Ya estaba tumbada dentro de la caja. Me habían vendado los ojos. Esperaba sentir los rigurosos dientes de la sierra arañando mi vientre en cualquier momento. Podía imaginar la respiración contenida del público. Fui la mujer partida por la mitad y no me dolió nada.
Es muy gracioso todo esto. Si yo vuelo, me llamas a la prudencia, tiras de mis coletas, me haces despabilar. Voy un día y me digo, está bien, está bien, controlemos todo esto, veamos los perfiles, el marco referencial, evitemos los desbordamientos, que tú eres muy dada. Deja de imaginar eternidades. Modifica un poquito esa conducta absurda de ir amando sin miedo, no seas insensata. Vale, lo pienso, reflexiono, quizás en el momento en el que más me he visto al borde de la entrega rotunda, del sí definitivo. Intento colocarme en terreno más firme, como tú me pedías, que todo se termina, que las cosas no son como queremos, que no podemos ver tan sólo lo que nos acaricia. Está bien, cedo, me recomiendo. Ni siquiera me paso. No es que, de pronto, imagine tan sólo liquidación y cierre, no me echo a llorar, no dibujo horizontes marchitos. Tan sólo digo, pienso, quizá te guste más un toque de lucidez en mi peinado, alguna certeza que colgarme en el cuello. Ja! Pues no. En cuanto descubres ese atisbo de juicio por mi escote, me atas por los pies a tu cometa, me agitas y me lanzas al aire. Evitas cualquier roce de mi sombra en la tierra.
Ayer escribí un post y no lo pude editar porque me falló la conexión. Luego tuve que marcharme corriendo. Los acontecimientos se salieron de la agenda, las ruedas de mi coche me llevaron a un mundo sobre el que todavía no sé qué pensar y hoy me he dado cuenta de que el post ha caducado en su esencia. Ahora tengo un nombre diferente y otro tipo de piel, lo que me ha obligado a cambiar de crema hidratante aunque la alteración ha optimizado las notas cítricas de mi perfume. Ya no me acuerdo del miedo que tenía ayer por la mañana cuando entraba en el túnel del tren de la bruja.

Encontré a Clara. Creo que estaba previsto. Clara, que tenía miedo de leer, nunca lo entendió todo, así que la mitad se lo inventó. Por eso no lo temía, porque sabía que nunca sería capaz de observar la totalidad, así que aceptaba los riesgos.
En la biblioteca de su padre vivía un monstruo de 25.000 cabezas. Ella lo dominó. Se subía por los estantes, piececillos de niña, escalaba las páginas y se mimetizaba. Un día subió muy alto por la geografía literaria, resbaló y cayó a horcajadas sobre el brazo de un sillón. Así perdió la virginidad. Estaba todo escrito. Pudo con la bestia, se metió en sus fauces, era una chula, lo demostró.
Luego, encerrada en un jardín, sabía bien cómo escapar sin abrir puertas. Creó un mundo de atisbos, de azoteas, de flores y de tierra. Aprendió a abolir el espacio, luego el tiempo. También ganó esa batalla. La del libro de la ciencias de la naturaleza, naturaleza que la incluye.
Hace lo que quiere con sus sueños, que no son aleatorios. Se los dicta. Se despierta, lee un verso y lo sueña. Es capaz. Rituales nocturnos y diurnos. Extravagancias. Libros que brotan. Mundos que confluyen. Versos, gente, amigos, profundísimos...
Y Holan. También lo cuenta. El libro que todo lo cambia. Dice que él la quiso ver porque presentía un verso suyo. Ella dice, debió presentir toda mi persona. Ahora se sabrá. Esta historia increíble. Será un libro a los doce años de ser.
Clara tiene una biblioteca y quiere otra. Quiere una imaginaria, llena de libros únicos y raros, escritos en cilindros, en cortezas, en óstracas.
Luego, al final, lee un poema y las palabras viajan por el mundo y existe la fe de la estrella en todas las estrellas.
Me alejo con ese convencimiento.