Black  Feelings

 

 

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Agosto 09, 2004

Sudor, pecas y horchata

Porque ni someter la voluntad de un cuerpo desconocido desentrañando la perversidad que encierra la naturaleza de su arquitectura vaginal, ni el ruido de los coches, derrapando, son lo mismo en verano.

-Perdona.
-Dime.
-¿Tienes fuego?

La conozco, viene al bar, sobre todo los Miércoles.
Suenan los primeros acordes de la pista número siete, otra vez, desde el reproductor portátil y pienso en romperle el vestido mientras, saco el mechero del bolsillo y se lo alcanzo.
Enciende el porro.

-Gracias.

Suele mirarme como si yo fuera un joyero, ella oligofrénica, y quisiera encontrar algo bonito adentro con que adornarse las orejas.

-¿Quieres fumar?
-No gracias, no consumo drogas.
-¿Ninguna?
-Ninguna ilegal.
-Eso está bien.

Sonríe.
Cuento mentalmente: Uno, dos, tres...
Amplía la sonrisa.
Cuatro, cinco, seis...
Se va.

Debo añadir, en su defensa, que sigue siendo más absurdo tumbarse en medio del desierto con objeto de broncearse, intentando sacar algún provecho de la circunstancia de haberse perdido, que desearme.
Aunque no sea guapo, aunque nunca haya merecido los problemas que ocasiona serlo.

Me dijeron que era bailarina, preciosa y que quería follar conmigo, hace unos días, unas amigas suyas. Lo siento, les expliqué, estoy comprometido desde hace un par de años con una chica increíble, producto de mi imaginación. No me creyeron.

Dos minutos después y calle abajo silbo al perro que llega corriendo.
La noche es fresca, amable. Tan solo.
Sin ti. Sin pajas.