Turno de noche
En los turnos de noche pasa siempre de todo. Da igual lo mucho o poco que trabajes, al día siguiente siempre tienes la sensación de tener los huesos descoyuntados y la cabeza en otro sitio. A diez minutos de distancia.
Anoche intentó pegarse demasiada gente. Separé a tantos becerros ebrios de sí mismos y de otras cosas que me llegué a preguntar si había cita con el Club de la Lucha o algo. Luego me di cuenta de que en el fondo aquél bar tenía de selecta clientela a gente con el único objetivo de echar la caña de pescar a lo que salga. Y también van parejas.
¿Qué le pasa a la gente? A veces me siento como el dueño de un club de alterne. Abro, dejo que entren las incautas guiris, luego los puretillas desesperados, y les escancio alcohol para que ellos mismos monten la escena. No hay Dios que tenga ujna borrachera serena y sonriente. Todos quieren gritar, pegarle al de al lado, liarla contra el camarero, romper cosas... Es como si estuviera prohibido emborracharse si no es para liberar la frustración con los puños.
Ya me he acostumbrado a los habituales, así que cada noche tengo que lidiar menos con exigencias incomprensibles y quejas por quejarse. Somos todos tan simples que hasta un currito como yo puede memorizar los más y los menos de cada uno. Le pones lo de siempre, y cortas el riego cuando hace la primera mirada en derredor buscando gresca. Luego le escuchas un ratito y se va sólo a casa. Es como estar en una guardería.
La simbiosis es perfecta, porque luego cierras y llegas a tomarte la de los justos al bar que cierra más tarde, donde ya saben qué ponerte, y que querrás unos dardos, y hasta te tienen reservado el rincón de siempre. Y lo mismo hasta queda uno de los que atendiste antes, más borracho, con ese sentimiento falso de amistad que te profesan porque simplemente hacías tu trabajo de servirles copas, y ellos lo ven cómo un símbolo. Y te invitan.
Y acabas luego en el taxi, dándole palique al chófer porque por fin sabes lo que es un día tras otro, y tras otro, y tras otro, y la necesidad de hablar. Te puedes pasar horas callado, alienado, limitándote a trabajar y anulándote el propio yo, porque cansa.
Y al día siguiente los huesos descoyuntados, la cabeza a diez minutos y sumas un par de horas más a la larga lista del cansancio. Y suma y sigue.
Me encanta mi trabajo.
(Adrián) | (#) | Opiniones (3)
Leyendo este post, amigo, me ha hecho recordar a aquel Barman comprensivo que atendía, amablemente, las borracheras de Dudley Moore en "10. La Mujer perfecta".
Spaulding | Diciembre 17, 2004 09:23 AMEscribes "Te puedes pasar horas callado, alienado, limitándote a trabajar y anulándote el propio yo, porque cansa" Es posible que tu trabajo actual te pueda parecer asi,pero hay trabajos creativos que no alienan, aunque casi todos los trabajos producen cansancio al final del dia. Incluso ese trabajo, al estar en contacto con el publico, seguro que lo puedes convertir en creativo si consideras y analizas a cada persona como un ser diferente y con alguna caracteristica interesante.
Antonio | Diciembre 17, 2004 10:49 AM...como se te ocurra siquiera dejar ese trabajo te mato...
Que no se lo dije, pero que muchas gracias por el detallazo de anoche.
Hala. A parla
Kurtz | Diciembre 18, 2004 12:48 PM