28 de Septiembre 2007


TRENCH DIARIES

Llevamos demasiado tiempo aquí. Estas malditas trincheras están acabando con la moral de los hombres y con su cordura. Ayer mismo tuvimos que encerrar a Coleman porque el tío salía cada mañana a dar un paseo por entre el campo de minas. Iba completamente desnudo, a excepción de las botas reglamentarias. Lo entiendo, es que el terreno es muy pedregoso y en lo único que puedes pensar mientras paseas corretenado desnudo –a excepción de las ya mencionadas botas- y con una taza de café caliente en una mano, es que las putas piedrecitas te están jodiendo los juanetes.

Lo peor es el hambre. El hambre que pasamos cada puto día. Los primeros días estuvimos relativamente bien. Vale, no era el rancho asqueroso del cuartel, pero al menos era comestible, no crujía y tampoco se movía, con lo que por lo que a mí respectaba, comíamos bien. Pero llevamos muchos meses aquí y, al final la comida empezó a escasear. Llevábamos semanas sin recibir raciones nuevas, y lo único que quedaba en la cocina era un saco lleno de acelgas. Y cualquiera de nosotros preferiría una sopa de calcetines sucios que un plato de acelgas hervidas.

Oficialmente no apruebo la decisión, pero lo hecho, hecho está. Y, en ese momento, la decisión era la correcta. Puede que si alguien llega a leer esto no entienda que enviara a uno de los expresidiarios del grupo, Roger, con un cuchillo en la mano, a que rajara al cocinero y lo matara. Al fin y al cabo, él no podía cocinar, y era una boca más que alimentar. Una boca muy grande, si tenemos en cuenta el tamaño de su barriga. Al menos pudimos comer carne unos días.

Los pocos que lo sabíamos, nos mostramos reacios a comer. Pero después de que Roger inventase esa extraña salsa que llamaba “Glutamato de Chef”, la carne estaba deliciosa. Afortunadamente, gracias a mi posición me tocaban las partes más ricas. Eso mejoró la motivación de los soldados durante un tiempo, pero cuando nos acabamos al cocinero, pensaba que el mundo se nos vendría encima. Una revuelta o algo peor. Por supuesto yo acabaría muriendo de la forma más horrible.

Al día siguiente, por la mañana, salí de mis aposentos para tomar el aire matinal y le vi. Se llamaba Panchito y era alto y gordo. Y cuando se agachó para intentar atarse los cordones, lo tuve claro. Tenía tal cantidad de grasa en el trasero y los muslos que podríamos alimentar a todo el regimiento con ese mendrugo. Además, era un soldado patético. Si su destino era salvar a su patria, ésta era la mejor manera de hacerlo.

Mientras yo escribía una carta de condolencias a la familia de Paquito por su pérdida, envié a Roger a hace el trabajo sucio. No debía ser demasiado difícil. El plan era llevarlo a la cocina con la promesa de un sabroso bocado, degollarlo, y preparar comida en abundancia, aprovechando cada milímetro cuadrado de su voluptuoso y grasiento cuerpo.

Pero las cosas no salieron bien, desgraciadamente. Al parecer, el cabo Paquito estaba a dieta. Y se negaba a comer. Lo único que picaba ligeramente era alguna de esas asquerosas acelgas. Roger tuvo que amenazarle para que entrara en la cocina, lo que hizo sospechar algo al resto. Bueno, eso y los gritos que procedían del interior de la habitación pidiendo ayuda y los gemidos enfurecidos del nuevo cocinero que murmuraba que se estuviese quieto porque no podía acabar de rajarle.

Para bien o para mal, los soldados no son muy dados a pensar. Pero aún así, la idea de que Roger estaba asesinando a Paquito les pasó ligeramente por la cabeza. Y hubo que explicarles la situación y que en realidad todo era por el bien del grupo. Todos lo aceptaron de buena gana. Demasiada buena gana, ya que cuando se terminaba la carne, casualmente algún soldado caía por la trinchera y se partía el cuello o recibía un balazo, sin querer, en alguna parte de su cuerpo mortal, pero que no dañase demasiado la carne que iba a ser devorada.

Lo de allí fuera es una matanza. Han llegado al extremo de matarse entre todos. Se esconden en recodos oscuros o simplemente te degüellan cuando duermes. De momento, estoy a salvo. Siguen obedeciendo mis órdenes, hasta que se den cuenta que no sirven de mucho en nuestra situación. Por supuesto a Roger tampoco lo matarán, porque es el único que conoce el secreto de la salsa que prepara. Y Coleman está loco – o eso nos hace creer- y nadie quiere comérselo, por si se contagia su enfermedad.

Un beso.

Escrito por Jake|28 de Septiembre 2007 a las 01:34 AM|


Comentarios

Eso les pasa por no comer acelgas... la mama tiene siempre razón, hay que comer verdura!

El Replicante es Aidotans|28 de Septiembre 2007 a las 03:51 PM

Si fuesen todos vegetarianos, habrían acabado igual.

El Replicante es Jake|28 de Septiembre 2007 a las 07:26 PM

Lo de matar primero al cocinero era la opción más lógica jajajaja. Yo también me haría el loco, parece una buena idea, aunque un tanto peligrosa, pero no me costaría mucho...


PD: me encantan estas historias, me parto xD .

El Replicante es Inagotable|28 de Septiembre 2007 a las 09:40 PM

Ayyy, si más gente leyera lo que escribo...

El Replicante es Jake|28 de Septiembre 2007 a las 10:19 PM

Incrementarias tu ego exponencialmente xD

El Replicante es Inagotable|29 de Septiembre 2007 a las 12:33 AM

Me gusta más que Stephen King!

El Replicante es Zim|29 de Septiembre 2007 a las 12:44 AM

INAGOTABLE: Bueno, eso también.

ZIM: El Stephen King está sobrevalorado.

El Replicante es Jake|29 de Septiembre 2007 a las 12:51 AM


¡Al ataque!










¿Debo recordarte?