La calle convertida en espejo por la lluvia. Pasa un niño con impermeable de plástico transparente. Sostiene a una mujer morena de la mano. La mujer camina aferrada a una cartera. Tres recibos que no podrá pagar hasta la semana entrante duermen en ella. El hombre que recibirá el pago acaba de ser operado de las amígdalas. Morirá dentro de un mes a causa de una infección que acaba de contraer y no lo sabe. Una ambulancia se detiene frente a un edificio. Es demasiado tarde para los paramédicos. Estetoscopios cuelgan como collares lánguidos y absurdos. Hay tres ventanas en la casa siguiente. En la primera, una mujer se ciega mirando el telediario. Cuando suspira por los heridos del otro rincón del mundo, jamás se asoma a la ventana. Son los momentos en que se olvida incluso de los tiempos en que se atrevía a dejar que la deseen, y el novio que la plantó vestidita de blanco en la puerta de una iglesia que no ha vuelto a ver nunca. La ventana siguiente desprende el repugnante perfume de una sopa de coles. Los hermanitos son muy pequeños y lloran alternativamente, como si se turnaran adrede. La madre está a punto de sufrir una crisis de nervios. También morirá, pero mucho más adelante. Ella cree que será esta misma noche y sufre ataques de pánico recurrentes. Y odia el olor a col pero algo tiene que darle de comer a sus hijos. La última de las ventanas está cerrada. Esa casa es más un ataúd pequeño que una casa. El hombre que la habita es fotofóbico. Podría ser vampiro, pero sufre de jaquecas constantes. Y la sangre lo espanta y lo paraliza. Está huyendo aunque permanezca encerrado en el mismo lugar de todos sus días. Por debajo de la puerta aparecen sobres de desalojo, pero él continúa escapándose de lo inevitable en ese sitio. Del otro lado de la calle, la lluvia le sienta bien a su estado de ánimo. La mujer de los recibos en la cartera insulta al chofer que cruza sin detenerse en la parada de la esquina. Serán otros quince o veinte minutos hasta que pase el siguiente micro. Quiere fumar pero el dinero no le alcanza para vicios. Constata con nerviosismo que el impermeable demasiado desabrigado de su niño tenga todos los botones en sus ojales. El niño mira los charcos que se forman en las baldosas corroídas por más años de los que a él le caben en las manos. Son demasiado pequeños pero le sirven de todos modos. Va a pisar uno pero antes espía de reojo. Su madre ya ha dejado de observarlo y ahora se ocupa en algún punto del horizonte. Está pensando en las cosas que no tienen remedio. El niño pisa el charco y con su mano libre recoge tres o cuatro goterones de esa lluvia incesante por los que pasa la lengua. Con el sabor del agua triste del mundo y los zapatos ahora mojados, sonríe y muestra sus dientes de leche.
Un niño que sonríe bajo la lluvia.
Nadie lo nota o nadie alcanza a preguntarse por qué.
Pizpis: bonito error adonde he caído... ;)
Lástima que muy mal momento han elegido para acostumbrarse a nada aquí... :S
Espero recompensarles la constancia (gracias por venir, de veras).
Ahora soy demonio y llevo una cicatriz que sangra en el labio.
Y sólo quiero la habitación donde dormir sin ruido, si es que me entienden, que seguro que sí.
(Y me toca encontrar ángel, pero ni siquiera está. O apenas se deja ver, no sé.)
Un beso, enorme (tengo que hallar dónde meter la radio en la página, vaya).
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Odyseo: ya le he encontrado las palabras (otras), y la foto que me inspiran los buscadores de sirenas.
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Lunísima de mi corazoncito: ven a sentarte al otro lado de la isla conmigo. Recogeremos todas las botellas, incluso las que alguna vez enviamos nosotras mismas y nadie ha abierto en años, y leeremos sus mensajes hasta descubrir o recordar que hemos estado tristes, y alegres, y que todo nos ha ocurrido alguna vez antes, así la luna nos guiña un ojo y nos dice que aunque hayamos marchado sin brújula, esta vez sí hemos logrado dar rumbo al sur.
(Sólo se ahogan los que se adentran solos en el mar.)
Fue L* y era Mayo 24, 2004 06:31 PMlas cosas que no tienen remedio suelen ser las que mejor caben en las botellas que la gente dice haber visto a la deriva. A veces cuando en la calle todo parece fragmentarse en parámetros que no logor ubicar en mis espejos, yo también miro al horizonte hacia ese punto en el que resulta demasiado fácil sentirse parte de la orilla.
Fue Luna y era Mayo 24, 2004 05:29 PMHermoso triste panorama bajo la lluvia de un día gris para unas vidas grises.. que solo la mirada de un niño puede colorear.
Fue odyseo y era Mayo 24, 2004 06:11 AMPst pst...
oche...
sólo queriamos decir que nos estamos acostumbrando a leerte.
Un b.set