Julio 27, 2004

Prejuicio, dueño de todo lo visible y lo invisible

Hoy es martes, 6 de julio, hace un par de horas he acudido a un examen de física, al que ni si quiera me he presentado; ¡para qué! Mucho mejor aprovechar este tiempo que sería perdido con dos buenas amigas hoy en día imprescindibles en mi vida y a las que, contra mi voluntad, tengo que abandonar para partir hacia mi sino que una vez más me lleva lejos de aquí. ¿Qué es lo que me deparara? Solo Dios lo sabe.
He cogido el metro a las 12:35 a.m., bien agarrado a mis posesiones, mirando a todos lados, deseando que los días que me esperan se caractericen por las risas, los buenos y malos momentos, no se tiñan de decepción y tragedia.
Al llegar a la estación, con mis cinco sentidos aún alerta, me acerco a la pantalla para buscar el autobús, la máquina, la tecnología, la ciencia en cuyas manos dependería mi vida.
Deposito la maleta en el sitio oportuno; mis ojos no descansan analizando a cada uno de aquellos que estaban alli; con una mirada desconfiada les iraba de arriba a abajo, devolviendo a sus inexpresivos gestos, una cálida amenaza que les mantuviera al margen de mí y lo que es mío.
Mi despiadada mirada no pudo impedir saborear su propio desprecio hacia uno, dos,..., creí contar hasta doce inmigrantes que subían autobús arriba. Allí había de todo: moros, chinos, americanos...
Me senté en mi asiento, el 11, bus 3. A mi lado veo sentarse auna pequeña niña de unos tres años con una sonrisa de oreja a oreja que consigue sin duda estremecerme. Sus ojos reflejan la inocencia que la vida aún no le había robado, la esperanza y el júbilo. Su madre venía con ella y observo detenidamente como deja su bolsa de mano junto a mí.
Mientras yo, sentado junto a la ventana aseguraba que ningún mal nacido se llevara mi equipaje.
La madre se sentó a mi lado y al otro lado del pasillo había un asiento libre, por lo que supuse que la niña se sentaría ahí. Cual fue mi sorpresa cuando vi que una señora le arrebataba el sitio a la pequeña y esta se iba derecha a los brazos de su mamá y se sentaban ambas a mi izquierda. Al principio pensé: "vaya viajecito que me espera!" Así que cerré los ojos y me rendí al sueño.
Me he levantado hace cinco minutos y ahora ellas duermen a mi lado, tan inocentes, tan vulnerables que me entran ganas de morderme la lengua y tragarme mi propio veneno pues creo que es la única manera para que mi conciencia me de una tregua.
Madre e hija son chinas.
Yo no hago más que quejarme porque mi sitio es incómodo, no hago más que preocuparme por mi pertenencias y sería capaz de prejuzgar a cualquiera y desconfiar del mundo entero si hiciese falta para cubrirme las espaldas.
Mientrastanto ellas están ahí, las dos quietas, una abrazada a la otra y viceversa, con no más equipaje que la persona que tienen entre sus brazos, con ningún otro propósito más que hacer realidad un sueño por el que han sacrificado una vida muy lejos de aquí, llena de seres queridos a los que no saben si volverán a ver; un sueño llamado futuro, con ninguna otra culpa más la que ponen sobre sus hombros los ojos cargados de avaricia, egoísmo, materialismo y prejuicios.
¡Perdón! ¿En qué clase de persona me he convertido?

Escrito por Nachinator a las Julio 27, 2004 04:10 PM
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