Diminutos coprolitos de mierda yacen tranquilos sobre la bandeja del microondas. Imagino la escena:
En algún rincón del archivo, Mus, (ese es, a partir de ahora, el nombre del simpático roedor) asoma tímido tras una caja de viejas fotocopias sin valor.
Desde hace un buen rato no ha sentido ningún ruido, ninguna vibración. Sin embargo, detrás de las largas horas a la espera, agazapado en su nuevo escondite, no ha dejado de notar la terrible ansiedad que despierta el olor a chocolate, las galletas saladas, los restos de café y azucar derramados sobre las estanterías...
Es la hora, Mus balancea con suavidad su pequeña cola y en un tristrás reaparece junto al mueble de la cocina esquivando las juntas de las baldosas con un perfecto movimiento de su cuerpo diminuto.
Trepa sin dificultad por una de las esquinas de la estantería. Se detiene. No hay ningún ruido, ninguna luz, sólo la imperceptible perturbación que produce su respiración agitada en el aire tibio de la habitación.
Ahora el mundo es de Mus. Sin embargo, por algún motivo, tiene la sensación de que nunca se es demasiado cauto, y sabe bien que el tiempo corre a lomos del peligro. No hay un segundo que perder.
Desnuda los bollos de su cubierta de material plástico y comienza a devorar. No sabe exactamente por dónde empezar, ni sabe si es la mejor opción. Decide probarlo todo.
Se aupa victorioso sobre las magdalenas y cuenta hasta diez antes de dejarse sumergir en el aromático candor de las tortitas saladas. Alzándose sobre sus patas traseras una dentellada ras otra dan cuenta de un extremo delatador de la pila de tortas.
¿Pero qué es eso? En un instante iluminador una secuencia de olores exquisitos que se desprenden de la puerta entreabierta del microondas llegan a Mus. Lo rodean y lo atrapan. Mus se acerca, mete su cabeza y la portezuela cede. Pero no hay nada dentro. Su ansiedad animal se torna en angustia y Mus se caga dentro. Después sale y vuelta a empezar... hasta la mañana siguiente.
Ahora puede que alguien, como el señor Axque, espere un giro inesperado al acabar de leer esta redacción.
Pero no hay giro. Hoy toca recreación. Lo vean como lo vean Mus no tiene cuarenta y siete años, ni es director comercial, ni lleva pantalones y, si los llevara, tengan la seguridad que no quedarían manchados tras efectuar necesidades fisiológicas; y es más, si por algún motivo de extrema angustia, quedasen restos en dicha prenda de uso común, no volvería con ellos al día siguiente.
Pero, sobre todo, Mus, como ratón de campo que es y con la agudeza de sentidos que la naturaleza le ha otorgado, se daría perfecta cuenta del repelente olor que desprende la mierda, seca o no, pegada a esos pantalones que Mus nunca mancharía.
Estupendo. Además de alguna rata humana (Homo nivalis) con la que todo buen hijo de vecino ha de codearse en su casa de trabajo, parece ser que ahora también hay ratones (Mus spretus, los de bigote). Concretamente en el zulo-comedor.
Y el caso es que a S. este hecho no le quita el hambre; lo que no aguanta es el histerismo setenta y ocho por ciento fémino que los presuntos roedores han desencadenado.
Aún es miércoles. Dejen trabajar a S.
Dicen que siempre cuentas la misma historia
es lo que esperan todos, se sienten mejor
que tu padre murió por quemar la iglesia
que tu desdicha es castigo del señor (...)
(...) sortea la cuestión, Simón (...)
(El Tonto Simón - Radio Futura)
Recien levantado S. básicamente es un residuo. No es pues de extrañar que me comporte como tal y gruña pastosamente cuando recibo una llamada que me despierta.
Totalmente irrecuperado de la noche de ayer me planteo coger el coche y pulirme los 350 kilómetros necesarios para volver a la `ciudad sin ley´ y reencontrarme con gente a la que hace demasiado tiempo creí olvidada. Hasta ahora sólo había dos motivos para no hacerlo. Pero desde hace unos minutos ya hay dos para hacerlo.
(Seamos francos, no me moveré de aquí).
Entro de puntillas en la oficina. Son las ocho de la mañana. ¿¡Las ocho!? A S. siempre le ocurre lo mismo, y después de varios días sin trabajar olvida cambiar la hora del despertador del último viernes.
Apenas hay alguien a estas horas, sin embargo, la sensación de riesgo me acucia a cada paso.
A tientas me acerco a uno de los despachos y saludo. Ralentizando el tiempo a su mínima expresión S. observa con precisión cada una de las miradas, cada uno de los tonos, todas las arrugas, tratando de que no escape a mi mirada un sólo detalle que denote odio.
Nada raro, ningún gesto digno de obsesionarme y ninguna arruga que no estuviese antes ahí.
S. ha pasado la primera prueba. Recibo un trato agradable y, si bien el ambiente no es familiar, si es lo suficientemente cordial y amistoso como para suponer una de dos cosas:
Una: son personas racionales y se han tomado con tranquilidad y madurez la noticia.
Dos: aún no saben que después de la fusión este menda con seis meses de antigüedad se va a llevar la mejor parte...
S., a la espera.
Todos dicen lo mismo. Nadie entiende que S. lo merece igual que el resto. Es por eso que les permito disfrutar de mi ausencia una semana más.
Me largo de vacaciones.