nunca más a ver. He recordado nuestro primer encuentro, cuando por razones de trabajo nos conocimos y mantuvimos una serie de reuniones. Tras cada uno de aquellos encuentros, separados a veces por meses, nuestra amistad se fue consolidando sin que apenas nos diéramos cuenta. Ayer, al despedirnos, de pronto supe cuánto pesaba esa amistad. Me pregunté cuántas ocasiones habré desperdiciado en el camino, por ceguera o insensibilidad, por ignorancia o por prisas, para sembrar la semilla de la amistad en tantos otros encuentros con otras muchas personas. Me pregunté por qué no nos atrevemos a entregar nuestros gestos de amistad desde el primer momento en que sentimos que las personas que tenemos en frente son especiales y por qué permitimos que pasen años hasta que descubrimos que esa persona merecía la pena.
Ahora estos amigos han regresado a sus ciudades y a sus vidas. Los recordaré con cierta frecuencia y sentiré esos lugares donde ellos viven, ríen, sufren y aman diariamente como lugares entrañables y cercanos aunque estén a miles de kilómetros.
Más que la pérdida, siento la oportunidad que me ofrece el haber descubierto que merece la pena arriesgarse sin necesidad de dejar pasar años hasta confirmar que alguien merece mi amistad. Al fin y al cabo, mis amigos son la única riqueza que poseo.
Mi vida es casi mi única real pertenencia. Nuestra vida es nuestra y de nadie más. Mientras somos jóvenes nos podemos permitir el lujo de ceder parte de ese patrimonio a otra persona, de permitir que alguien nos lo malgaste o mal-administre, pero cuando sentimos que el caudal empieza a declinar, debemos recuperar la propiedad exclusiva de nuestra vida, o de nuestro tiempo, que, al fin y al cabo, es lo mismo. Porque la vida es solo tiempo, tiempo que se extiende como un territorio sin vallas, un territorio inicialmente en barbecho y baldío pero que podemos sembrar y hacer fructificar varias veces. Cualquiera puede ser el terrateniente de ese espacio invisible, pero solo mediante un golpe de estado conseguimos el poder sobre el mismo. Si no lo logramos, no seremos nadie.
Un día, por un suceso trágico e intenso o porque el dedo de un ángel nos ha rozado la frente, descubrimos el valor incalculable del tiempo que nos resta antes de disolvernos en el espacio. Habremos sido unos hijos o padres ejemplares, unos ciudadanos honestos y unos empleados esforzados, pero si no hemos sido dueños de nosotros mismos, no habremos sido libres ni habremos vivido nada. A partir de cierta edad las metas ya no deben ser lanzarse en un paracaídas o correr la maratón salvo que nos pongan un ataud en la línea de llegada; a partir de esa edad, de esa revelación, las metas son más difíciles ý trascendentes. El tiempo es algo abstracto, pero no las horas. Hacernos dueños del tiempo es hacernos dueños de las horas, vencer a esas pequeñas soldados y gobernarlas, para hacer con ellas lo que realmente nos apetezca: compartirlas o regalarlas, pero siempre para crecer por dentro. El tiempo también es silencio, por eso a veces lo mejor es callar... nunca obedecer.
La vida cotidiana es el mayor y mejor disolvente que existe. Pongan una cantidad suficiente de dolor o de pasión, o de cualquier emoción intensa, y añádanle una buena dosis de vida cotidiana, de día a día, y comprobarán que la mezcla explosiva y casi inaguantable o insufrible del principio, se convierte como por arte de magia en una plácida sensación de comodidad adormecedora.
Imaginad a Romeo paseando y susurrando los más intensos versos a su amada Julieta al cabo de varios años de matrimonio y comprobaríais que la respuesta de ella podría ser muy bien algo como "querido, ponte la bufanda no vayas a coger un nuevo catarro".
Imaginad al viejo Dante, tras haber sorteado toda suerte de infortunios en los círculos del infierno hasta dar con su hermosa Beatrice, escuchando de los labios de su amada palabras como estas: "Mi amor, ¿te lavaste ya los dientes? Pues apaga la luz y vamos a dormir".
No es que hayan cambiado, es que la vida ha transcurrido entre medio de sus inspirados versos, de sus pasiones, cubriendolo todo con el barniz de lo cotidiano. No es que no se quieran o no se profesen amor, es que ahora ese amor se descubre, no escalando una torre o descolgándose por un balcón, sino viendo caminar a uno al lado del otro, casi tambaleantes por sus débiles piernas llenas de varices o de artritis, cuidándose mútuamente.
Sus besos ya no son frescos ni huelen igual, por eso ellos solo existen en el paraíso de los libros. ¿Habría salido Romeo corriendo tras de una Julieta que coloca todas las noches su dentadura en un vaso de agua sobre la mesilla? ¿Habría buscado Dante en el submundo a una Beatrice que le pega todas las noches en el costado con el codo para que deje de roncar?
Pues eso, la vida.
Pecho dulce,
desnudo de telas y leyes.
Para verlo como yo quería
cerré los ojos.
(Pasó y dejó su aroma,
a lluvia y tierra,
como de humedad en verano).
Hoy ya no existes
sino en el recuerdo
de la mano que no te encontró.
Me gusta violar leyes. No leyes cualquiera, simples, cotidianas, de código civil o de circulación. Esas no tienen mérito alguno y sí una considerable peligrosidad para los demás. No, prefiero irme a las grandes normas y saltármelas una por una. Por ejemplo, yo siento un goce especial cada vez que violo la ley de la oferta y la demanda; me gusta elegir aquello que nadie quiere, aquello que el mercado no valora o no demanda. Porque el mercado se confunde muchas veces y deja en el fondo de su canasta a personas y cosas de gran valor, aunque el embalaje esté algo dañado, o sucio, o ni siquiera venga envuelto. Y sobre todo, es que me gusta todo aquello que no se puede comprar, que no se vende, que no está en el mercado, sino en la Vida.
Me gusta violar la ley del más fuerte, más que nada porque para ello solo hay que tener una pizca de inteligencia y poco más. Con la mía, me alcanza, justito, pero me alcanza.
La variante de esta norma que son los artículos de “porque yo lo digo”, “usted no sabe quien soy yo”, me producen especial placer, pues cuando me los paso por el forro de mi santa voluntad, me entra una risa de difícil control.
De todas formas, la ley que más me gusta saltarme es la ley de la Gravedad y levantarme en el aire, sobre el suelo y sus miserias, sobre lo cotidiano y sus rutinas, y soñar libremente, sin las ataduras del buen orden.
Ahora me entreno para saltarme las leyes del tiempo, las del espacio físico, y saltar sobre las nubes, volar hasta las ciudades donde habitan mis amigos, abrazarles sin prisa y regresar a casa para dormir mecido en un dulce sueño de niño.
El viejo Horacio se complacía en demostrar que con sólo mirar la forma de andar de una persona (se le daban mejor las mujeres, pero administraba su especial habilidad con todo lo que se movía) sabía perfectamente cómo era esta persona en aspectos tan íntimos y ocultos como sus relaciones sexuales o la sensibilidad estética hacia una obra de arte.
Siempre decía que la forma de la cara, su redondez o longitud, su grado de elasticidad, el color y las arrugas, permitían saber si una persona era capaz de admirar un Guirlandaio o no podía pasar de la pintada en la puerta de un retrete publico.
Algunos, entonces, le hacíamos ver la extrema distancia que mediaba entre un caso y el otro y le recriminábamos que así no arriesgaba mucho. Pero él no se apeaba e insistía en que la cara, el rostro, la mirada, la voz, las manos, los pies, los tobillos y, sobre todo, la forma de andar, delataban al portador en aspectos tan peregrinos como su capacidad de disfrute de un buen polvo hasta su sensibilidad ante una obra de Dostoievski.
Un día, animado por nuestra curiosidad e incredulidad, se atrevió incluso a parar a una señora en la calle -señora a la que había observado detenidamente instantes antes- para preguntarle si era cierto que llevaba varios meses sin tocar a su marido ni catar los placeres del sexo. La señora en cuestión le soltó una sonora bofetada.
Cuando Horacio regresó a nuestro lado, lejos de amilanarse, se sintió claramente respaldado en sus hipótesis pues dijo que tanta energía aplicada a su curtido rostro, no podía provenir de otro sitio que de la acumulación libidonosa contenida durante varios meses en el enjuto cuerpo de la susodicha.
Sin embargo, a partir de aquel día, el juego en cuestión se limitó al campo de la teoría, cediendo gustosamente el honor de la comprobación a científicos con más vocación que la suya.
He sido un ramo de preguntas
en lo que dura un suspiro
con paso de mensajero.
De amor a amor
se amontonaron los abrazos
en el vértigo de la distancia.
Ahora vuelo escondido,
con lentitud solemne,
en las alas de una gaviota.
¿Qué hay detrás de las palabras? Detrás de las miles y miles de palabras que pronunciamos a diario, detrás de las miles de palabras que se encierran en el diccionario, detrás de los millones de palabras que podemos escuchar en cientos de idiomas, detrás de todas ellas ¿qué hay realmente? ¿Muestran las palabras sus verdaderos significados o tras cada una de sus letras y sonidos se oculta otra realidad esencialmente distinta? ¿Detrás de á-r-b-o-l hay realmente un árbol, con sus ramas, su tronco y sus raíces? ¿Dónde queda el tronco, a la altura de la letra "b"? ¿entonces la "a" son sus raíces y la "l" sus ramas? ¿Y los árboles ingleses tienen por tronco la "r" de tree? ¿Y los troncos de los "árvores" portugueses son más pequeños al ser una "v"? ¿Son distintos los árboles en cada idioma?
¿Las palabras descubren u ocultan? ¿Son sinceras cuando mienten las personas, o son falsas hasta cuando decimos la verdad? ¿Qué hay detrás de la palabra a-m-o-r? ¿amor? ¿vale igual esa palabra cuando la pronuncia un individuo u otro? ¿da igual quién la escuche? ¿o cada uno le otorga una impronta que la somete a la voluntad del pronunciante hasta cambiarle su esencia verdadera? ¿Es verdad la palabra v-e-r-d-a-d? ¿y la palabra m-e-n-t-i-r-a entonces qué es?
Las palabras duras ¿suenan siempre igual? ¿y las palabras tiernas? ¿Y qué me hace elegir una u otra sino el corazón? Entonces, ¿quién habla y elige mis palabras? ¿....o son ellas quienes me eligen a mí?
Entre las muchas tareas a que nos obliga la existencia, una de las más difíciles es la de aprender a decir Hola y la de aprender a decir Adios. Casi nadie sabe hacerlo de forma plena y profunda, sino que lo más a que llegan algunos es a hacerlo de manera superficial. El problema es que cuando llevamos andado la mitad del camino, el equipaje se hace tan pesado que ya no sólo no nos permite continuar salvo que hagamos un gran esfuerzo, sino que además nos impide recibir lo nuevo que nos espera detrás de cada curva, porque no hay sitio para ello.
Aprender a despedirse del pasado, de lo que fue y ya no es, de lo que existió en algún momento y nos fue dado, pero que desapareció o se fue poco después; despedirse significa desprenderse, dar el paso del desapego, sea un determinado sentimiento, una idea, una experiencia, una persona o una cosa. Algunos sienten miedo ante la despedida y hacen como que se van rápidamente para no prolongarla, pero realmente no se despiden porque su mente o su corazón sigue prendado del ser que desaparece. Otros, parecen decir adios con la mano, pero su ánimo se angustia por la pérdida y se encadenan al sentimiento que la ausencia dejará en ellos. En otras ocasiones son partes de nosotros, viejas formas de ser, antiguas formas de pensar o actuar, las que nos negamos a abandonar definitivamente por temor al cambio. Se nos olvida que no podemos decir Hola si antes no hemos pronunciado el Adios, es decir, se nos olvida que no podemos recibir nada nuevo si no hemos abandonado lo viejo y nos hemos comprometido con el cambio.
La segunda parte, implica dar la bienvenida, acoger, asumir, adaptarse a lo nuevo. Tras abandonar los viejos caminos, tras la elección en una encrucijada, toca reordenar el equipaje y hacer sitio a lo nuevo que trae el cambio. Supone estar abiertos a lo que el destino pueda traernos, pero también significa mantener una posición de búsqueda activa, continua e intensa de todo lo que realmente nos ayude a ser felices, a completarnos como personas y a ser mejores seres humanos. También aquí es el miedo el principal impedimento, que se alza como un muro infranqueable entre la seguridad malsana de las rutinas y hábitos, y la inseguridad de los pasos sobre terreno virgen e inexplorado.
En definitiva, un equipaje que permanezca inalterable en todo un viaje solo es admisible para los viajes cortos o para los cruceros de lujo. Para el resto, recomiendo ir cambiando de vez en cuando, todo.... menos la maleta.
La música es la distancia más hermosa entre tú y yo. Puede haber kilómetros de separación física; tu belleza puede ser invisible en la lejanía, tan solo permanecer en mi recuerdo o en mi imaginación. Pero la música, esa que suena en mi interior cuando te siento, cuando te percibo, cuando te huelo o cuando te sueño, esos sonidos de extraña y dulce melodía, nos atan al uno junto al otro, nos unen mediante un hilo invisible y mágico. Sólo la música nos permite el vuelo inmediato hasta los confines del otro, hasta su cercanía y su presente. La música es el camino y el viaje, es la distancia y el paso, es la voz del alma que añora tu presencia y es la voz divina con la que hablamos.
¿Qué música suena en tu corazón?
Feliz Año Nuevo!!!!!!!!!!!!!!
Estamos atrapados en Diciembre, el mes del consumo voraz. Rodeados de jóvenes y hermosas papanoeles vestidas de verde, amarillo o rojo, según convenga a la empresa comercial que las patrocina, paseamos estresados por calles atestadas de espíritu navideño. Condenados a entendernos con la familia, aunque solo sea por unas horas, un par de días, todo nos impulsa a reir sin ganas, a festejar sin ánimo y a cumplir con una cadena cada vez más pesada de compromisos.
Navidad como condena, asumida y cumplida hasta las últimas consecuencias. Encadenados a los convencionalismos, a las tradiciones de hace tres días, a los debería de toda la vida, nos sentimos imposibilitados e incapaces de romper el terrible círculo vicioso. Nadie recuerda por qué todo esto ni falta que hace. Si lo dice el Corte Inglés, basta.
Bastaría con que le dedicáramos un minúsculo momento de atención. Un instante en el que consiguiéramos evadirnos de la condena y pensáramos qué queremos ver nacer en nuestra vida en el próximo año, que deseamos profundamente hacer de nuevo con nuestra vida y plantearnos en serio llevarlo a cabo. Bastaría con eso para que, depronto, todo cobrara algún sentido, la celebración, los regalos, la fiesta y la alegría. Bastaría, entonces, con eso, para que ya no fuera necesario tanto gasto de tiempo, de energías, de ganas y de fuerzas, de dinero y de paciencia. Bastaría, quizás, con la mirada, el abrazo, la mano tendida, algún mensaje sorpresa, una sonrisa, una conversación...
Feliz Navidad
A Dios le debió importar mucho eso del sexo (al menos en eso nos parecemos). Como diseñador, cuidadoso de hasta el último detalle, celoso del acabado final, cuando hizo al hombre y a la mujer, nos hizo absolutamente iguales en todo excepto en esos detalles físicos que nos otorgan el maravilloso don de la sexualidad. Lo hiciera de un golpe (como opinan los antievolucionistas) o en fases sucesivas (como la ciencia y Darwin han demostrado), el resultado no deja espacio para la duda: estamos hechos para el sexo, aunque no solo para ello.
El único problema, y de eso no debe tener la culpa Él, es la Iglesia, empeñada desde sus orígenes en ir contra la obra de Dios. Y si lo del Gran Diseñador fue amor al arte y al puro disfrute por la obra bien hecha, lo de la Iglesia no es otra cosa que una tremenda obsesión por ese "error" del Jefe. Por menos motivos, en una empresa seria hubieran despachado a ese tipo; el caso es que aquí no pueden hacerlo pues hace ya mucho tiempo que lo despidieron.
Funcionario, categoría, gestor,
matrimonio, iglesia, deber,
hábito, sindicato, costumbre,
enfermedad, futuro, muerte,
enseñanza, consejo, indiferencia,
castigo, trabajo, archivero,
estatus, democracia, carrera,
turista, sacramento, justicia,
propiedad, reforma, medida,
museo, jerarquía, obligación,
programación, respetabilidad, plan,
invierno, descanso, terapia,
tratamiento, religión, analgésico,
lección, enero, sacristía,
delegación, congreso, amabilidad,
notaría, consulta, testamento,
trayectoria, estrategia, alternancia,
mediación, endocrino, coordinadora,
asociación, restauración, cortesía,
gris, siguiente, naftalina,
telaraña, psicoanalista y olvido.
Algunos no debemos mirar muy lejos para encontrar a nuestro mayor enemigo. No se encuentra entre nuestros vecinos, nuestras amistades, nuestros compañeros, nuestra pareja, nuestros hijos o nuestros padres. No se trata del jefe ni de la cajera que nos atiende en el supermercado. Ni siquiera es la sociedad o sus instituciones, ni las leyes ni los mandamientos. De hecho, muchos nos podríamos cambiar de trabajo o de residencia, irnos a otra ciudad u otro país y seguiríamos teniendo los mismos problemas que en este momento. Y es que nuestro mayor enemigo viaja con nosotros y nos acompaña a todas partes.
Solo tenemos que pararnos, detener la huida no se sabe hacia donde, y mirar dentro. Fijaos cómo enseguida atraviesa ese paisaje interior un mal pensamiento cargado de deberías (deberías estar trabajando más o estudiando, o ayudando a tu madre o ...). Intentad detenerlo y veréis cómo enseguida acuden en su ayuda mil justificaciones, racionalizaciones aprendidas desde tiempo inmemorial, repetidas hasta la saciedad. Aún así, si alguno todavía persiste en su intento, ved cómo enseguida se agolpa la culpa en la garganta y nos grita e insulta, nos ridiculiza y nos humilla, para que agachemos una vez más la cabeza y asumamos "nuestro deber".
También existe la versión descuidada del enemigo propio: la que nos impulsa a comportarnos de forma peligrosa, arriesgada sin necesidad, la irresponsable y vana, que nos emborracha con su perfume y nos lanza en la primera curva contra el muro de la autodestrucción. Incluso estamos los que combinamos ambas estrategias: primero nos machacamos y luego, para soportar la tristeza, la angustia y el dolor, nos embriagamos y hundimos en un lodazal mundano que distraiga a nuestra conciencia durante un rato.
Sin embargo, qué felices seríamos si simplemente nos dedicáramos a hacer las cosas lo mejor posible sin preocuparnos de sus efectos; si solo nos responsabilizáramos de nuestra felicidad y dejáramos a los demás ser felices a su manera; si en vez de actuar desde tanto debería, actuáramos más desde el me gustaría o querría, impulsados por un sano juicio de adulto responsable y moderado, que se quiere a si mismo y sabe exigirse lo justo en cada momento. Fijaos, que solo se trata de quererse a uno mismo, de dejar de hacerse daño, de no maltratarse, de firmar la paz con nuestro corazón.
¿Quiere alguien probar a firmar una tregua con uno sólo de los pensamientos que le maltratan?
El miedo es un misterio. Las personas tenemos infinidad de miedos, algunos sin catalogar aún. Algunos no habían sentido miedo a estar en una cárcel secreta de la CIA hasta hoy que se han enterado que existen. Es decir, no podemos tener miedo a lo que desconocemos que existe o a lo que no sabemos que nos vaya a hacer daño. Por eso, algunos se pasan la vida teniendose miedo a sí mismos, porque se conocen y saben lo mal que lo pueden hacer con los otros y con ellos mismos. Otros, aparentemente más normales, nos bloqueamos por el miedo a la imperfección, por el miedo al que dirán, por el miedo a no estar a la altura, por el miedo al ridículo, por el miedo a hacer daño, por el miedo a romper algo, por el miedo a la intimidad, por el miedo a abrirnos a las otras personas, por el miedo a la oscuridad, por el miedo a morir, por el miedo a la enfermedad, por el miedo a no complacer absolutamente a todo el mundo...
Y todavía hay quien se pregunta cómo podemos sobrevivir en esa jaula, cómo es posible siquiera respirar cuando todo permanece anudado, encadenado, sometido al imperio del miedo.
Los que lo conocen y dominan saben que el miedo es un arma de enorme poder, pues inutiliza todas las capacidades del otro hasta dejarlo roto y sin voluntad. Al contrario que la envidia, que está casi tan extendida como el miedo, aquella te impulsa a hacer cosas y luchar por conseguirlas aunque los métodos y los fines no sean los adecuados, mientras éste te paraliza y bloquea, te impide levantar la cabeza y moverte, te deja reducido a la condición de mero vegetal. Lo paradójico es que los envidiosos también tienen miedo de no ser tanto como los otros, así que no disfrutan de ninguna ventaja.
Si unimos el miedo y la culpa nos encontramos con un coctel altamente peligroso, pues a la potencia del primero se une el enorme peso de la otra, y juntos nos aplastan sin compasión sobre nuestra propia biografía. Gran parte de la responsabilidad de que viajemos con semejante equipaje se debe a nuestros queridos maestros, padres y todos aquellos adultos que nos acompañaron a lo largo de la infancia. El jefe, la pareja, el vecino y el telediario se han encargado del resto. Y no olvidemos que nosotros solitos solemos ser alumnos muy aventajados en eso de hacernos la puñeta en versión solitaria y oculta.
La única receta que conozco para evitar todos ellos es una simple pregunta y una respuesta aún más simple. La pregunta es ¿y qué pasa si ocurriera esto? refiriéndose al miedo de cada uno o de cada momento. La respuesta es que no pasaría absolutamente nada. Curiosamente, lo único que hace falta es creerselo.
Somos individuos y lo hemos olvidado. Nos creemos imbuidos del don de la individualidad extrema gracias a las gafas de sol de diseño que hemos comprado o a los pantalones vaqueros estratégicamente rotos que llevamos puestos, pero, en el fondo, nos comportamos como miembros de la grey, socios de la comunidad de vecinos que llamamos nación o patria o pueblo, pasajeros de la misma nave cuyo rumbo decide el partido o el equipo, o el club social del que pagamos religiosamente las cuotas. Somos personas concretas pero respiramos dentro de asociaciones de caridad, instituciones de socialización colectiva. Aparentemente ayudamos a las minorías oprimidas, a los niños hambrientos y a los animales en extinción, pero no sabemos ayudar a nadie en concreto y cercano, a ese vecino que está solo o a esa compañera que está deprimida. Actuamos por una supuesta moral vendida a plazos por sabios administradores de lo divino y de lo humano, sumos sacerdotes de lo gregario. Marchamos juntos contra las corridas de toros, contra la guerra, contra la discriminación de género, defendiendo a las minorías sexuales, atacando a los fumadores y bebedores, rechazando el boxeo y la caza de la foca, cumpliendo órdenes del jefe político o religioso, pero sin asumir ninguna de sus consecuencias ni tan siquiera pensar por qué lo hacemos.
Somos individuos y lo hemos olvidado, y nos negamos esa tendencia que deberíamos tener todos a ir por libre, a rechazar cualquier argolla o cadena nacionalista, religiosa, política o deportiva. Tenemos demasiada vergüenza y miedo como para actuar como si solo fuéramos responsables de nuestros actos ante la muerte. Nos aterroriza asumir nuestra naturaleza individual y solitaria, nuestro misterio propio y único, que nadie, ni político, ni sacerdote, ni lider, nos desvelará. Seguirá siendo nuestro futuro una quimera de la que seguirán viviendo las iglesias y la banca, y nos seguiremos negando el derecho (y el deber) de ser nosotros mismos, escondiendo bajo la alfombra cualquier rescoldo que aún sobreviva de nuestra individualidad. Todo sea por no parecer unos monstruos amorales e insolidarios, incorrectos, autónomos y libres.
Mi patria es de agua.
A veces se sitúa en un paisaje lejano,
como la infancia,
entre las rocas y una playa,
donde las olas baten con fuerza y se retiran
dejando su rastro de espuma y de sal.
A veces es su cuerpo tendido junto al mío,
húmedo,
cálido,
nutrido de caricias y besos
que se derraman en cascadas
sobre la superficie de nuestras soledades...
Existía una mansión blanca al otro lado del mar, rodeada por un amplio jardín que servía a los habitantes de la masión como zona de recreo, sobre todo en el verano. Al principio, el jardín estaba rodeado por una simple valla de madera a la que podíamos asomarnos para contemplar cómo se divertían sus dueños. Aquello era divertido y extraño: las mujeres andaban medio desnudas y los hombres medio borrachos, daba igual la edad. En nuestra imaginación, aquello se hizo sinónimo del lujo y del buen vivir. Tenían grandes barrigas, como nuestros hijos, pero no parecía que fuera por el hambre. Todos los días, como por arte de magia, salía despedido un saco con la basura de la mansión. Lo que ellos despreciaban se parecía mucho a lo poco que nosotros podíamos conseguir en el mercado, así que competíamos por ser los más rápidos en recoger sus miserias para poder alimentar y vestir a nuestras familias. Así vivieron nuestros abuelos y los abuelos de nuestros abuelos, resignados a su triste existencia.
Pero los más jóvenes no estábamos dispuestos a resignarnos. De vez en cuando se abría la verja principal de entrada a la mansión y salía un desfile de coches carísimos que paseaban a gran velocidad entre nuestras chabolas. Nos arrojaban latas vacías de bebidas y cajetillas vacías de tabaco mientras nos miraban desde sus autos con obscena indiferencia. Hacían carreras entre ellos aunque alguno de nosotros resultara atropellado. Aquello era un insulto lleno de desprecio, pero algún día se lo devolveríamos con creces. Los más atrevidos se lanzaron a saltar la valla y, aunque eran devueltos al poco tiempo, algunos lograban quedarse empleados en el servicio de la gran mansión. Cuando los de la mansión decidieron que ya no neccesitaban más empleados, buscaron la manera de impedir que siguiéramos saltando la valla. La elevaron, la llenaron de alambres y perros, la hicieron doble y hasta triple. Pero nosotros ya habíamos aprendido el camino y habíamos comprendido que nada de dentro era peor que quedarse fuera.
Finalmente, un día fue tal la avalancha de nosotros que cruzó la valla, que todo se vino abajo. Entramos en tropel en la mansión, recorriendo sus habitaciones y despensas. Los más violentos decidieron saquear la casa y cargar con todo lo que pudieron. Algunos habitantes de la casa murieron intentando defender lo que hasta entonces creían suyo. Otros huyeron y se construyeron otra mansión en otro lugar. Ni nosotros ni ellos habíamos comprendido nada. Los unos adormecidos por un cómodo bienestar creyeron poder mantener su refugio libre de todo peligro; los otros pensaron que la gran casa tenía cabida para todos y que allí se acabarían sus problemas. Pero vinieron otros, más fuertes y poderosos, y nos lanzaron sus perros de presa hasta arrojarnos de nuevo al mar. Fuimos tantos los muertos, que desde hace muchos años ya nadie ha vuelto a intentar el salto... además, la mansión está en ruinas y ya nadie se ocupa de su jardín.
La vida, a veces, es una comodidad demasiado cara para muchas personas, una comodidad que no se pueden permitir. Para ellos resulta más sencillo morirse, pero resulta que la muerte tambien se muestra huraña con ellos y les deja sufrir todo lo posible antes de aceptarles en su tan poco selecto club.
Mientras nuestra vecina anda preocupada por los 3000 euros que le va a costar recarchutarse las tetas, con ese dinero podrían salvarse de varias enfermedades endémicas varios miles de niños en África. Cuando ella escucha la palabra África, se acuerda de su abrigo de piel de leopardo, del hachish de Marruecos que se fuma con otras parejas en sus divertidas cenas de sociedad, y de su criada sin contrato ni seguridad social.
Cuesta pensarlo, mucho más aceptarlo. La realidad es a veces tan dura que no podemos ni mirarla y la sacamos de nuestras vidas, a base de endurecernos y aislarnos de ella. Perdemos nuestra humanidad, pero así logramos mantener el pulso día tras día. Raras veces nos acordamos de ellos, pero si por casualidad lo hacemos, nuestro cerebro rápidamente cubre con un velo toda luz sobre el asunto. Pensamos que ya hemos visto lo más terrible de la vida y que mañana será distinto y mejor, pero luego resulta que sale todo al revés y se nos queda el corazón todo perdido.
Cuesta aceptar la realidad, aunque ni siquiera la miremos, aunque solo sea teóricamente. Es más agradable mirar el escote de la vecina siliconada que observar a un buitre comerse los ojos secos de un niño en el desierto. Es lo que tiene haber pagado un billete de primera en el viaje de la vida... de primera y con vistas a...
Muchas veces la gente a mi alrededor, cuando sabe de las horas que puedo pasar delante del ordenador al cabo del día, se sorprende de que al mismo tiempo siga manteniendo una cierta actitud tecnófoba en general y de un cierto recelo hacia la informática en particular. Y es que siempre he considerado que tanto la tecnología como la informática y todos sus derivados deben ser humanizados, puestos al servicio del hombre y no al contrario. Para mí, un bellísimo ejemplo de lo que estoy diciendo es la siguiente historia.
Llevo casi dos años en la blogosfera y sigo sin saber muy bien por qué estoy y por qué sigo. En tiempos leí en la casa de Luis que un blog podía ser o bien un escaparate de uno mismo, diseñado para mayor gloria y lucimiento del autor, o bien un escondite, un disfraz diseñado para ocultar la verdadera naturaleza o identidad de su dueño. En el fondo, si lo pensamos, las dos opciones son la misma cosa, lo único que cambia es la perspectiva desde la que se mira.
En mi caso, creo que se debe a otros intereses, aunque no tenga claro exactamente cuáles son. No es eso lo que os quería contar. La magia y el misterio de este invento reside en la capacidad de poner en contacto a personas físicamente lejanas, desconocidas, de muy diferentes culturas, ideologías, formación, edad, y cualquier consideración social que funciona en el mundo real (por contraposición a virtual). Así, se puede dar el caso (y de hecho se ha dado) de que uno reciba el mismo día dos correos de dos personas habituales en los comentarios de mis blogs, preocupadas por una intuición que habían tenido acerca de mí. Así, resulta que cada una de estas personas por separado, decidieron enviarme unas palabras por correo electrónico, con el fin de darme ánimos y de interesarse por mí. Es decir, que por mucho que pretendamos mantener cierto anonimato, por más que una persona pretenda mostrar otra historia distinta de la suya, por más que uno quiera utilizar el escaparate para mostrar exageradamente positivas sus, a lo mejor, escasas dotes, la verdad o la realidad (¿no son lo mismo?) termina por hacerse ver, al menos para quien tiene ojos. Y resulta, que este invento, cuando lo humanizamos, permite que las bondades de cualquier relación amistosa se muestren sin que la distancia, la separación, la falta de un contacto visual o físico, sin la enorme cantidad de información que da la presencia física y que aquí no existe, sean obstáculos para permitir que aflore lo mejor del ser humano. Quizás sea por eso por lo que me decidí a abrir los blogs y por lo que aún sigo. Pero quizás también sea por eso por lo que a uno le vuelven las ganas cuando le da el bajón. La vida es continua y no hace saltos, se desarrolla tanto delante de un ordenador como en el trabajo, en el hogar o en la calle.
Gracias Brisa. Gracias Unda. Sois mágicas
Antes la vida era un largo proceso que respondía a un plan, a un programa diseñado con cuidado y primor si se quería conseguir una vida cabal. Sin embargo, hoy la vida riñe con los planes y los diseños preestablecidos. No hay una historia encadenada, con un hilo conductor, sino una batería inconsistente y azarosa de sucesos, muchos de ellos desatinados o furiosos, como pelotas lanzadas contra un muro. Se reemplaza así la vida como proceso organizado por el instante. Los cambios vitales son hoy en día tan rápidos que apenas nos permiten adaptarnos al primero cuando ya tenemos encima el siguiente. Y eso es así porque no ocurren sobre la dificultad de un largo proceso vital trabajado con el esfuerzo y el tesón de la voluntad, sino que ocurren más por el efecto azaroso del francotirador asombro, sin antes detectar el más mínimo indicio ni después dejar huella o excusa de su presencia.
Ya no vale labrarse un futuro, porque el futuro es cada vez más incierto y menos prometedor. La vida se reinaugura todos los días, como la lotería, buscando sortear los meteoritos que caen a nuestro paso y alrededor, imposibilitando de facto la expectativa de seguir un determinado modo de vida. A cierta altura de la biografía, sin que importe demasiado la edad y sí las adversidades, decir el año que viene suena a broma fácil. Un día es toda la vida y cada hora puede transformarme en un ser distinto. Visto así, sólo el plazo de un mes ya resulta ingobernable y poco práctico. Cuando desaparece la perspectiva de un amplio horizonte, lo que deviene es la absoluta ceguera. Porque tener todo delante y de inmediato, más que aclarar, lo que hace es impedirnos la visión certera. Si todo es instantáneo tras el muro de nuestro corto plazo, lo que nos espera siempre nos sorprenderá y nos cojerá sin preparación alguna: una ruptura amorosa, un problema de salud, una falta de conciencia, una decisión crítica. Viviremos sin miedo, porque no tendremos temporalidad, pero viviremos sin más historia que lo que dura un telediario. Quizás por eso, aunque solo sea por eso, la historia, la de cada uno, bien puede merecer la pena.
Cuántas veces no nos hemos preguntado por qué nos sentimos como nos sentimos en un momento dado y no hemos sabido dar una respuesta a esa pregunta. El mundo emcional es un mundo casi extraterrestre para muchos: inhóspito, secreto, misterioso pero lleno de una fuerza casi incontrolable. Los sentimientos nos dan miedo. Los más racionalistas creen que su razón actúa de vacuna contra los males "sentimentales" pero en el fondo saben que eso es una mentira piadosa que apenas les sirve para tranquilizar a su impotente cerebro, que se ve constante y completamente sobrepasado por el ritmo del corazón.
Cuando les preguntas sobre sus sentimientos, algunos dicen que no sienten nada, mientras que otros se escudan en una supuesta ignorancia y dicen no saber qué es lo que sienten.
Sin embargo, en el fondo, todos sabemos que no es posible no sentir; sabemos que siempre sentimos, en todo momento y lugar; y sabemos que, moralmente, no somos responsables de lo que sentimos. Yo no puedo dejar de sentir lo que siento cuando me enfado con alguien o cuando me enamoro, o cuando siento celos, o envidia, o miedo, o rabia, o tristeza o atracción. Puedo expresarlo o no, puedo expresarlo de una manera funcional o disfuncional, puedo elegir incluso el momento de hacerlo, pero no puedo evitar sentir lo que siento. Más a largo plazo, puedo intentar cambiar mi "programación" mental, para en un futuro sentirme de otra manera ante las mismas circunstancias, pero a día de hoy, sólo puedo sentir lo que siento, porque mi corazón no sabe hacerlo de otro modo. Aceptar los propios sentimientos y analizar su origen hasta el fondo es una gran tarea que cuando se culmina con éxito conduce a un bienestar y madurez muy deseables. Para ello, sólo necesitamos un empujón de valentía, una maleta llena de altas dosis de sinceridad con uno mismo y una tarjeta que nos dé mucha paciencia aunque sea a crédito. Merece la pena.
"El tiempo es una cosa extraña. Pesa más sobre quienes menos lo tienen..." y no hay nada más leve que ser joven. Esa levedad del ser no es exactamente la que describía Kundera, más preocupado por nuestra insignificancia; es la levedad de quien tiene la sensación de que todo, absolutamente todo, es posible para él en este mundo. Uno, cuando es joven siente que ha venido a este mundo para hacer algo grande y nunca piensa en la posibilidad de convertirse en un gris funcionario de la vida, así como también niega la posibilidad de morir algún día. La muerte es algo que ocurre a su alrededor, a veces a una distancia preocupante por cercana, pero que nunca osará rozarle ni un cabello. Con los años, el cuerpo va ganando consistencia terrena para hacernos abandonar, de golpe, el espacio de los ángeles apolíneos y arrastrarnos sin remisión al prosaico terreno de la enfermedad y la decadencia física. Pero todo ello no es nada más que un simple signo, un síntoma que, acumulado a otros signos parecidos, nos recuerdan que la fecha de caducidad cada día está más cerca. Y entonces es cuando sentimos esa terrible ráfaga de dolor que nos derrumba, que nos hunde en una visión del mundo en el que hemos pasado la vida (el barrio, la tienda donde compramos el pan, nuestro pueblo, nuestra familia, nuestros amigos, hijos, amant