Mayo 07, 2004

Domingo, 2 de mayo de 2004

Domingo, 2 de mayo de 2004
Finalmente vino M a casa el viernes por la noche y estuvimos hablando los cuatro (mis dos compañeras de piso y ella y yo), y cenamos y vimos un trozo de un concierto. Lo pasamos bien. Cuando pasa esto yo ya me creo que todo va bien y que le caigo excelentemente y que todo es maravilloso y que la vida es algo hermoso.

El sábado por la mañana le di una clase particular a mi alumna C, que mañana cumple 18 años. Está distraída. Me contó que había ido al peluquero y que allí le había peinado mi amigo I, quien, por cierto, ayer dejaba de trabajar en esa peluquería; se ha embarcado y va a abrir su propio negocio. Estoy seguro de que le irá bien porque es bueno en lo suyo y es agradable y sabe tratar a los clientes, sobre todo a ellas, que son las que se dejan más dinero en pelos. C fue su última cliente por cuenta ajena.
Después fui a comer a casa de mi tía T, con la que tengo una gran afinidad; nos caemos bien mutuamente y me encanta verla cuando puedo. Me dio alcachofas, que no me gustan, pero bueno; me las comí igualmente y poniendo buena cara. Me supieron hasta bien; tan grata me resulta su compañía. Todos los sábados como con ella.
Y por la tarde, animado por la charla y la compañía de M del viernes por la noche, decidí que sí, que iría a la fiesta de ese pueblo. Fue lo que Dios quiso. Vino M en su imponente automóvil a recogerme para ir a una cafetería en la que habíamos quedado con L y Ai para ir todos juntos en un solo coche. De camino a la cita, sabiendo que no íbamos a estar a solas en todo el sábado ni el domingo (salvo que hubiéramos dormido juntos, lo cual no podría ocurrir), le dije, tras varios intentos de armarme de valor, que ya había acabado su libro. Sin dejar de mirar la calle por la que conducía, sin darle importancia, dijo «¿Qué libro?» He de decir que me indigné, pero bien que mal me dominé y pude decir que qué libro iba a ser, el suyo, el que le había dado, el que le había escrito. Como no dijera nada, traté de extraerle alguna reacción, algo, pero en vano. «Ahora no sé que hacer con él». Fue inútil. «Tú verás». No sé ni siquiera si quiere verlo; la verdad es que esperaba cualquier reacción, pero alguna. Ella reía, supongo que dándose cuenta de que me había herido. Le pregunté que de qué; «De ti», me dijo; «Ji, ji, que qué libro». En fin.
Nos reunimos en la cafetería, dejamos el coche de ella y fuimos a buscar a R, que estaba trabajando (día 1 de mayo). Como R quería llevar también su coche, fui yo con él, charlando agradablemente y sin perdernos, algo milagroso si tenemos en cuenta que no sé leer los mapas y que R no estaba muy seguro de por dónde había que ir. En el pueblo encontramos a la cuadrilla, dejamos las cosas en casa de la abuela de la novia de I, que también se llama M y es simpatiquísima. Tomamos algo por ahí, y en la segunda ronda la cosa ya empezó a torcerse. Pidieron cervezas para todos, pero nadie me contó y tuve que pedírmela yo mismo; eso me sabe a cuerno quemado (parezco el acoplado de turno, o así me siento). Luego hubo una serie de malentendidos, todos conmigo, y alguna mala contestación a destiempo y me fui deprimiendo poco a poco. Aguanté bastante bien la cena, en la bodega de una peña de la que forma parte M, la novia de I; pero ella, mi M, apenas me dirigió la palabra como no fuera para pedirme las servilletas o pasármelas, lo mismo da. Hicimos el tonto y empezamos a beber.
Ya cuando salimos de la cena sabía que no me lo iba a pasar bien, y acerté. En el primer bar los camareros pasaron de mi culo como de la caca (sirvieron a todo el mundo menos a mí, y eso que lo pedimos todo junto; luego volví a pedir y en lugar de mi ron con cola me sirvieron sólo la cola y los putos hielos). Poco a poco se me fue torciendo y en el segundo bar ya estaba totalmente aislado, nadie me hablaba si no era para decirme «qué te pasa», «¿por qué no bailas?» y todas esas cosas que tanto te perturban cuando lo único que quieres oír es cierta voz en tono cómplice. Habría bastado que ella me hubiera dicho «Quiero verlo, quiero leer el resultado final de tu libro, de mi libro» para que la noche hubiera sido la gran juerga, una gran alegría, pero sólo me habló una vez para decirme que la pared no se iba a caer si dejaba de apoyarme en ella. Yo dije «Quién sabe».
De algún modo aguanté hasta las 4 y media. I y M me llevaron hasta la casa de la abuela de ella y luego se quedaron por ahí con los demás hasta las mil. M y mi amigo Ai se han quedado charlando hasta las 10 de la mañana; estoy seguro de que algo habrán hablado de mí, pero ninguno de los dos me lo va a contar, y es casi mejor.
La comida de hoy ha sido El Infierno, y eso que me ha tocado al lado de la abuela de M la anfitriona, pero éramos unas 30 personas y yo sólo tenía ganas de llegar a casa cuanto antes. He vuelto con L, que quería llegar pronto y es buen conductor, además; los demás se han quedado a ver la ermita del pueblo y a hacer folklore. Yo no podía aguantarlo y habría salido mucho antes, ya por la mañana, si hubiera tenido un coche y el carnet del que carezco. L me ha dejado en la puerta de casa.
Hace unos minutos he hablado con mi Superamiga N, mi N, que a lo mejor se vuelve a España, se lo está planteando. Está triste aún, pero a mí me parece que va a mejor, al revés que yo.
Y aquí viene lo gordo. Voy a dejar de ver a los amigos por ahí, voy a dejar de salir; al fin y al cabo, se trata de evitar el dolor y cada vez más frecuentemente me vuelvo a casa decepcionado y sintiendo que nada habría cambiado si no hubiera estado, como ayer. De momento, no salgo más; luego ya veremos. Mañana empieza la puta semana laboral.

Escrito por Desubicado a las Mayo 7, 2004 10:00 PM
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