Adios, redios
Ignoro si esto lo lee alguien aún.
En fin.
Ahí queda dónde escribo ahora. Pásense, o algo.
(Adrián) | (#) | Opiniones (5)
Difundiendo la palabra
Esto lo habrán visto ya. No me extrañaría. En cuestión de links absurdos ando siempre diez meses atrás de los demás. No me importa. Pueden decirme en los comments que está ya muy visto. Me la suda. Yo tengo que ponerlo aquí para que lo vean:
Ya saben, botón derecho + guardar como.
Difundan la palabra.
(Adrián) | (#) | Opiniones (2)
Padre de familia
El que trabaje en un bar que cierre de madrugada sabrá lo que es tener que aguantar a los Adictos al Cierre. Este grupo de personas son las que más dan el coñazo pues se las saben todas para evitar que el camarero cierre el bar a su hora. Las razones que les asisten van desde las ganas de dar por culo hasta la necesidad psicológica de ser el último que quede en el bar. Es patológico. Les encanta. Además, suelen ser muy habituales y poco nómadas. Si les gusta un sitio, repiten hasta el hartazgo.
Pensarán ustedes que es raro cogerle las vueltas a un tipo para evitar que te haga la misma jugada, pero con estos es imposible. A un cliente normal que te pega gritos o crea algún desperfecto es fácil prohibirle la entrada, pero estos no crean ningún problema.
Pongámonos en situación. Un cliente llega, se acoda en la barra, y pide un copazo, o una pinta de cerveza. Durante toda la noche, el tipo se limita a ver el partido televisado, leer el periódico, charlar con algún amigo o papar moscas mientras se bebe su copa. Sigue pidiendo. Probablemente se emborrache, pero como no se mueve del sitio más que para ir a mear, no origina incidente alguno. Deja propina. Trata bien a los camareros.
A los diez minutos de cierre, el hombre termina su cerveza. Lo tiene calculado. Pide otra. Como legalmente no se lo puedes negar (no ha hecho nada malo, el bar aún no ha cerrado), se la sirves.
A la hora de cierre haces lo propio: chapas el garito. Echas a los reticentes mediante los clásicos trucos. Quitar la música, hablar a voz en grito, abrir las puertas para que entre el frío, utilizar productos de limpieza en gran cantidad para que genere olores fuertes, barrer a su alrededor, hacer ruido al subir las sillas a las mesas, poner sevillanas, todo está permitido. Pero con ellos no. Con ellos, incluso el método más directo, que es el de plantar delante el vaso de plástico (y, a veces, servir la copa directamente en él), pasa ignorado como una bola de paja en un pueblecito de Texas. Su copa está intacta. Dos sorbos, como mucho. Y tienes que esperar a que se decida a terminarla. Todo el bar cerrado, todas las cajas hechas, todas las luces apagadas. Sólo falta él.
En estos casos sólo se puede recurrir a un truco. Es arriesgado por cuanto te puedes ganar una hoja de reclamaciones, pero si tienes un par de tablas y mucha suerte sales con vida. Yo llevo ya un par de noches haciéndolo y de momento he salido ganando. Pero hay que tener cuidado.
El truco consiste, basicamente, en ponerse delante del tipo y decirle (no pedirle, ni preguntarle) que se vaya a su casa. Finito. Hemos cerrado. Aquí está el vaso de plástico. Muchas gracias, buenas noches. Entonces el cliente se envilece (creando otro motivo por el que se queda hasta el final: la posibilidad de cantarle las cuarenta a alguien) y empieza a hablar de falta de respeto, de que si tal, de que si cual. Este es el discurso de siempre. El cliente entradito en años contra el camarero jovenzuelo que le vacila.
Y ahí es donde entra en juego la pìcaresca...
Cliente: Si es que ya no teneis respeto por nada, hombre. Con lo que te costará esperarme un poco...
Yo: Mire, que es que yo también tengo derecho a dormir, y ya hace un cuarto de hora que tendría que haberme ido a casa.
Cliente: Un cuarto de hora... Pero si eres un niñato. El día que tengas familia te vas a enterar, chaval.
Yo: Disculpe, no hable sin saber, porque puede llevarse un chasco. Que si yo me tengo que ir no es por nada, sino porque mi hijo está en el hospital y tengo que ir a relevar a mi esposa.
(El cliente se calla. Medita durante unos segundos.)
Cliente: ¡Tú que vas a tener hijo ni hostias!
Yo: Oiga, sin faltar. Antroñito se llama, tiene tres años y un gripazo que nos tiene a todos sin dormir. Así que hágame el favor de marcharse, que yo no me puedo permitir perder el tiempo.
Cliente: ¡Pero si eres un niño! ¡Tú que vas a tener familia!
Yo: Si no la tuviera, ¿Usted cree que iba a estar aquí, currando y aguantando gentuza porque sí?
El cliente se calla definitivamente. K.O técnico. Los compañeros de uno están en la otra punta del bar, escondidos, llorando de la risa. Sin acabarse la copa, coge la chaqueta y se va.
Y entonces puede uno cerrar en paz.
(Adrián) | (#) | Opiniones (4)
Aquí estamos otra vez
Les dije que iba a desaparecer durante una semana y no mentí. Lo cierto es que no sólo he desaparecido de internet, sino también de mi vida habitual. La razón: el teatro. Este fin de semana estrené obra nueva (Don Quijote, por aquello de que) y mi existencia estos últimos siete días se ha limitado a trabajar de once a siete, ensayar de ocho a dos, y dormir el resto. Mola. Hoy al salir del curro no recordaba lo que era tener tiempo libre. Es que me ha dado hasta miedo.
Lo que más he sentido es cansancio, aunque si miran de nuevo mi horario no necesitarán calcular mucho para saber que he podido dormir, relativamente, diez horas al día. Una delicatessen. Me imagino que los universitarios se estarán cagando en mi madre por quejarme de haber dormido sólo diez horas al día, pero yo es que soy de combustión rápida y regeneración lenta. Diez horas después de catorce de trabajo (descontando media hora para comer) no me bastan ni para respirar. Que no, oiga. Y más si vengo estrenando dos pares de zapatos, el de trabajar y el de ser persona, y ambos me han dejado los pies hechos una gloria bendita.
En fin, que entre madrugones, ensayos, clientes berzas, magulladuras, ensayos agotadores, y demás, sólo puedo decir una cosa:
Viva el teatro. Viva el trabajo.
Agh.
(También he instalado el código de seguridad antispam. Funciona de maravilla. Ahora no tienen excusa para no comentar.)
(Cabrones.)
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Ikeano hasta la muerte
Ayer mis pies hollaron por primera vez el Ikea que nos han puesto en Sevilla. Fíjense qué gracia, tanto tiempo loando a los suecos estos, y sólo ayer pude ver como es de verdad el paraíso del mueble.
El caso es que es un sitio gracioso. Lo primero que se encuentra uno es que ni ellos se toman demasiado en serio. Pese a la uniformidad azul en enormes letras amarillas que se puede ver desde el exterior, dentro parecen querer dar el look de industrial y cutre. Igual que en el Carrefour o el Hipercor uno mira al techo y ve los cables y los conductos de ventilación, en Ikea se dan el pisto de supermercado del mueble en plan nave industrial y nos enseñan también sus entretelas: no hay paneles que oculten el verdadero techo, pero resulta que este está tan limpio e impecable que casi parece que nos estén queriendo vender las rejillas del aire acondicionado o el estilo siderurgia a base de planchas metálicas con tornillos de submarino.
Lo otro es lo del Efecto Zoo. En vez de dejar al visitante a la buena de Dios, crean un recorrido, de manera que uno puede ir viendo de igual manera los productos y sus usuarios: en la zona de niños, parejas a punto de tener uno o familias redecorando el cuarto del niño; en lo de los pisos modernos, parejitas recién independizadas; en los dormitorios, maduritos pensando en si les viene mejor cambiar de catre. Así, el que llega de nuevas puede observar los muebles con personas usándolas. El cliente es a la vez escaparate. El mejor truco publicitario del mundo, tanto que al final no puedes resistirte y entras en uno de esos "Cómo vivir en 80 metros cuadrados y ser feliz" y te unes al zoo.
Hay empleados por todas partes. No hacen nada, como mucho cambian precios o reordenan lo expuesto. No te dicen nada de "no tocar" ni te miran mal porque estás comprobando si tus cien quilos de peso son soportados por la silla Hörkbjund con reclinatorio de muelle, sobre dos patas y girando sobre ti mismo. Te dejan jugar con todo. Si por casualidad al estudiar una estantería te quedas con la balda en la mano, aparece un tipo de amarillo, como por arte de magia, y lo arreglan con una sonrisa sincera. No existe el exceso de entusiasmo de un empleado de Starbucks ni el desdén aburrido de un tipo del McDonalds. Están bien entrenados. No molestan. Y lo saben todo. De no saberlo, te piden que te quedes exactamente donde estás para poder consultar la respuesta y volver. Y les obedeces.
En fin, que la impresión que le queda a uno es que lo tienen todo calculado. Son suecos, son fríos, son precisos. Hasta en los truquitos. Como lo de venderte un flexo por 4,95 y ponerte al lado, como para que no te pierdas buscando, la bombilla necesaria a precio de seis y pico. Yo caí. Soy débil. El flexo es muy bonito, eso sí.
En fin, que muy bonito todo. No entiendo cómo hay quien lo odia. La última vez que alguien me dijo que Ikea era otro ejemplo de lo prefabricado, lo impersonal, y lo granhermanista de tener todos muebles de Ikea, me acabó invitando a un McDonald's. Incomprensible.
(Por cuestiones laborales y teatrales, estaré desaparecido un tiempo, todo lo más una semana. Puede que con cambios. No sé. Ya les hablaré.)
(Pero vayan a Ikea.)
(Adrián) | (#) | Opiniones (7)