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Enero|18

Cardiopatía crónica

corazon_roto.jpg Estoy triste. Sí, lo admito. Me siento mal, me duele. Intento estar bien y hacer como si no pasa nada, pero no y tengo que decirlo. Me duele ser siempre la que quiere más, pues defintivamente parece que yo no sé querer de menos. Me duele ser siempre la última en el orden, eso si es que me dan un lugar. Me duele y me canso de tener que lavar, remendar y reparar, para de nuevo terminar salpicada, deshilachada, exiliada, "implícita".

En el supermercado, entre los pasillos, productos y rostros ignotos, siento que el carro de compras pesa más de la cuenta. Y pienso que desgraciadamente no existe un Mr. Músculo para sacar renuentes manchas de tristeza. Voy en el auto por la Cota, bordeando el Ávila, y suena una canción que me agudiza esta sensación. La música también tiene sus efectos secundarios, me imagino.

Y es que esa alegoría de tener en pedazos el corazón no podía haber surgido de la nada, ya me parecía a mí. No podía ser el fruto de un simple loco poeta que pensó que esa imagen literaria se vería bonita en su verso urgente ante el desamor. No.

No y no es metáfora. Es que justo ahí duele, como cualquier cardiopatía. Es una sensación de vacío y pesadez; “una opresión ahí, en el pecho, un poco hacía la izquierda”, le podría referir al médico. Y entonces él me preguntaría: “¿hay antecedentes de afecciones coronarias en su familia?” “¿Y quién no las tiene, doctor?", le respondería. "¿Conoce acaso usted alguna persona a la que no le hayan roto nunca el corazón?”

Guardado en el cajon: Con olor a lluviaPermalink

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