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Febrero 26, 2004
El arte debe morir
La chica rubia estaba sentada en el segmento pequeño (de los dos que la componían) de la barra, en forma de “L”. Ni erguida ni ansiosa, mucho menos lánguida, como una buena chica rubia debe estar sentada a una barra. Rubia a secas. Bebiendo despacio, guardando las apariencias. Una rubia del todo. Una rubia en su sitio, en mitad de una noche de invierno como otra, donde lo único fuera de lugar volvía a ser yo, frente a la música, en vivo, de un viejo, fumador de porros, guitarrista. Un escenario donde ninguna batalla se libraría, esa noche, donde pocos cadáveres iba a ser necesario barrer. En mitad del invierno. Dividido. Justo antes de nacer. Sencillamente muerto, todavía. Decidí no sonreír. Irme a casa.
Y los bares seguían abiertos. Y algunos gemían cosas tan extrañas...