El mito
Agachado al borde del barranco, el hombre contempla lánguidamente el sol, encarnado, desapareciendo con parsimonia tras la perfecta línea del horizonte. Al pie del acantilado, las olas se estrellan contras las rocas. Una y otra vez, la espuma nace y muere entre pequeñas ondulaciones del agua.
Unas gaviotas errantes sobrevuelan el claro sobre el que se encuentra el hombre. Planeando, descienden en círculos cada vez más cerrados hasta posarse gracilmente en el césped húmedo. Junto a la roca.
El hombre se incorpora. Sólo escuchamos el inútil batir del océano contra el acantilado. Un rugido estéril. EL sol se oculta, mudo y rojo como el fuego. Un fuego ya innecesario.
El hombre se acerca a la roca. Es enorme, casi esférica, casi perfecta. Las gaviotas, asustadas, emprenden el vuelo. El hombre las ve alejarse y luego, con la punta de los dedos, impulsa suavemente la roca. En silencio, con suavidad, la roca baja por la pendiente.
El hombre mira al cielo. Algunas estrellas pueden verse ya. El hombre sonríe, respira hondo, y sigue con andar descuidado el camino de la roca.
Otro día más.
(Adrián) | (#) | Opiniones (2)
Cuanto mal ha hecho el PP a la palabra "Gaviota"...
Galahan | Octubre 6, 2004 01:26 PMy k cierto es lo k dices!!
Piel Morena | Octubre 7, 2004 10:31 PM