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Julio 04, 2003

Trash converters.

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Oh, cuitada de mí. El final de junio se me presenta, desde hace unas semanas, negrete como Jorge. Llevé a cabo todas mis estratagemas y trucos de fin de mes (rebuscar suelto en todos los bolsillos y bolsos, entre los cojines del sofá, detrás de los muebles) sin conseguir nada superior a veinte céntimos. Y mucho era, si tenemos en cuenta que cada 30 de cada mes hago lo mismo y busco en los mismos sitios. ¿Tendré un hada madrina con pinta de sesentona pepera que me ha escogido como objeto de sus maniobras caritativas, y que me va dejando suelto por los escondrijos de última opción cuando llegan los días de vacas anoréxicas?
Pues este mes lo he hecho todo. He buscado en sitios donde nadie ha llegado jamás, como en el baño, siguiendo el razonamiento "SI X se sienta en el retrete puede que al bajarse los pantalones se le haya podido caer algún céntimo y no se haya dado cuenta de ello". La situación era, pues, desesperada. Y entonces, como un rayo en medio del cuarto oscuro de un puticlub decadente en sus últimas horas, apareció ese logo en mi mente, sustituyendo al de McPonald's _que era la marca que patrocinaba anteriormente todos mis pensamientos_ :Cash converters. Era la solución a mis problemas en principio, así que hacia allí fui. Troté contenta pensando que sí, iba a perder algunos de mis viejos cedeses, pero merecería la pena. No conozco una forma mejor de darles un fin glorioso a tantas horas musicales que fumármelas. Mec. Error. Porque si contamos seis cedés a 60 céntimos unidad nos sale mucho menos tabaco del que podría fumarme en la duración total de dichos cedeses, y no hablemos de comer; no me daría ni para una bolsa de crackers y una latilla de foie-gras con lo que alimentarme una semana. Conclusión:Cash converters es hez. Les llevas tus recuerdos, aderezados con lágrimas y berridos y desmoronamiento en público que incluye abrazos repetidos a tu cinta de Toro salvaje, y ellos ¿qué hacen? Pues te dan un puñado de céntimos y te dejan con la humillación de percibir la horrible metáfora que se esconde tras esa cinta de Amarcord(Mis recuerdos) al otro lado de la mesa blanca que establece la línea separatoria entre lo que es de una (orejas, mochila, bazo, un lloroso Alfred) y lo que ya no le pertenece, y que ni siquiera podrá comer o fumarse.
Cuando sea rica, famosa y tetona pienso hacer todo lo que esté en mi mano con uñas de porcelana para hundir a esa empresa abusadora que me ha dejado sin juventud.


Julio 4, 2003 09:05 PM