Una caña bien armada no puede prescindir, ni del plomo que lleva el anzuelo hacia el fondo, ni de la boya que la mantiene a una prudente distancia de la superficie.
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El árbol de la consumación no da frutos: sólo florece.
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La única tapia que nunca debiste saltar fue la de tu propio cementerio.
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No hay nada tan destructivo como un único individuo, dispuesto a construir a cualquier precio.
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La opulencia pesa tanto como la penuria, pero es más densa: por eso se hunde más rápidamente.
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El pájaro entra en la edad adulta, no cuando aprende a volar, sino cuando, en lugar de limitarse a piar, es capaz de articular su propio canto.
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Si insistes en adaptar tu mente a la forma de tu asiento, es natural que acabe mostrando apostura de butaca o de sillón.
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Encontrar la propia voz y perder el oído: ¿puede haber una perspectiva peor para el filósofo-cantante?
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La música de las esferas lo acaba cuadrando todo.
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Si quien canta sus males espanta es porque uno recobra la conciencia de que, al cabo, sólo somos aire que nace de la nada para volver a ella, tras describir un arabesco en el vacío.
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Por debajo de tus pies estáticos (tanto más cuanto más se mueven), siguen corriendo las aguas subterráneas. Un resbalón —o aún mejor: un auténtico lanzamiento— te devolvería al arroyo impetuoso de la informalidad de la que partiste y a la cual, tarde o temprano, te tendrás que reintegrar.
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Al vigía insobornable que todos (más o menos inhibido, más o menos hipertrofiado) llevamos dentro, sólo UNA COSA lo puede acallar, y no cualquier sucedáneo.
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La escueta Hora de la Verdad se lleva por delante una semana, un mes e incluso años de mentiras, falsedad y simulaciones, del mismo modo que para curar la indigestión provocada por una opípara cena basta con un dedal de bicarbonato.