Miércoles 05 de Febrero del 2003

CATEDRAL

No voy a decir nada sobre su nueva afición a las lenguas extranjeras. No me disgusta que emplee vocablos de afuera. Es más, hasta puede decirse que, bien empleados, me gustan esos vocablos.
Tampoco voy a explayarme sobre Javier Marías. Ya corre por cuenta de los lectores juzgar sus dichos. Quizás sólo deba informar, a los que aún no lo saben, que el artículo de Marías hacía referencia a otro artículo anterior escrito por su amigo Arturo Pérez-Reverte (mencionado bajo seudónimos como "Duque of Corso" o "Capitán Sadwing"). Es decir, a Marías le importa verdaderamente poco lo que haga la Iglesia, y sólo escribe su artículo para acompañar lo que Pérez-Reverte dijo y para replicar a los críticos de su amigo.

Sí voy a hablar de experiencias mercantiles en templos católicos. A decir verdad, pisé iglesias en contadas ocasiones, y nunca (hasta ahora) con fines turísticos. Fui al bautismo de una prima y al casamiento de un compañero de trabajo de mi viejo. No recuerdo otros casos.
No conozco el interior de la Catedral de Buenos Aires, por más que durante cinco años haya pasado por su puerta incontables veces. Sin embargo, ni bien puse un pie en León (España), mis parientes españoles me llevaron a conocer la joya de su ciudad: la Catedral, famosa entre los hispanos por sus hermosos vitrales. A decir verdad, es un edificio que impacta, en especial para los paganos que sólo sabemos de casas, departamentos, colegios, facultades y edificios de oficinas. Antiguo, sombrío, gótico, el templo leonés no generará "espiritualidad cristiana", pero al menos te deja pensando.
Allí tuve dos experiencias que, para mí, son inéditas. Detrás del altar principal hay como unos altares menores (los eruditos corregirán mis pecados, espero) dedicados a diversos santos y vírgenes y representaciones de Cristo. Me causó sorpresa ver que, para prenderle una vela a esas deidades menores, no había que llevar fósforos sino monedas. Sí señor, junto a la figura del santo hay unas maquinitas que aceptan monedas de 10, 20, 50 centavos, y de 1 y 2 euros; uno pone esas moneditas y (de acuerdo al dinero que haya colocado) se prenden una o varias "velas" eléctricas, con temporizador incluido, que permanecen encendidas un rato hasta que se apagan para que otros las vuelvan a encender.
Con mi hermano nos reímos del asunto, y nos preguntamos si no aceptarían tarjetas de crédito o de débito. Y estábamos a punto de marcharnos muy contentos con nuestra estúpida broma cuando decidimos visitar una habitación que explica los trabajos de restauración. En el centro de este espacio había una urna vidriada donde la gente depositaba sus donaciones (las restauraciones se hacen con ese dinero y lo que aporte Roma, el Estado, Europa o la Unesco...). Había allí monedas y billetes de diversos valores. Pero, sobre una de las paredes, ¡había una máquina lectora de tarjetas! Sí señor, allí uno podía introducir su Visa, o su Cabal, y donar a una cuenta especial desde su propia cuenta.

Esto no debió sorprendernos. Las "donaciones" han sido el sustento de la Iglesia (o parte) durante siglos. Lo que asombra es el contraste. Un contraste que da para pensar...

Escrito por GOLLUM
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