Se reconocieron porque llovía, y como todas las cosas que trae la lluvia, ella vio que él era triste como una música de fagotes y que tenía perfume a escarcha porque en sus labios todas las palabras cobraban el color de las despedidas, y él la supo fugaz y rara como una mariposa de Bohemia, tanto que quiso tomarla con dedos temblorosos por miedo a que se le escapara volando, y cuando se besaron, en la puerta de un museo lleno de cuadros que nadie conocía como ellos, que vivían dentro, él dijo París y ella adivinó en sus ojos el recuerdo de los relojes de Praga y se sintieron tan felices que corrieron a guardar sus lágrimas en un pequeño frasco para llevarlas siempre consigo, por si acaso llegaban a necesitarlas, o tal vez por el miedo a que todo fuera cierto y adiós fuera una palabra impronunciable, lavada para siempre en el agua de esa lluvia que no cesaba de caer en blanco y negro dentro de un cine pequeño aquella tarde de invierno que aún no hemos olvidado.

De mariposas y naufragios, tiene aroma a taza de café y a relojes sin cuerda. Ojála existiera la posibilidad de navegar montado en la alas de una mariposa, la de cuentos que se podrían reinventar.
Fue Luna y era Abril 11, 2004 10:45 AM
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