“¿Qué te ocurre en la gran mancha / de tu ser negro y perdido / que anda cojo en su estatura?” (PUSHKIN)
Este hombre no se hizo a sí mismo, pero evitó que nada ni nadie extrajeran de su vida utilidad. El logro que se propuso fue perecer como nació: incógnito, absorto y sideral.
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Mejor que uno más es uno menos.
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Vacación: ausencia, pausa mate, contrariedad ante lo que es y se tiene a cambio de una apuesta abisal por la borradura.
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Como un glaciar, retengo mis aguas mayores con paciencia de galápago o de ámbar vegetal. Sólo si el entorno es favorable volveré yo a circular, alegre, por la ladera abajo.
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Por fuera, todo es lo mismo: la escena, el decorado, la obra y el actor. Sólo por dentro nada es igual: en la platea, ya no estoy yo. Todo se produce en el vacío.
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No hay sensación más estática que la de asumir nuestro estado actual como episódico y transitorio.
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La percepción de la propia sustancia requiere la del entorno como accidente. En cuanto la circunstancia se coagula, la lógica se invierte y es uno mismo quien acaba por creerse inesencial.
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Dínamis: reina del afuera o monarca interior. Impensable (materialmente inconcebible) un águila bicéfala.
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Estuve y estaré —pero no estoy, luego no soy.
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Acojo las ideas que me asaltan sin hacerles preguntas ni imponerles una jerarquía exterior: las asumo como percepciones mentales y me niego a someterlas a examen. No os extrañe, pues, que me oigáis defender una tesis y justo la contraria. Para mí, cada palo aguanta su vela y yo me limito a ejercer el humilde papel de testigo transmisor.
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A la esponjosidad (transido por todo en todos lados) le ha sucedido el tacto resbaladizo de lo impermeable. Chocan los estímulos contra mi caparazón y caen, exánimes, los pájaros muertos en la acera.
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No necesita para embarrancar el transatlántico una gran escollera de coral: le basta un ancla hundida sólidamente en el fondo de arena.
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La peor indiferencia no es la que opone una falta de respuesta al dardo envenenado sino la que permite, una y otra vez, que se clave en el escudo.
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El final del sortilegio es el principio de la búsqueda.
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Para el hombre del Todo subjetivo, cualquier pérdida (aunque sea en forma de transitoria inactividad o de barbecho) supone una intolerable amputación.
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Perdí el don. Ya sólo me tuteo.
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En el orden de lo humano, a mayor prolijidad, tanto más irrelevante se revela el conocimiento.
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La sensación se produce cuando el yo percibe, a través del estímulo, lo que es distinto a él, lo desusado, lo que aún no ha caído en la tumba de un cajón. Cuando ya las experiencias se cansan de afirmar el eterno retorno de lo mismo (idéntico en la misma sucesión: la insignificancia), se consuma la esclerosis y se anula la percepción. Un ciego avanzando por un túnel. Un sordo junto al mar. Un hombre petrificado. Una estatua de sal.
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A los espectadores del tendido de sombra no les sorprendió que el toro saltara el burladero y tratase de cornearlos; es más, en su fuero interno ya habían salivado con esa improbable posibilidad —ahora, al fin, concretada.
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Cuanto más asideros busques, tanto más resbalarás. Te aferras, y arrastras contigo lo que podría haberte afianzado, de contemplarlo en su condición efímera y huidiza.
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No existe la lucidez retrospectiva: uno sólo puede ver claro lo que tiene delante, cuando lo tiene (y cuando lo ve).
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“Vivir no es nada. Ser es todo”. (G. BENN).
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La exaltación no conoce el lenguaje del sucedáneo: al librarse a la inocencia de la pura exteriorización, tan útil le resulta una churra como una merina —a condición de que no se reserve nada.
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El yo que busco en los diarios ajenos es el impersonal: el que nos une.
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Un rincón glorificado es una pista de despegue; la inmensidad que no suscita la celebración, en cambio, condena todos los vuelos a un aterrizaje forzoso.
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No sé si la tapia ha crecido o soy yo, quien pierde su capacidad de salto.
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La forma más sofisticada de afirmarse es la autorrefutación.