Julio 15, 2007

Elementos Vitales.Las construcciones de Kafka

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Por: Zenda Liendivit

Experimentar una obra es en principio un asunto corporal. Es sabido que cada época habita el mundo a su manera; habitar es inherente al ser humano; el horror al vacío también. Hay creación porque hay formas de vida que buscan otras formas allí donde no hay nada; formas que se desean para, en última instancia, seguir siendo. El arquitecto, como todo artista, entabla con el agua, con el viento, con la tierra, quizás con un "otro", un duelo de voluntades para que su obra se mantenga erguida y sólida. Para que sea. Ocurre en forma frecuente que al transitar por las calles de una ciudad moderna experimentemos algo de este choque de voluntades, como si sus elementos —donde estamos incluidos— formaran parte de una trama invisible, un inquieto entretejido que los contiene y los rebasa y donde cada hilo traza sus propias líneas de acción, sus insondables leyes. Un entretejido que, en última instancia, es silencioso. Algo de esto ocurre con la arquitectura literaria de Kafka, la que tan pronto como nos seduce, nos invita a recorrerla, también nos extraña. Kafka proyectó murallas, castillos, construcciones laberínticas y móviles; proyectó largos corredores, pasillos, escaleras y agobiantes habitaciones; funcionarios, ayudantes, ordenanzas y leyes invisibles; cuerpos mutantes y cruzas. Decimos Kafka y rápidamente desfilan frente a nuestros ojos los lugares comunes. Pero ¿cómo están construidos estos espacios?
Deleuze afirma que "lo esencial en Kafka es que la máquina, el enunciado y el deseo formen parte del mismo y único dispositivo, que dé a la novela su motor y su objeto ilimitados." La justicia, el extrañamiento, la imposibilidad, la derrota, la esperanza, la culpa, el juego imposible, el fracaso, las ambigüedades, las contradicciones, fluyen en los relatos a través de cuerpos movidos por el deseo. Pero los personajes de Kafka no son aquellos seres con los que nosotros, los lectores, nos familiarizamos de inmediato, aquellos que nos hacen padecer su suerte en carne propia. Por el contrario, Kafka nos obliga al merodeo, a mantener con ellos cierta distancia. ¿Por qué? Porque más que personas los personajes son construcciones que relacionan las diferencias, que las comunican, que las desvían; son espacios que tanto pueden hacer entrar en vecindad como distanciar el mundo y su afuera, lo que pertenece y lo que está excluido, las certezas y el abismo, generando enfrentamientos y, a la vez, complicidades. K, el personaje de El Castillo, es consciente de que está fuera del mundo, pero quiere acceder a la meta suprema, quiere llegar al castillo, ese sitio un poco decepcionante que se levanta allá a lo lejos y cuya distancia parece siempre variable. Para lograrlo debe atravesar los intrincados corredores que encarnan en Frieda, Barnabás, pero sobre todo en Olga, la "doblemente recusada"; debe acceder a Klamm, el decadente y escurridizo funcionario que habita el mesón señorial. En igual medida, Joseph K, el personaje de El Proceso quien no sabe que está fuera del mundo, debe recorrer a Leni, al pintor, al abogado, a la mujer del ujier, para aspirar a la vana ilusión de que existe una salvación frente a su condena. Y serán ellos los que, en ambas obras, marcarán las trayectorias de cada uno de sus fracasos. Pero esta relación de cuerpos con lugares construidos —corredores, pasillos, castillo, mesón— no es una cuestión metafórica: la carne y la sangre se prolongan en mamposterías, maderas y ruedas asesinas, funcionando como conjuntos espaciales regidos por leyes que siempre se nos escapan. La habitación sin ventilación del pintor Titorelli, en El Proceso, se funde con su cuerpo en las miradas de las niñas y en el salto del juez sobre su cama, la que se halla atravesada frente a la puerta que lo comunica con… las oficinas de la justicia; así ocurre también con las cabezas agachadas y las espaldas encorvadas de los espectadores y el techo de la sala de audiencias. O con el aparato que inscribe en el cuerpo del condenado su propia sentencia, en La Colonia Penitenciaria. Arquitectura que respira indistintamente por los mismos poros: cuerpos orgánicos, flujos, deseos y materia inerte. Por otro lado, las disposiciones constructivas de los cuerpos determinan también los desplazamientos. Así, como si fueran los ladrillos de un edificio, que se colocan de acuerdo a la finalidad de la pared a levantar, los personajes pueden ubicarse en bloque, como cuando Joseph K se encamina a la muerte llevado por dos hombres ("…los tres formaban una especie de bloque, del que no se hubiera podido destruir a uno de ellos sin destruir a los otros. Realizaban una cohesión que casi no se puede obtener en general sino con la materia muerta…"); en línea desplazada, como el padre que se eleva buscando el cielo y se sostiene del techo mientras el hijo se arroja del puente buscando el infierno, en La Condena; en fragmentos, como en La Muralla China; en círculos; encimados, de a dos, de a tres, acurrucados, entrelazados; como reflejos unos de otros, como Artur y Jeremías, los ayudantes de K ("…Tan sólo os distinguís por los nombres, y en lo demás, os parecéis el uno al otro como… una víbora a otra"). Interminables agrupaciones que actúan en múltiples direcciones, en diferentes planos, y que no solamente se relacionan con otras; también lo hacen con ellas mismas a través de oscilaciones, caídas, tanto para aproximarse como para extrañarse. Como le sucede a K, quien al hacer el amor con Frieda se siente en "una tierra extranjera en la cual ni el aire conservaba ya partícula alguna del aire natal…" (El cuerpo excluido de K vuelve a excluirse y tal vez con ese doble movimiento, de alguna forma, retorna momentáneamente al mundo). Una construcción está solicitada por ciertas fuerzas, y a la vez genera otras. Estas mismas formas de relación de espacios, que por lo general tienden a la reducción, a la asfixia, al agobio, provocan el efecto contrario. Reaccionan con la fuga, y en esos desvíos también se transforman. Ejemplos hay muchos; Gregorio Samsa, en La metamorfosis, es el usual. O Joseph K, quien se va embelleciendo por el reflejo de la muerte que avanza como una luz verdadera sobre su rostro. Arquitectura entonces nómada, de espacios abiertos y cerrados, estancos, contiguos, comunicantes, desplazados, transformados, en fuga, arquitectura de construcciones mixtas que debido precisamente a esta imposibilidad de aquietar y aquietarse no puede jamás echar fundaciones sólidas, el único suelo que conoce es el vacío. Y así como una ciudad o un edificio acontecen en un determinado tiempo histórico -esto es, las luchas que llevan a cabo los arquitectos para erigir sus obras se mueven dentro de un contexto dado por la historia, las leyes conocidas, las costumbres etc.-, el tiempo de la obra en Kafka es siempre un tiempo incesante. El presente fluye, sin agotamiento posible, "nunca hay que acabar con lo indefinido; nunca aprehender como inmediata, como ya presente, la profundidad de la ausencia inextinguible" dice Blanchot refiriéndose al error en que incurre K con su impaciencia por llegar a la meta. En cada gesto se abre un abanico de posibilidades múltiples en un tiempo que los acompaña y que se supedita a ellos —"¡Qué días breves, qué días breves!" exclama K; había salido por la mañana en dirección al castillo, se había topado con obstáculos, había tardado un par de horas y había vuelto al mesón… de noche—. Hubo un pasado, del que poco se sabe, salvo algunas leyendas que se erigen con la fuerza de la ley. Si existe alguna trascendencia, algún absoluto, está siempre fuera de alcance. O está muerta y sólo quedan sus rumores, sus ruinas, como está muerto, siempre muerto el emperador de la China.
Tal vez, y sin pretensiones de oscurecer ni aclarar nada, la iluminación de esta arquitectura nómada y que acontece en un tiempo sin reposo hable en forma elocuente. El claro oscuro. Rara vez hay demasiada luz, rara vez oscuridad total. Los espacios viven en penumbras: algo siempre vamos a comprender de lo que dicen (de allí la multiplicidad de comentarios que ha generado la obra de Kafka); algo siempre se nos va a escapar. Va a fugar hacia el infinito, seguramente sobrevendrá el silencio.

Escrito por Parafrenia a las Julio 15, 2007 10:11 PM | TrackBack
Comentarios

Cada estilo, cada parte forma parte del global que compone esta suciedad sucia y a la vez cuidada que estamos formando entre todos. Cada uno es un pequeño artista que va dejando su granito de arena cada vez que cambia algo en su casa o que en la comunidad de vecino acepta el pintar la fachada de un color que rompe con los de los circundantes para romper la armonía y crear un estructura donde dar una voz de opinión.

Escrito por Caren a las Julio 16, 2007 11:01 AM
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