Días de barra
Juan entra y empieza a hablar, muy lentamente, Jelou, mai neim is Huan, an ai guld laic agas of uoter. Para cualquiera que no lleve mucho tiempo en el bar, Juan puede parecer uno de esos personajillos que pululan por las ciudades y en los que poca gente repara. De hecho, alguna que otra vez un cliente graciosillo hace algún chiste a su costa, hablándole en el mismo inglés macarrónico que él utiliza. Hace dos días, uno incluso le preguntó parle vú fransé, a lo que Juan respondió, con un acento perfecto en francés, que sí, que sabía, que hacía mucho que lo había aprendido. Y ahí fue cuando el cliente quedó estupefacto.
Nosotros no quisimos dejarlo ahí. Juan nos cae bien, y por consiguiente el que se ríe de él nos provoca un sentimiento contrario. Más mal que bien, empezamos a preguntarle si falaba portugués, o si spracht alemán, y demás. Juan responde a todo en el idioma en el que le trates y no vacila un segundo. Lo que se dice un políglota.
Cuando el cliente quedó suficientemente boquiabierto, Juan dejó de hablar, su rostro dejó de mostrar el aire distraído y benévolo que acostumbraba y fijó sus ojos en él. Luego, con voz muy seria, dijo:
"Vamos a ver. Yo tengo cincuenta años. Hace treinta me diagnosticaron una esquizofrenia crónica de la que poco a poco, y en contra de todo pronóstico médico, estoy saliendo del paso. Si conozco tantos idiomas, no es porque sea una persona muy culta, sino porque tengo mucho tiempo libre y aunque no me sirva para nada, me gusta aprender."
Y entonces se bebe su vaso de agua, se despide y se va.
Hay una señorita que para mucho los fines de semana, pide una Coronita, se sienta en una mesa y espera. A los veinte minutos aparece un hombre, pide una Cruzcampo, y se sienta a su lado.
Hablan. Discuten. Piden más cerveza.
A la hora o así, ella se levanta ofendida y se va. A veces es al revés, y es él el que se marcha con viento fresco. Pero siempre acaban volviendo. Al qu le toca quedarse se le pone cara de circunstancias, y al cabo de diez minutos la pareja reaparece y se marchan. Unas veces con mucho ruido, otras veces con poco. Y a la semana, o a las dos semanas, vuelven y montan el numerito. Otra vez.
No sabemos a qué se debe. Creemos que son unos fetichistas o algo, y que les pone montar el espectáculo antes de irse a intimar. Otros dicen que no, que es una relación demasiado tumultuosa. Ni zorra idea. Y la verdad es que no intervenimos nunca en algunas de sus broncas que van demasiado a más. La última vez que alguien lo dijo, se llevó un ojo a la funerala.
Ayer entró un grupo enorme de escoceses con traje tradicional, armados de gaitas y flautas, a las dos de la mañana. Venían de un congreso o algo, y de la marcha que traían se pusieron a dar un sano conciertito de música escocesa. Una hora. Cuando acabaron, atacaron de tal manera la barra que yo empecé a augurar que en algún momento uno de ellos se vería enajenado por el alcohol, y destrozaría medio bar. Nada más lejos de la realidad. Al contrario que el especímen patrio, o sea, el pijito que se bebe cuatro cubatas y empieza a gritar y hacer el imbécil, estos tipos pudieron beberse con facilidad treinta o cuarenta litros de cerveza y no levantaron la voz en ningún momento. Es más, cuando les dijimos que el bar estaba cerrado y que íbamos a tener que dejar de servirles cerveza, se marcharon en silencio y agradeciéndonos la velada.
Cerramos tarde, aún así, porque había cuatro pijos a los que no les daba la gana llevarse la copa en un vaso de plástico.
Hablando de eso, me parece increíblemente curiosa la manía que tienen muchos clientes por quedarse hasta los ultimísimos estertores del cierre de un bar. Les quitamos la música, subimos sillas y taburetes, barremos, fregamos, sacamos la basura, y a ellos no les da por acelerar su bebercio para que podamos irnos a casa. Algunos clientes incluso son conocidos por pedir la última copa a una hora estratégica en la que quedarse de charla y seguir con el vaso en la mano mientras recogemos. Las teorías que hemos sacado al respecto son:
a) Puro porculismo: No sólo les gusta joder cuando estamos de servicio. También les gusta la idea de vernos sufrir, queriendo irnos a casa, mientras ellos terminan, sorbo a sorbo, la puta copa.
b) Interés humano/Espionaje industrial: Realmente les interesa la interna y aburrida rutina de un bar. Les encanta ver cómo nos las arreglamos para fregar vómitos sin mancharnos un ápice, o las técnicas de atado de bolsas de basura. Les flipa la transformación de camarero a persona normal que nos provoca la hora de cierre.
c) Son patéticos. No tienen vida. Saben que en el momento en que pongan el pie fuera del bar, la realidad les va a volver a abofetear en la cara y los efectos alucinógenos del alcohol les van a recordar lo trsite que es su existencia. Por eso retuercen cada segundo dentro del bar, alargan un poco más sus fantasías de señoritos[*] y se quejan porque les obligamos a salirse de ella.
Ayer fue el último día de un compañero. De vuelta a casa, me contaba que una de las cosas que más le jodían del trabajo de camarero era ver a la gente beber sin compañía. Se ponía malo con eso. También sumaba puntos lo de tener que aguantar las miserias de la gente. No las del cliente habitual, sino las del borracho, las del pesado, las de la gente que te trata como siempre le han tratado a ellos y se cree en el derecho de devolvértelas a ti.
Yo le comenté que si los camareros abandonáramos la sana costumbre de meternos donde nadie nos ha llamado y de especular y juzgar la vida de otros sólo por lo que nos enseñan en un bar, probablemente el trabajo sería menos deprimente.
En fin.
[*] Tengo la firme creencia de que el noventa por ciento de las personas que van a un bar a pasar la noche entera bebiendo, posee una extraña y distorsionada percepción del camarero como el sirviente o el mayordomo que nunca tuvieron y siempre desearon. De la misma manera que hay camareros que por alguna razón poseen una dignidad tan exagerada que les impide aceptar el hecho de que su trabajo es atender al público y procurar que tenga una velada lo más agradable posible. La combinación de ambas posturas han creado lo que hoy llamamos "Hojas de reclamaciones".
(Adrián) | (#) | Opiniones (3)
Xisca | Febrero 7, 2005 08:22 PMMe pregunto qué trabajador del sector hostelero no habrá acabado desarrollando esa fantasía sobre el mayordomo que parece faltarles a algunos...eso sí, lo de pensar que tu trabajo es hacerle el día lo más agradable posible al cliente es algo a lo que es difícil volver una vez pasado el período de joven e iluso ayudante de recepción, si bien no descarto poder regresar a una postura minímamente aceptable un día de estos.
¿Qué pasa? ¿Estás recopilando anécdotas para una película tipo Clerks? ¿Camareross?
Charles M. Towsend | Febrero 8, 2005 12:16 PMAdrián deberias escribir un libro. Admiro a las personas que trabajan de camarero, yo estuve unos días y lo acabé aborreciendo.
Woed | Febrero 8, 2005 03:20 PM