Claro. Si es que no podía ser más que una quimera, pensó ella mientras se volvía a poner la falda y se acomodaba el relleno del sostén.
Sobre la mesilla velada por una luz difusa y exageradamente cálida quedaban las cajas vacías de condones, el papel que compartieron, las llaves de la oficina de él, el cenicero repleto de colillas, la botella abierta, la billetera de la que cayó el carnet con la palabra punzante.
Eso que nunca debería haber visto.
Tomó el dinero.
Iba a dejarle lo suficiente para el taxi de regreso hasta su casa, pero consideró que no se merecía un gesto que no iba a valorar.
Paladeó la venganza: era turbia, inútil, lastimosa. Tenía ronca la voz de promesas quebradas.
Contó el manojo de billetes: le alcanzaría para un par de botas nuevas, y tal vez una falda para estrenar el sábado siguiente, en su próxima ronda nocturna.
Salió a la noche fría. Aún faltaba por lo menos media hora para el amanecer.
En la cuadra contigua al hotel, la disco de donde venían expulsaba a la calle sus últimos habitantes. Desahuciados de la noche, todos ellos, como ella misma.
Tuvo ganas de tomar a cualquiera por el brazo, al primero que le hablase, y arroparlo, beberse un beso líquido, llevárselo hasta su casa o darle el teléfono que por si acaso jamás le concedía a un amante ocasional, pero siguió caminando porque sabía que a esas horas a nadie le sobraba resto. Ni juramentos ni ganas.
Sobre el zócalo y las veredas de la disco, el alcohol encharcado y vencido, lleno de trozos de vidrios rotos, aún brillaba, como la huella deforme de un monstruoso orgasmo solitario y triste, el que sólo un dios ajeno podría obtener negándoselo a todos en su propio placer mecánico de voyeur furibundo o violador frustrado.
En una de las habitaciones baratas del hotelito de paso, él todavía duerme satisfecho, con las sábanas mojadas.

Tere... de veras que me alegro (pero voy a extrañarte bastante, bú... ¡¿no irás a irte del todo, no?! ¡¡Que las musas deben cumplir al menos cuota mensual...!!)
;o)
Bueee... voy a tener que desempolvar la pluma si no, y escribirte a falta de otro remedio... (Mira las herejías que me haces cometer, eh)
*
Ylek y Odyseo: sólo graaaaaaacias.
Me encanta verlos... ;))
Sí, las venganzas tienen sabor a música vencida y a dejar caer las cortinas con ruido a terciopelo y sólo dormir hasta que el sol se haya evaporado y nosotros con él y no son más que un cuadro de nuestro propio dolor arañando espejos rotos.
Por eso yo he dejado de vengarme hace tiempo y sólo como pistachos cuando la noche asoma la nariz fría dentro de mi bufanda y canta un blues sin piano y sin son...
(Jesús, un honor, pase y sírvase una copa cuando quiera...)
Otro bonito naufragio teñido de blues...
Besos!!!
El título hace el texto todavía más redondo. Es que la vida se nos vuelve blues a partir de ciertas horas....
Parece que empiezo a vivir más en mi, así que espero nos veamos pronto ;)
un beso
Las venganzas son turbias, inútiles, lastimosas. Como un amanecer desconocido, con la garganta seca. Como un número de teléfono falso. Durante demasiadas noches pensamos que estábamos en el buen camino, hasta que entramos en aquel local con luces verdes de neón en la puerta. Tal vez al salir de allí todo entre nosotros tenía ya fecha de caducidad.
Fue jesus y era Junio 7, 2004 06:53 PMhermoso blog, hermoso texto, hermosa imagen...
volveré a pasar y comentaré más en profundidad. hoy simplemente quería dejar constancia del impacto que provocó en mi