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Febrero 23, 2005

Padre de familia

El que trabaje en un bar que cierre de madrugada sabrá lo que es tener que aguantar a los Adictos al Cierre. Este grupo de personas son las que más dan el coñazo pues se las saben todas para evitar que el camarero cierre el bar a su hora. Las razones que les asisten van desde las ganas de dar por culo hasta la necesidad psicológica de ser el último que quede en el bar. Es patológico. Les encanta. Además, suelen ser muy habituales y poco nómadas. Si les gusta un sitio, repiten hasta el hartazgo.

Pensarán ustedes que es raro cogerle las vueltas a un tipo para evitar que te haga la misma jugada, pero con estos es imposible. A un cliente normal que te pega gritos o crea algún desperfecto es fácil prohibirle la entrada, pero estos no crean ningún problema.

Pongámonos en situación. Un cliente llega, se acoda en la barra, y pide un copazo, o una pinta de cerveza. Durante toda la noche, el tipo se limita a ver el partido televisado, leer el periódico, charlar con algún amigo o papar moscas mientras se bebe su copa. Sigue pidiendo. Probablemente se emborrache, pero como no se mueve del sitio más que para ir a mear, no origina incidente alguno. Deja propina. Trata bien a los camareros.

A los diez minutos de cierre, el hombre termina su cerveza. Lo tiene calculado. Pide otra. Como legalmente no se lo puedes negar (no ha hecho nada malo, el bar aún no ha cerrado), se la sirves.

A la hora de cierre haces lo propio: chapas el garito. Echas a los reticentes mediante los clásicos trucos. Quitar la música, hablar a voz en grito, abrir las puertas para que entre el frío, utilizar productos de limpieza en gran cantidad para que genere olores fuertes, barrer a su alrededor, hacer ruido al subir las sillas a las mesas, poner sevillanas, todo está permitido. Pero con ellos no. Con ellos, incluso el método más directo, que es el de plantar delante el vaso de plástico (y, a veces, servir la copa directamente en él), pasa ignorado como una bola de paja en un pueblecito de Texas. Su copa está intacta. Dos sorbos, como mucho. Y tienes que esperar a que se decida a terminarla. Todo el bar cerrado, todas las cajas hechas, todas las luces apagadas. Sólo falta él.

En estos casos sólo se puede recurrir a un truco. Es arriesgado por cuanto te puedes ganar una hoja de reclamaciones, pero si tienes un par de tablas y mucha suerte sales con vida. Yo llevo ya un par de noches haciéndolo y de momento he salido ganando. Pero hay que tener cuidado.

El truco consiste, basicamente, en ponerse delante del tipo y decirle (no pedirle, ni preguntarle) que se vaya a su casa. Finito. Hemos cerrado. Aquí está el vaso de plástico. Muchas gracias, buenas noches. Entonces el cliente se envilece (creando otro motivo por el que se queda hasta el final: la posibilidad de cantarle las cuarenta a alguien) y empieza a hablar de falta de respeto, de que si tal, de que si cual. Este es el discurso de siempre. El cliente entradito en años contra el camarero jovenzuelo que le vacila.

Y ahí es donde entra en juego la pìcaresca...

Cliente: Si es que ya no teneis respeto por nada, hombre. Con lo que te costará esperarme un poco...

Yo: Mire, que es que yo también tengo derecho a dormir, y ya hace un cuarto de hora que tendría que haberme ido a casa.

Cliente: Un cuarto de hora... Pero si eres un niñato. El día que tengas familia te vas a enterar, chaval.

Yo: Disculpe, no hable sin saber, porque puede llevarse un chasco. Que si yo me tengo que ir no es por nada, sino porque mi hijo está en el hospital y tengo que ir a relevar a mi esposa.

(El cliente se calla. Medita durante unos segundos.)

Cliente: ¡Tú que vas a tener hijo ni hostias!

Yo: Oiga, sin faltar. Antroñito se llama, tiene tres años y un gripazo que nos tiene a todos sin dormir. Así que hágame el favor de marcharse, que yo no me puedo permitir perder el tiempo.

Cliente: ¡Pero si eres un niño! ¡Tú que vas a tener familia!

Yo: Si no la tuviera, ¿Usted cree que iba a estar aquí, currando y aguantando gentuza porque sí?

El cliente se calla definitivamente. K.O técnico. Los compañeros de uno están en la otra punta del bar, escondidos, llorando de la risa. Sin acabarse la copa, coge la chaqueta y se va.

Y entonces puede uno cerrar en paz.

(Adrián) | (#) | Opiniones (4)

Comentarios: Padre de familia

A mí me pasaba lo mismo en la tienda de rol. Pero con niños y las cartas de Magic. Y a esos ya puedes decirles que eres padre, ya...

Espantoso fué el día que se me ocurrió empezar a pegarles pegatinas de bola de dragón en la cara, a ver si se largaban. En lugar de marcharse, me quitaron las pegatinas y se enzarzaron en una guerra que duró lo menos cuarenta minutos.

Somófrates | Febrero 23, 2005 04:34 PM

hey.... mis respetos, en serio, esod encarar a los clientes tardados merece felicitaciones....
no todos se atreven y no todos salen salen airosos...

Nivonog | Febrero 24, 2005 04:44 AM

Brutalmente autobiográfico.
Sobre todo si lo haces en spanglish y durante 24 horas, como yo el verano pasado.

luis_warlock | Febrero 25, 2005 07:42 PM

9 años estuve yo poniendo copas en un garito de barrio. Qué me va a contar ud! Hasta tipologías de clientes hacíamos que seguro se repiten en todos los sitios: el enrrollado que te ayuda a recoger y te acompaña hasta la puerta de casa, el pedigüeño, el autista, el que piensa que le debes la vida, el que no te escucha nunca, el terminal, etc... Seguro que le suena...
Parece mentira que un trabajo tan desagradable (a veces) sea tan deseado por los veinteañeros (y no solamente por el sueldo, yo he tenido peticiones de gente para currar by the face, solo por la emoción de sentirse camarero de paf). En fin...

D. Julito | Febrero 27, 2005 04:19 PM
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