
Encontré a Clara. Creo que estaba previsto. Clara, que tenía miedo de leer, nunca lo entendió todo, así que la mitad se lo inventó. Por eso no lo temía, porque sabía que nunca sería capaz de observar la totalidad, así que aceptaba los riesgos.
En la biblioteca de su padre vivía un monstruo de 25.000 cabezas. Ella lo dominó. Se subía por los estantes, piececillos de niña, escalaba las páginas y se mimetizaba. Un día subió muy alto por la geografía literaria, resbaló y cayó a horcajadas sobre el brazo de un sillón. Así perdió la virginidad. Estaba todo escrito. Pudo con la bestia, se metió en sus fauces, era una chula, lo demostró.
Luego, encerrada en un jardín, sabía bien cómo escapar sin abrir puertas. Creó un mundo de atisbos, de azoteas, de flores y de tierra. Aprendió a abolir el espacio, luego el tiempo. También ganó esa batalla. La del libro de la ciencias de la naturaleza, naturaleza que la incluye.
Hace lo que quiere con sus sueños, que no son aleatorios. Se los dicta. Se despierta, lee un verso y lo sueña. Es capaz. Rituales nocturnos y diurnos. Extravagancias. Libros que brotan. Mundos que confluyen. Versos, gente, amigos, profundísimos...
Y Holan. También lo cuenta. El libro que todo lo cambia. Dice que él la quiso ver porque presentía un verso suyo. Ella dice, debió presentir toda mi persona. Ahora se sabrá. Esta historia increíble. Será un libro a los doce años de ser.
Clara tiene una biblioteca y quiere otra. Quiere una imaginaria, llena de libros únicos y raros, escritos en cilindros, en cortezas, en óstracas.
Luego, al final, lee un poema y las palabras viajan por el mundo y existe la fe de la estrella en todas las estrellas.
Me alejo con ese convencimiento.
Decía Malinowski que para observar el comportamiento humano hay que distinguir lo que la gente dice que hace de lo que la gente hace y de lo que la gente piensa que hace. Él tuvo la habilidad de penetrar en la tela de araña de las teorías hasta llegar al verdadero corazón del hombre jactancioso, hipócrita y grosero.
Yo pensaba de mí que era una persona sensata y con un cierto grado de responsabilidad, de sentido común. Ahora, hoy, cuando me observo, cuando me disecciono para acercarme a un determinado nivel de empiria, recojo datos acerca de mis comportamientos, exploro lo cuantitativo, lo mensurable... Concluyo, desde un análisis puramente científico, que no se confirma ninguna de mis hipótesis. Ni uno solo de mis actos es consecuente: ni hago lo que digo, ni pienso lo que hago, ni digo lo que pienso, ni pienso lo que digo, ni hago lo que pienso, ni digo lo que hago. Ni siquiera pienso lo que pienso.
Bonito resultado. A cada corte más me desconozco. Así que me levanto de la mesa del laboratorio y recojo todas mis cosas para que nadie sepa que he estado por aquí, mirándome.

Ayer por la tarde mi padre llamó por teléfono a mi casa sólo para decirme que me quería, que me quiere.
Mi padre y yo no tenemos casi nada en común. Muchas veces nos cuesta encontrar temas de conversación. Él intenta mostrar interés por mis cosas, me hace algunas preguntas pero casi nunca escucha las respuestas hasta el final. Creo que ni siquiera nos conocemos mucho o quizá no nos interese profundizar para no tener que asomarnos al abismo que a veces nos separa.
Sin embargo, mi padre siempre está dispuesto a venir corriendo si le necesito, me invita a comer cuando prepara algún plato que sabe que me gusta, advierte si me duele la cabeza o el corazón con mirarme a los ojos y, además, es capaz de llamarme por teléfono sólo para decirme que me quiere.

Descubrí Nunca Jamás, aunque, a quién quiero engañar, vivo allí.
Hoy leía un post vestido de falda roja sobre la posibilidad de que ser feliz equivalga a no tener historia. También en la peli se/me preguntaban si los problemas desaparecen sólo por mirar hacia otro lado, por tirar de la magia, por abrir la ventana y volar..., por no querer crecer.
No soy ninguna ingenua pero me da buen resultado apostar por las hadas. Paladear los caramelos y no detenerme mucho en los sinsabores. Ya lo sé, ya lo sé, que pasan muchas cosas malas, lo sé, no soy imbécil, las veo, las siento, pero no me instalo en ellas.
Resuelvo lo que puedo y suelto lastre, que tampoco es preciso viajar cargada de pesadumbre. Además, como vivo enamorada de Johnny Deep, me entrego sin condiciones a la magia de J.M Barrie, ignoro los tic-tacs, me coso a la sombra de Peter Pan. Abro la ventana, tomo impulso y...