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Febrero 25, 2005

Difundiendo la palabra

Esto lo habrán visto ya. No me extrañaría. En cuestión de links absurdos ando siempre diez meses atrás de los demás. No me importa. Pueden decirme en los comments que está ya muy visto. Me la suda. Yo tengo que ponerlo aquí para que lo vean:

La Palabra

Ya saben, botón derecho + guardar como.

Difundan la palabra.

(Adrián) | (#) | Opiniones (2)

Febrero 23, 2005

Padre de familia

El que trabaje en un bar que cierre de madrugada sabrá lo que es tener que aguantar a los Adictos al Cierre. Este grupo de personas son las que más dan el coñazo pues se las saben todas para evitar que el camarero cierre el bar a su hora. Las razones que les asisten van desde las ganas de dar por culo hasta la necesidad psicológica de ser el último que quede en el bar. Es patológico. Les encanta. Además, suelen ser muy habituales y poco nómadas. Si les gusta un sitio, repiten hasta el hartazgo.

Pensarán ustedes que es raro cogerle las vueltas a un tipo para evitar que te haga la misma jugada, pero con estos es imposible. A un cliente normal que te pega gritos o crea algún desperfecto es fácil prohibirle la entrada, pero estos no crean ningún problema.

Pongámonos en situación. Un cliente llega, se acoda en la barra, y pide un copazo, o una pinta de cerveza. Durante toda la noche, el tipo se limita a ver el partido televisado, leer el periódico, charlar con algún amigo o papar moscas mientras se bebe su copa. Sigue pidiendo. Probablemente se emborrache, pero como no se mueve del sitio más que para ir a mear, no origina incidente alguno. Deja propina. Trata bien a los camareros.

A los diez minutos de cierre, el hombre termina su cerveza. Lo tiene calculado. Pide otra. Como legalmente no se lo puedes negar (no ha hecho nada malo, el bar aún no ha cerrado), se la sirves.

A la hora de cierre haces lo propio: chapas el garito. Echas a los reticentes mediante los clásicos trucos. Quitar la música, hablar a voz en grito, abrir las puertas para que entre el frío, utilizar productos de limpieza en gran cantidad para que genere olores fuertes, barrer a su alrededor, hacer ruido al subir las sillas a las mesas, poner sevillanas, todo está permitido. Pero con ellos no. Con ellos, incluso el método más directo, que es el de plantar delante el vaso de plástico (y, a veces, servir la copa directamente en él), pasa ignorado como una bola de paja en un pueblecito de Texas. Su copa está intacta. Dos sorbos, como mucho. Y tienes que esperar a que se decida a terminarla. Todo el bar cerrado, todas las cajas hechas, todas las luces apagadas. Sólo falta él.

En estos casos sólo se puede recurrir a un truco. Es arriesgado por cuanto te puedes ganar una hoja de reclamaciones, pero si tienes un par de tablas y mucha suerte sales con vida. Yo llevo ya un par de noches haciéndolo y de momento he salido ganando. Pero hay que tener cuidado.

El truco consiste, basicamente, en ponerse delante del tipo y decirle (no pedirle, ni preguntarle) que se vaya a su casa. Finito. Hemos cerrado. Aquí está el vaso de plástico. Muchas gracias, buenas noches. Entonces el cliente se envilece (creando otro motivo por el que se queda hasta el final: la posibilidad de cantarle las cuarenta a alguien) y empieza a hablar de falta de respeto, de que si tal, de que si cual. Este es el discurso de siempre. El cliente entradito en años contra el camarero jovenzuelo que le vacila.

Y ahí es donde entra en juego la pìcaresca...

Cliente: Si es que ya no teneis respeto por nada, hombre. Con lo que te costará esperarme un poco...

Yo: Mire, que es que yo también tengo derecho a dormir, y ya hace un cuarto de hora que tendría que haberme ido a casa.

Cliente: Un cuarto de hora... Pero si eres un niñato. El día que tengas familia te vas a enterar, chaval.

Yo: Disculpe, no hable sin saber, porque puede llevarse un chasco. Que si yo me tengo que ir no es por nada, sino porque mi hijo está en el hospital y tengo que ir a relevar a mi esposa.

(El cliente se calla. Medita durante unos segundos.)

Cliente: ¡Tú que vas a tener hijo ni hostias!

Yo: Oiga, sin faltar. Antroñito se llama, tiene tres años y un gripazo que nos tiene a todos sin dormir. Así que hágame el favor de marcharse, que yo no me puedo permitir perder el tiempo.

Cliente: ¡Pero si eres un niño! ¡Tú que vas a tener familia!

Yo: Si no la tuviera, ¿Usted cree que iba a estar aquí, currando y aguantando gentuza porque sí?

El cliente se calla definitivamente. K.O técnico. Los compañeros de uno están en la otra punta del bar, escondidos, llorando de la risa. Sin acabarse la copa, coge la chaqueta y se va.

Y entonces puede uno cerrar en paz.

(Adrián) | (#) | Opiniones (4)

Febrero 20, 2005

Aquí estamos otra vez

Les dije que iba a desaparecer durante una semana y no mentí. Lo cierto es que no sólo he desaparecido de internet, sino también de mi vida habitual. La razón: el teatro. Este fin de semana estrené obra nueva (Don Quijote, por aquello de que) y mi existencia estos últimos siete días se ha limitado a trabajar de once a siete, ensayar de ocho a dos, y dormir el resto. Mola. Hoy al salir del curro no recordaba lo que era tener tiempo libre. Es que me ha dado hasta miedo.

Lo que más he sentido es cansancio, aunque si miran de nuevo mi horario no necesitarán calcular mucho para saber que he podido dormir, relativamente, diez horas al día. Una delicatessen. Me imagino que los universitarios se estarán cagando en mi madre por quejarme de haber dormido sólo diez horas al día, pero yo es que soy de combustión rápida y regeneración lenta. Diez horas después de catorce de trabajo (descontando media hora para comer) no me bastan ni para respirar. Que no, oiga. Y más si vengo estrenando dos pares de zapatos, el de trabajar y el de ser persona, y ambos me han dejado los pies hechos una gloria bendita.

En fin, que entre madrugones, ensayos, clientes berzas, magulladuras, ensayos agotadores, y demás, sólo puedo decir una cosa:

Viva el teatro. Viva el trabajo.

Agh.

(También he instalado el código de seguridad antispam. Funciona de maravilla. Ahora no tienen excusa para no comentar.)

(Cabrones.)

(Adrián) | (#) | Opiniones (5)

Febrero 13, 2005

Ikeano hasta la muerte

Ayer mis pies hollaron por primera vez el Ikea que nos han puesto en Sevilla. Fíjense qué gracia, tanto tiempo loando a los suecos estos, y sólo ayer pude ver como es de verdad el paraíso del mueble.

El caso es que es un sitio gracioso. Lo primero que se encuentra uno es que ni ellos se toman demasiado en serio. Pese a la uniformidad azul en enormes letras amarillas que se puede ver desde el exterior, dentro parecen querer dar el look de industrial y cutre. Igual que en el Carrefour o el Hipercor uno mira al techo y ve los cables y los conductos de ventilación, en Ikea se dan el pisto de supermercado del mueble en plan nave industrial y nos enseñan también sus entretelas: no hay paneles que oculten el verdadero techo, pero resulta que este está tan limpio e impecable que casi parece que nos estén queriendo vender las rejillas del aire acondicionado o el estilo siderurgia a base de planchas metálicas con tornillos de submarino.

Lo otro es lo del Efecto Zoo. En vez de dejar al visitante a la buena de Dios, crean un recorrido, de manera que uno puede ir viendo de igual manera los productos y sus usuarios: en la zona de niños, parejas a punto de tener uno o familias redecorando el cuarto del niño; en lo de los pisos modernos, parejitas recién independizadas; en los dormitorios, maduritos pensando en si les viene mejor cambiar de catre. Así, el que llega de nuevas puede observar los muebles con personas usándolas. El cliente es a la vez escaparate. El mejor truco publicitario del mundo, tanto que al final no puedes resistirte y entras en uno de esos "Cómo vivir en 80 metros cuadrados y ser feliz" y te unes al zoo.

Hay empleados por todas partes. No hacen nada, como mucho cambian precios o reordenan lo expuesto. No te dicen nada de "no tocar" ni te miran mal porque estás comprobando si tus cien quilos de peso son soportados por la silla Hörkbjund con reclinatorio de muelle, sobre dos patas y girando sobre ti mismo. Te dejan jugar con todo. Si por casualidad al estudiar una estantería te quedas con la balda en la mano, aparece un tipo de amarillo, como por arte de magia, y lo arreglan con una sonrisa sincera. No existe el exceso de entusiasmo de un empleado de Starbucks ni el desdén aburrido de un tipo del McDonalds. Están bien entrenados. No molestan. Y lo saben todo. De no saberlo, te piden que te quedes exactamente donde estás para poder consultar la respuesta y volver. Y les obedeces.

En fin, que la impresión que le queda a uno es que lo tienen todo calculado. Son suecos, son fríos, son precisos. Hasta en los truquitos. Como lo de venderte un flexo por 4,95 y ponerte al lado, como para que no te pierdas buscando, la bombilla necesaria a precio de seis y pico. Yo caí. Soy débil. El flexo es muy bonito, eso sí.

En fin, que muy bonito todo. No entiendo cómo hay quien lo odia. La última vez que alguien me dijo que Ikea era otro ejemplo de lo prefabricado, lo impersonal, y lo granhermanista de tener todos muebles de Ikea, me acabó invitando a un McDonald's. Incomprensible.

(Por cuestiones laborales y teatrales, estaré desaparecido un tiempo, todo lo más una semana. Puede que con cambios. No sé. Ya les hablaré.)

(Pero vayan a Ikea.)

(Adrián) | (#) | Opiniones (7)

Febrero 11, 2005

Otra historia verídica

[Dos de la tarde. Para poner en antecedentes, Adrián ha tomado a las diez de la mañana el autobus que no era, dándose cuenta al estar ya en la otra punta de la ciudad y a veinte minutos de empezar su turno. Además, lo que se suponía una mañana tranquila, ha degenerado en una vorágine de turistas que, aprovechando el buen tiempo, han asaltado el bar. Estando Adrián solo en la barra, lleva desde las diez de la mañana histérico. Y además aún no ha comido. Pero, como decíamos, son las dos de la tarde...]

[Tres turistas entran en el bar]

Turista Uno: ¡Patata! ¡Patata!

Adrián: ¿Perdón?

Turista Dos: No... Bocata. Baguette. Ba-gue-tte.

Turista Uno: ¡Baguette! ¡Baguette!

[Adrián deja a los turistas repasando sus ejercicios lingüísticos y procede a limpiar la máquina de café]

Turista Tres: ¿Comida?

[Adrián respira hondo, por decimocuarta vez en lo que va de día. Se da la vuelta, coge un menú y se lo extiende a la Turista Tres. La Turista Tres lo abre y señala la baguette de jamón]

Turista Tres: ¡Tres! [obviamente]

Adrián: ¿Para tomar aquí?

[Los turistas se miran entre sí]

Turista Dos: ¡Sí!

[Adrián pide las baguettes]

Adrián: ¿Quieren algo de beber?

Turista Uno: Vino tin...to y zumo de piña.

[Adrián sirve las bebidas y vuelve a la máquina de café]

Turista Dos: ¿Perdón?

[Adrián se da la vuelta]

Adrián: ¿Sí?

Turista Dos [sin perder la sonrisa de la cara]: ¿Las baguettes?

Adrián: Las baguettes se están haciendo, señora.

Turista Uno: ¡Pero autobus va en quince minutos!

Turista Dos: ¡Baguettes!

[Adrián vuelve a respirar hondo. Coge el teléfono y marca el número de cocina. Pide que hagan urgentes las baguettes]

Adrián: En cinco minutos estarán hechas.

Turista Dos. ¡Patatas! ¡Patatas!

Adrián: Sí, traen patatas.

[Los turistas se callan y se dedican a beber y hablar en su extraño y gutural idioma. Adrián vuelve a la máquina de café. Cinco minutos después, las baguettes llegan]

Turista Uno: ¡No! ¡No!

Adrián: ¿Cómo que no?

Turista Uno: ¡Llevar! ¡Tenemos que llevar!

Adrián: ¡Pero si me dijeron que iban a comer aquí!

Turista Dos: ¡Cinco minutos! ¡Cinco minutos!

[Adrián coge las baguettes y las devuelve a cocina. Pide que se las pongan para llevar]

Turista Dos: ¡Cinco minutos!

[El camarero vuelve con las bolsas. Adrián les extiende la cuenta. Los turistas abren las bolsas]

Turista Dos: ¡Patatas! ¡Pa-ta-tas!

Adrián [respira hondo]: Sí, señora, lleva patatas...

Turista Uno: ¡No patatas! ¡No patatas!

[Adrián cierra los ojos y nota un inminente dolor de cabeza. Los turistas abren las bolsas y sacan las baguettes, esparciendo las patatas por la barra. Adrián las recoge como buenamente puede y las tira a la basura sin contemplaciones]

Adrián: Ea, ya no hay patatas. Son once con setenta.

[Turista Uno mira la cuenta]

Turista Uno: Pagamos menos, ¿no?

Adrián: ¿Qué?

Turista Uno: No patatas, pagamos menos.

Turista Dos: ¡Menos! ¡Menos!

Adrián: No, a ver, esto tiene un precio y ya está. Si ustedes no quieren patatas, lo siento mucho, pero...

Turista Dos: ¡Menos! ¡Menos!

Turista Uno: No patatas, no pagamos.

[Turista Tres saca el monedero. Adrián piensa que va a ser la única con sentido común. Turista Tres saca sólo el dinero de las bebidas]

Turista Tres: ¡Autobús se va!

Adrián: Oiga, si no me va a pagar las baguettes, no se las puede llevar.

[Turista Dos saca las baguettes de la bolsa y las tira a la barra. Las tres turistas se marchan con cara ofendida. Adrián recoge las baguettes, respira hondo y mira el reloj. Aún le queda una hora para comer]

Adrián: Hay días que...

(Adrián) | (#) | Opiniones (7)

Febrero 06, 2005

Días de barra

Juan entra y empieza a hablar, muy lentamente, Jelou, mai neim is Huan, an ai guld laic agas of uoter. Para cualquiera que no lleve mucho tiempo en el bar, Juan puede parecer uno de esos personajillos que pululan por las ciudades y en los que poca gente repara. De hecho, alguna que otra vez un cliente graciosillo hace algún chiste a su costa, hablándole en el mismo inglés macarrónico que él utiliza. Hace dos días, uno incluso le preguntó parle vú fransé, a lo que Juan respondió, con un acento perfecto en francés, que sí, que sabía, que hacía mucho que lo había aprendido. Y ahí fue cuando el cliente quedó estupefacto.

Nosotros no quisimos dejarlo ahí. Juan nos cae bien, y por consiguiente el que se ríe de él nos provoca un sentimiento contrario. Más mal que bien, empezamos a preguntarle si falaba portugués, o si spracht alemán, y demás. Juan responde a todo en el idioma en el que le trates y no vacila un segundo. Lo que se dice un políglota.

Cuando el cliente quedó suficientemente boquiabierto, Juan dejó de hablar, su rostro dejó de mostrar el aire distraído y benévolo que acostumbraba y fijó sus ojos en él. Luego, con voz muy seria, dijo:

"Vamos a ver. Yo tengo cincuenta años. Hace treinta me diagnosticaron una esquizofrenia crónica de la que poco a poco, y en contra de todo pronóstico médico, estoy saliendo del paso. Si conozco tantos idiomas, no es porque sea una persona muy culta, sino porque tengo mucho tiempo libre y aunque no me sirva para nada, me gusta aprender."

Y entonces se bebe su vaso de agua, se despide y se va.

***

Hay una señorita que para mucho los fines de semana, pide una Coronita, se sienta en una mesa y espera. A los veinte minutos aparece un hombre, pide una Cruzcampo, y se sienta a su lado.

Hablan. Discuten. Piden más cerveza.

A la hora o así, ella se levanta ofendida y se va. A veces es al revés, y es él el que se marcha con viento fresco. Pero siempre acaban volviendo. Al qu le toca quedarse se le pone cara de circunstancias, y al cabo de diez minutos la pareja reaparece y se marchan. Unas veces con mucho ruido, otras veces con poco. Y a la semana, o a las dos semanas, vuelven y montan el numerito. Otra vez.

No sabemos a qué se debe. Creemos que son unos fetichistas o algo, y que les pone montar el espectáculo antes de irse a intimar. Otros dicen que no, que es una relación demasiado tumultuosa. Ni zorra idea. Y la verdad es que no intervenimos nunca en algunas de sus broncas que van demasiado a más. La última vez que alguien lo dijo, se llevó un ojo a la funerala.

***

Ayer entró un grupo enorme de escoceses con traje tradicional, armados de gaitas y flautas, a las dos de la mañana. Venían de un congreso o algo, y de la marcha que traían se pusieron a dar un sano conciertito de música escocesa. Una hora. Cuando acabaron, atacaron de tal manera la barra que yo empecé a augurar que en algún momento uno de ellos se vería enajenado por el alcohol, y destrozaría medio bar. Nada más lejos de la realidad. Al contrario que el especímen patrio, o sea, el pijito que se bebe cuatro cubatas y empieza a gritar y hacer el imbécil, estos tipos pudieron beberse con facilidad treinta o cuarenta litros de cerveza y no levantaron la voz en ningún momento. Es más, cuando les dijimos que el bar estaba cerrado y que íbamos a tener que dejar de servirles cerveza, se marcharon en silencio y agradeciéndonos la velada.

Cerramos tarde, aún así, porque había cuatro pijos a los que no les daba la gana llevarse la copa en un vaso de plástico.

***

Hablando de eso, me parece increíblemente curiosa la manía que tienen muchos clientes por quedarse hasta los ultimísimos estertores del cierre de un bar. Les quitamos la música, subimos sillas y taburetes, barremos, fregamos, sacamos la basura, y a ellos no les da por acelerar su bebercio para que podamos irnos a casa. Algunos clientes incluso son conocidos por pedir la última copa a una hora estratégica en la que quedarse de charla y seguir con el vaso en la mano mientras recogemos. Las teorías que hemos sacado al respecto son:

a) Puro porculismo: No sólo les gusta joder cuando estamos de servicio. También les gusta la idea de vernos sufrir, queriendo irnos a casa, mientras ellos terminan, sorbo a sorbo, la puta copa.

b) Interés humano/Espionaje industrial: Realmente les interesa la interna y aburrida rutina de un bar. Les encanta ver cómo nos las arreglamos para fregar vómitos sin mancharnos un ápice, o las técnicas de atado de bolsas de basura. Les flipa la transformación de camarero a persona normal que nos provoca la hora de cierre.

c) Son patéticos. No tienen vida. Saben que en el momento en que pongan el pie fuera del bar, la realidad les va a volver a abofetear en la cara y los efectos alucinógenos del alcohol les van a recordar lo trsite que es su existencia. Por eso retuercen cada segundo dentro del bar, alargan un poco más sus fantasías de señoritos[*] y se quejan porque les obligamos a salirse de ella.

***

Ayer fue el último día de un compañero. De vuelta a casa, me contaba que una de las cosas que más le jodían del trabajo de camarero era ver a la gente beber sin compañía. Se ponía malo con eso. También sumaba puntos lo de tener que aguantar las miserias de la gente. No las del cliente habitual, sino las del borracho, las del pesado, las de la gente que te trata como siempre le han tratado a ellos y se cree en el derecho de devolvértelas a ti.

Yo le comenté que si los camareros abandonáramos la sana costumbre de meternos donde nadie nos ha llamado y de especular y juzgar la vida de otros sólo por lo que nos enseñan en un bar, probablemente el trabajo sería menos deprimente.

En fin.

[*] Tengo la firme creencia de que el noventa por ciento de las personas que van a un bar a pasar la noche entera bebiendo, posee una extraña y distorsionada percepción del camarero como el sirviente o el mayordomo que nunca tuvieron y siempre desearon. De la misma manera que hay camareros que por alguna razón poseen una dignidad tan exagerada que les impide aceptar el hecho de que su trabajo es atender al público y procurar que tenga una velada lo más agradable posible. La combinación de ambas posturas han creado lo que hoy llamamos "Hojas de reclamaciones".

(Adrián) | (#) | Opiniones (3)

Febrero 03, 2005

Sabes que has dejado de ser cool cuando:

-Entras en una pizzería y todas las camareras son argentinas y llevan zapatillas de boxeador, y te parece demasiado ridículo.

-Te preguntas si tu ropa no es lo suficientemente modernita para la ocasión.

-Las paredes están llenas de cuadros feos que imitan a cuadros buenos (o peor, que son obras originales) y cuyo precio de venta es para reirse del autor.

-La carta está en apaisado en vez de en formato normal.

-Lees las revistas modernitas llenas de fotos extrañas y reseñas a grupos de música que no has escuchado en tu vida.

-Los cocineros son todos italianos, ninguno lleva la ropa de trabajo sino camisetas ajustadas superfashion, y no hacen más que pelearse entre ellos.

-La música que escuchas te da sueño.

-Ves que en la carta hay pizzas de melocotón o de mozzarella de búfala en su caldo.

-Preguntas a tu acompañante "qué coño es la mozzarella de búfala" demasiado en voz alta, una camarera te escucha y se ríe.

-Pides cocacola y te miran raro.

-Después de pedir, observas que casi todas las mesas a tu alrededor tienen una botella de vino.

-Te das cuenta de que las pizzas "artesanas" son muy caras y tienen poca chicha.

-Los postres son minúsculos y los platos enormes, acompañados con sirope de diseño.

-La gente habla de sus proyectos de publicidad, de las obras de teatro que han visto, del famoso que encontraron el otro día en el bar gay de turno, y tú hablas de que mañana tienes que ir a trabajar al bar.

-Sacas la cámara de fotos y todo el mundo piensa que: a) eres un turista y te miran con asco, b) eres un fotógrafo underground super super modernito. Esta última opción desaparece en cuanto ven cómo vas vestido y comprueban que tu cámara es reflex pero no digital. Qué vergüenza.

-La cuenta incluye 60 céntimos por el servicio, que era, a saber: dos tenedores, dos cuchillos, dos servilletas, y picos de pan.

-Sales del restaurante y en vez de irte al bar gay de al lado te vas al Häagen-Dazs de al lado a atiborrarte de chocolate.

(Adrián) | (#) | Opiniones (7)